«Sólo os pediría que os fiarais del Señor y de la Iglesia»

Publicado el 12/05/2024
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«Sólo os pediría que os fiarais del Señor y de la Iglesia»

En la tarde del sábado 11 de mayo, víspera de la Ascensión del Señor, tenía lugar en la Catedral de Oviedo la celebración de los Sacramentos de la Iniciación Cristiana de Adultos. Un total de 276 personas, llegadas de parroquias de todos los arciprestazgos de la diócesis, se reunían en el templo acompañados por sus padrinos y seres queridos para recibir, en su mayor parte la Confirmación, aunque también diez de ellos recibieron también el Sacramento del Bautismo y de la Primera Comunión.

En su homilía, Mons. Jesús Sanz confesó que «no deja de ser conmovedor ver que, de tantas parroquias de Asturias, acudís a la Iglesia Madre de la Catedral de Oviedo acompañados por vuestros párrocos y vuestros catequistas». Agradeció profundamente a todas las personas que, año tras año, ponen a disposición su tiempo y sus dones para que pueda tener lugar una celebración como esta, que llena el templo de personas mayores de 18 años que no pudieron en su momento completar los Sacramentos de la Iniciación Cristiana y que, tras un periodo de formación, se disponían a recibirlos. Así, mencionó al responsable del Catecumenado de Adultos, el diácono permanente Artemio Grande, «al igual que a los párrocos que habéis acompañado a estas personas y a sus catequistas», «agradezco de corazón –dijo– la labor preciosa que estáis ofreciendo».

«Años atrás –recordaba en su homilía el Arzobispo de Oviedo–, había unos plazos y unas fechas que respondían a la inercia de unas familias y una entera sociedad por la que apenas después de nacer te bautizaban. Y a los 7, 8 u 9 años te daban la Primera Comunión y llegando la adolescencia, te confirmaban». «Pero las cosas han cambiado –señaló–, aunque se sigue, por supuesto, bautizando a los pequeños, y se sigue dando la Primera Comunión y confirmando a jóvenes». «Los que estáis esta tarde aquí venís con otras edades y alguno podría pensar se despistaron, o llegaron tarde, y no es así» –señaló Mons. Sanz–. «Cada hijo de Dios en la historia que Dios con él escribe tiene sus fechas propias, sus plazos y momentos, y por un misterioso designio que solo Dios conoce, no tocó en su momento habitual. No solamente no es ninguna tragedia, sino que eso responde a lo que, con cada uno de vosotros Dios ha querido realizar. Nadie ha llegado tarde. Sino que, en la fecha providencial que Dios para cada uno os ha asignado, dais un paso adelante para incorporaros plenamente en este Pueblo de Dios que es la Santa Madre Iglesia».

También explicó el Arzobispo de Oviedo en su homilía que «un cristiano no es el que privadamente acude alguna vez a la Iglesia, especialmente cuando se siente agobiado. No concibe la relación con Dios como se puede tener con el extintor, cuyo precinto de seguridad se rompe solo en caso de incendio. Un buen cristiano –dijo– sabe vivir todas las cosas junto al buen Dios. Las bellas y hermosas, las más duras y enojosas, cuando todo parece fácil o cuando todo se puede cuesta arriba. No hay circunstancia en donde Dios no pueda estar cerca para darnos una palabra de aliento, para ofrecernos el bálsamo de su gracia en nuestras heridas. Cualquier momento es un precioso pretexto para vivirlo con Dios».

E insistió, «es lo que quiero deciros a todos esta tarde, Dios no es un rival de nuestros sueños, de nuestros pálpitos y amores, Dios es el cómplice más grande para lo mejor de mi propia vida. Y por eso Jesús cuando regresa al Padre de donde vino, regresa dejándonos el relevo de su propia misión para que cada uno, donde está, donde brinda o donde llora o trabaja, allí donde esté su camino en este momento, ahí estemos todos nosotros sabiéndonos acompañados por un Dios que no es remiso, por un Dios que no es extraño, que no es lejano sino la más dulce de las compañías».

«Os felicito –les dijo a los asistentes–, arropados como estáis ahora por la gente que sinceramente os quiere. Os felicito por este paso importante y solamente pediría que os fiéis del Señor y de al Iglesia y que, como María y todos los santos, también vosotros escribáis una biografía cristiana. Esa historia que Dios va redactando como si con nosotros escribiese un diario. Este no es un punto final de llegada, sino un punto y seguido donde tenéis que seguir viviendo con esta plenitud cristiana de los sacramentos en los que habéis sido iniciados».

 

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