Palabras del Arzobispo de Oviedo en la Santa Cueva de Covadonga ante los Reyes de España, la Princesa de Asturias y la Infanta

Publicado el 13/09/2018
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Conmueve el silencio de este rincón, que interrumpe sólo el murmullo de la cascada, cuyas estrofas resuenan en el valle como dulce melodía. No es un espacio artificial, sino que fue trabajado por el agua humilde y por el viento hermano a través de los siglos, transformándose en una cueva especial. Hace ahora mil trescientos años un puñado de hombres junto a Pelayo buscaban en estas montañas el refugio y amparo en la batalla que daban a quienes hostilmente los acorralaban. La pericia de su estrategia militar, la complicidad de este enclave y la invocación a la Madre de Dios, fue para ellos una providencial ayuda. Trece siglos de historia cristiana reconquistada, tuvo aquí su comienzo con la invocación a la Virgen de Covadonga, nuestra Santina.

Esta mañana de fiesta tiene un marco especial por confluir tres efemérides centenarias que han transcurrido en el Reino de Asturias, en el Parque Nacional de Picos de Europa y en esta bendita imagen de María coronada junto al pequeño que lleva en sus brazos.

Aquí entramos en el juego de miradas que la imagen de la Santina nos muestra: Ella nos mira como también Ella es por su Hijo mirada. El divino Niño contempla a su Madre bendita, y es María quien con sus ojos nos alcanza. Así decimos tantas cosas en una oración callada o con sentidas palabras. Este juego de miradas lo he visto en tantos peregrinos: en personas ancianas con las canas de una vida larga, en la ternura de los niños que señalaban con sus deditos la imagen que no alcanzaban, en jóvenes que se abrían a los primeros amores ensoñados, en matrimonios que venían con el dulce acopio de sus familias, en tanta gente bondadosa que se allegaba con sus preguntas, sus dudas y sus certezas. Es la santa puerta que tiene forma de cueva, con una Madre coronada que aquí siempre nos espera.

Hace un siglo se coronó la imagen de la Santina y la del Niño. Acudió la Familia Real. Cien años después, sus Majestades los Reyes, sus hijas la Princesa de Asturias y la Infanta, acuden a esta cita uniéndose al gozo inmenso de un pueblo en su día de fiesta, y a la gratitud por una historia en la que nuestra vida está inserta.

Querida Princesa de Asturias, tengo entendido que es la primera vez que vuestra Alteza tiene un acto institucional fuera de Palacio, coincidiendo con vuestra primera visita a esta tierra asturiana y este lugar de Covadonga en donde la realeza española tiene su cuna en su secular historia. Creedme, Princesa Doña Leonor, que esta gente noble y buena de la tierra que en esta mañana os acoge, nos sentimos agradecidos por el regalo de vuestra presencia junto a vuestros padres el Rey Don Felipe y la Reina Doña Leticia, y vuestra hermana la Infanta Doña Sofía. Como Arzobispo de Oviedo, en nombre de nuestra comunidad cristiana, préstame bendecir aquí y hacer entrega a vuestras Altezas de la medalla de la Virgen de Covadonga teniendo en su reverso la Cruz de la Victoria.

Es precioso ser testigos del encuentro en la Santa Cueva, entre la Virgen de Covadonga coronada y la jovencísima Princesa de Asturias. Ante Ella ponemos vuestro importante destino, Alteza, como en su día se puso el de vuestro padre hoy felizmente reinante. Que la Santina guíe vuestros pasos y que vuestra Alteza crezca sana, sabia, santa y “guapa” como aquí llamamos a las cosas y personas hermosas. Que María de Covadonga proteja a esta querida Familia Real en un momento decisivo y delicado para España. Desde aquí os brindamos nuestro afecto, nuestra gratitud y nuestra plegaria.

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