Homilía en la Natividad del Señor

Publicado el 25/12/2018
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En la Nochebuena las estrellas jugaban haciendo cabriolas en el firmamento. Serían los ángeles que con ellas querían decirnos cuán grande era su contento. Y en todo el orbe cristiano se iba y se venía como quien reestrena un acontecimiento para volver a llenarnos del asombro de los niños que se asoman por vez primera al grande misterio de un Dios que se hace pequeño. Hace 200 años, un joven cura de pueblo, Joseph Mohr y su organista Franz Gruber, compusieron un villancico para la pequeña comunidad parroquial de Oberndorf, cerca de Salzburg (Austria). Stille Nacht, Noche de paz, se ha convertido en la música y la letra de cuanto celebramos los creyentes en esa noche santa, en el día bellísimo de la Natividad del Señor.

Podemos arrastrar el cansancio que nos hace escépticos ante tanto desmán que nos restriega lo inacabado de nuestro mundo, lo complicado de nuestra convivencia, los cruces de intereses tantas veces inhumanos pagando el alto precio de la indiferencia. Y así podríamos ir enumerando los “motivos” por los que no hay noche de paz, ni día de fiesta, cuando queda tanto por allanar, por enderezar, por orientar en nosotros y entre nosotros. Pero para eso mismo quiso venir Dios. Para contarnos con nuestras propias palabras y señalarnos con nuestros mismos gestos, que hay siempre una posible ocasión para volver a empezar, hay siempre un momento para que nazca la esperanza.

En estos días he recordado la frase del gran escritor italiano Cesare Pavese, alguien que no tuvo el don de la fe. Sin embargo, él llegó a decir: “si por ser increyente afirmo que nadie jamás me ha prometido nada, ¿por qué mi corazón no sabe dejar de esperar?”. Es impresionante este humilde testimonio: el corazón del hombre no puede dejar de esperar, a pesar de todos los desmentidos que nos impone el acontecer diario, cuando nos acorrala en la tristeza y el hastío.

Hay un reducto de rebeldía en nuestra alma que dice ¡no! a esta impostura, y sigue esperando, lo sepa o no, a que algo nuevo se cumpla, algo distinto, mucho más bello, mucho más bueno, más justo y verdadero. Y, como decía el gran San Agustín, “nos hiciste Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Es la inquietud del corazón que impide que nos resignemos a que las cosas estén como condenadas a la fatalidad de algo que no vale la pena, de algo que no se corresponde con cuanto en nuestro adentro palpita. Para mantener viva esta espera, para dar respuesta a esta pregunta, para esto vino Dios naciendo de María en Belén de Judea.

Es una de las tres pascuas cristianas que celebramos al año: navidad, resurrección y pentecostés. La lectura profética de la misa del día de navidad es un canto a quien trae la buena noticia. Había un mensajero esperado, de hermosos pies, que embellecía los caminos por donde iba pasando. Su mensaje sabía a buena nueva, dibujaba la paz en el cielo de las miradas y se hacía pálpito en el corazón y sus entrañas. Y así fue haciendo Dios a través de los tiempos: enviar y enviar mensajeros, de pies hermosos, de corazón dulce y noble, de mensajes verdaderos y venturosos. Pero llegó un momento del cual todo lo de antes y lo de luego pendía, que fue anunciado de mil modos y esperado en todos los senderos, en el que Dios no quiso enviar ya a nadie más, sino enviarse a sí mismo en la Persona de su Hijo. La palabra eterna, la que hizo las cosas diciéndolas, se hizo hueco, se hizo voz, y nos regaló su encanto dándonos su propio secreto. Así se introduce la fiesta de Navidad con la lectura del profeta Isaías (cf. Is 52, 7-10)

Es tal vez difícil imaginarse la escena, de tantas veces como nos la hemos imaginado. Juegan en contra los mil versos y poemas que nos lo han contado con lo mejor de las palabras de los hombres. Igual sucede con el talento de los pintores, los escultores que han puesto sus pinceles y gubias a correr para decirnos con formas y colores algo inaudito, insólito, desapercibido. ¿Y los músicos? También ellos lo han contado con sus notas, haciendo melodía la historia más bella jamás contada y sucedida.

