Homilías

La cabalgata de Dios. Fiesta de la Epifanía del Señor

escudo

 

Epifanía del Señor. Catedral de Oviedo

 

No salimos del portalín en el que hace días vimos nacer a Dios que se hizo niño, todo un Dios que se hizo bebé. Fuimos pastores que acudimos a dar gracias con la alabanza mejor en nuestros labios, entonando nuestro más hermoso villancico que tiene por estrofas nuestro momento que tiene edad y domicilio, y por música la inmensa y sorprendente gracia de Dios. Pero no fueron los pastores los únicos en acudir a la cita que Dios mismo se propuso, en un insólito lugar cual un establo cualquiera en los bajos de una casa de Belén. Hubo otros que vinieron también a adorar, y cuyo gesto es lo que la liturgia de este día los cristianos celebramos como salvación de apertura universal.

La curiosidad no siempre tiene un matiz defectuoso y mal avenido con la virtud de la discreción. Hay un tipo de curiosidad que suele ser condición para llegar a abrazar algo que de mil modos no sabemos dejar de buscar precisamente porque hemos nacido para encontrarlo, y no hay razón ni manera de censurar tamaña inquietud. Somos peregrinos de algo grande, con un corazón inquieto hasta que logra descansar en la belleza y la verdad que bondadosamente otea nuestro corazón de mil modos. Esto es lo que la liturgia de hoy nos presenta con la Adoración de los Magos. Con la fiesta de la Epifanía estamos llegando propiamente al final del tiempo litúrgico de la Navidad. No sólo los pastores de las majadas de Belén se allegaron al Portal, no sólo los lugareños movidos por la curiosidad y el boca-a-boca se hicieron presentes. Había también una cita especial para unos personajes especiales: aquellos sabios del Oriente, magos de profesión, es decir, astrónomos y estudiosos del universo.

El profeta Isaías nos invita a levantar la mirada ante la luz que llega, como si amaneciese en la vida la gloria del Señor como sol que no declina jamás. Sin duda que las oscuridades con todas sus sombras seguirán, y las tinieblas cubren en demasía la faz de la tierra, pero hay una luz amanecida, una aurora resplandeciente, que pone en marcha los pies del desencanto para llenar de dones agradecidos la alabanza debida a Dios: incienso y oro. Así lo proclamaba el profeta en su canto de la luz a una resplandeciente Jerusalén que acoge a quien viene inmerecidamente a ella (Is 60, 1-6).

Era la anticipación de un mensaje de salvación universal, que el apóstol Pablo dirá en la segunda lectura: todos somos coherederos, miembros del mismo cuerpo de Cristo y partícipes de su promesa (Ef 3, 2-6). Estaban prefigurados estos magos de Oriente que vinieron a adorar a Jesús apenas nacido. El sentido de este viaje y de esta adoración, enmarca la apertura universal de la salvación que el pequeño Dios nacido virginalmente de María nos venía a traer a toda la humanidad.

Hoy es uno de esos días en los que todos nos volvemos niños recuperando los sueños de nuestra infancia más feliz. Quien más y quien menos recordará la emoción tensa, tiernamente en vilo, cuando llegaba la víspera de cada seis de enero. Las otras fiestas de los días navideños habían ido dando cita a los adultos con cenas y comidas de familia, con misas del gallo y visitas de los amigos y parientes más allegados por más que estuvieran lejos el resto del año. Pero llegaba el cinco de enero, y todos nos arrebujábamos para asomarnos en primera fila el paso de la cabalgata de los Reyes Magos de Oriente. Los habíamos visto en el nacimiento preparado con nuestros mayores; los íbamos moviendo como quien tiene prisa de que llegasen cuanto antes al portalín. Ahora tocaba verlos entrar por nuestra ciudad, cargados de majestad y de regalos. Con nuestros ojitos mirando hacia arriba a su paso, con nuestra nariz sonrojada del frío y encendida por la ilusión, nos parecía que en verdad llegaban con nuestro pedido, mientras le decíamos a la abuela o a la mamá: ¿se acordarán de lo que les puse en la carta?

Con todo el encanto de estas escenas que nos trae la memoria de nuestra niñez, la fiesta de los Reyes Magos nos indica que es otra cosa la que aquí estamos celebrando con la Epifanía que nos relata el Evangelio (Mt 2, 1-12). Vinieron atraídos por una estrella, es decir, se dejaron sabiamente provocar. Supieron amar sus preguntas, y no las censuraron ignorándolas, así como tampoco las domesticaron engañándolas. Las preguntas les pusieron en camino hacia la respuesta, y todas sus oscuridades encontraron en el destello humilde de una estrella el indicio de que su camino no sería en vano. Aquella luz atrayente era el pobre reflejo de la verdadera luminaria que Dios encendió en Belén al darnos a su propio Hijo. Llegaron y adoraron al Niño Dios. Reconocieron en aquel bebé al misterio resuelto de todos sus enigmas, de todas sus búsquedas, de todas sus preguntas. Y no pudieron por menos que regalarle cuanto llevaban de más noble, de más bello y de más valioso.

Hoy es otra la cabalgata, y es otra también nuestra edad. Pero las preguntas de nuestro corazón no han cambiado, y tampoco la respuesta que en su Hijo nos sigue dando Dios. Toda la liturgia de este día gira en torno a la estrella que guió y acompañó a los magos de Oriente. Es menester encontrar la estrella, la que el Señor enciende en nuestra vida para nuestro bien a través de las circunstancias que a menudo nos brindan los indicios que Dios señala. Son un discreto guiño de un camino a recorrer, o prudente advertencia de un camino que dejar, a fin de poder llegar a la luz para la que también nuestros ojos nacieron en el encuentro con el Niño que brilla más que el sol. Dichosa luz que nos brilla como la más dulce epifanía del amor paciente de Dios. De esta luz somos también nosotros buscadores que con santa curiosidad nos hace peregrinos del Bien y de la Paz que coinciden con ese pequeño divino Infante al que todas las fibras de nuestra vida no dejan de salir a buscar. Felices nosotros si abrimos ante Él el cofre de nuestra pequeñez para ser bendecidos de modo infinito con la gracia de su grandeza. En ese encuentro desproporcionado de su luz y mi oscuridad, de su gracia y mi pecado, de la pequeñez que me embarga y la grandeza suya que me abraza, tiene lugar la alegría de saberme salvado. Este es el don del mejor regalo que hoy nosotros recibimos. La cabalgata de Dios tiene esa osadía llena de audacia, mientras con discreción, en la noche de mis sueños o de mis pesadillas, Él se acerca para darme el regalo que mi vida más necesita. Feliz fiesta de la Epifanía. Feliz fiesta de los Reyes Magos. 

 

       + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
       Arzobispo de Oviedo

 

 

 

 

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