Anónima donde las haya fue aquella escena: una joven mujer en trance de dar a luz a su pequeño, ante la intemperie de no encontrar lugar para semejante instante. Siendo como era casi niña, primeriza mamá, con el peso de todas las incertidumbres, confiada en la palabra que el mensajero de Dios le había dado, apoyada en la fidelidad discreta de aquel carpintero bueno y justo que la acompañaba, José que tanto y tan puramente la quería. La joven nazaretana Miriam, encontró en una especie de establo el lugar para que naciera el Rey de todos los reyes, el Mesías.

Arriba en las majadas, el campo de los pastores no tenía mayor cosa extraordinaria aquella noche. La luz era distinta, tanto que ni siquiera la sabrían contar, ni dibujar, ni darle forma o componer para ella una música especial. Pero era luz. No sabían cómo, pero aquellas vidas quedaron iluminadas y encendidas con una claridad y una lumbre tan poderosas como tiernas y sin mentiras.

Una escena que traía toda la buena noticia que el mundo esperaba. Así de inesperado el modo con el que Dios quiso enviarnos al Salvador de nuestras vidas. Siglos después aquella escena tiene otros escenarios, pero Dios se hace nuevamente encontradizo en el hoy de nuestros días. También nosotros andamos en las mil derivas, sin lograr dar a luz un mundo en donde la paz y la justicia se besen como dice el profeta Isaías, en donde la gloria de Dios no se perciba como rival de nuestra dicha, en donde los hombres se sepan verdaderamente hermanos bajo la mirada del Padre de todos, a pesar de nuestras fugas pródigas o nuestras permanencias resentidas.

Navidad es el abrazo misterioso y misericordioso de Dios que viene a nuestra vida, como hace dos mil años, como cuando vuelva al fin de los tiempos, como en cada fecha y circunstancia se hace presente para salvarnos. San Juan nos refiere al comienzo de su Evangelio con estremecedoras palabras lo que hizo el Hijo de Dios: «la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14). Una imagen que bien podría comprender aquel Pueblo que sabía a lo largo de su historia lo que significa vivir a la intemperie y cobijarse en una tienda. La tienda era para el pastor, para el peregrino, para el viajante… un lugar de reposo, de restablecimiento de las fuerzas desgastadas.

Dios es el que ha querido “acamparse” en el terruño de todas nuestras intemperies, enviando a su propio Hijo como una tienda en la que poder entrar para cobijarnos de todos los descobijos pensables de nuestra vida. De este modo tan inaudito Dios ha cambiado de dirección y domicilio viniéndose a nuestro barrio, a nuestra casa. Pese a todos los nobles esfuerzos y a los agotadores intentos de hacer un mundo nuevo, constatamos nuestra incapacidad de diseñar una tierra que sea por todos habitable, una tierra en la que las sombras de guerras, mentiras, corruptelas, tristezas, injusticias, muertes… no eclipsen el fulgor por el que sueñan los ojos de nuestro corazón.

Dios se ha hecho tienda, con su Palabra acampada, y nos ha manifestado su Gloria, llenándonos de Luz. La Encarnación de Dios nos empuja para que, desde nuestra realidad, aquel acontecimiento sucedido hace dos mil años siga sucediendo, y nuestra vida cristiana pueda ser un grito o un susurro del milagro de Dios: que los estragos que hacemos y subvencionamos, con todos nuestros desmanes y pecados, no tienen la última palabra, porque ésta corresponde a la de Dios que se acampó. Un Dios hecho niño que tendrá que aprender nuestra lengua y nuestros gestos para contarnos y cantarnos una Buena Noticia que no caduca, ni depende de las urnas votadas ni de las bolsas cambiantes. Es la noche de paz más dulce que no se despierta, y con María cantamos al pequeño Dios la nana más tierna, adentrándonos en ese portalín para recibir por pura gracia e inmerecido regalo, el don de ver colmada toda nuestra espera, respondidas todas nuestras preguntas, de ver sostenida nuestra alegría y brindada nuestra esperanza.

Feliz Navidad cristiana, amigos y hermanos. Que José, María y el pequeño Jesús, os guarden y siempre os bendigan.

 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
25 diciembre de 2018

 

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