Homilía en la misa con la Adoración Nocturna Femenina

Publicado el 31/10/2018
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Imparable sigue el curso del año litúrgico, y en estos últimos domingos la palabra de Dios nos acerca escenas entrañables como preparación para ese balance de la andadura que hemos vivido en los meses que transcurrieron desde el último adviento. Suelen ser lecturas y oraciones que, con la alternancia de los tres ciclos litúrgicos, nos resultan ya tan escuchados que son enormemente familiares. Y quizás, esta sea la dificultad: que de tantas veces oídos, han dejado de conmovernos por ser tan demasiado manidos que los volvemos a escuchar distraídamente.

Hoy nos acerca la Palabra de Dios unos textos realmente luminosos en la historia que relatan. Con todos sus altibajos, el pueblo que Dios se quiso escoger tendrá también momentos en los que será objeto de más de un requiebro por parte del Señor, que nunca fue ignorante ni distraído ante los avatares de sus hijos. Los exilios que han sufrido, las esclavitudes que tuvieron que soportar, las derrotas infligidas… Dios lo quiere cambiar. Y quienes marcharon llorando serán conducidos nada menos que por el Señor, cuyos consuelos podrán saborear mientras Él los guía. Un grito de alegría es lo que tocaba en ese momento prorrumpir y a los vientos lanzar, un regocijo que no tenga medida porque Dios ha salvado a su pueblo, a ese pequeño resto de Israel que volverá a reunir desde el norte de sus fugas y desde todos los confines de la tierra por donde se tuvieron que dispersar. Este es el tono gozoso que cruza la primera lectura con un hermoso texto del profeta Jeremías (31, 7-9). Que encuentra su réplica igualmente alegre y agradecida en el salmo 125 cuando el salmista levanta acta de cómo ha cambiado la suerte de ese pueblo. Tanto que les parecía soñar hasta el punto de ver cómo se llenaba la boca de sonrisas y la lengua de cantares. Marcharon, sí, llorosos con la semilla, pero vuelven cantando mostrando las gavillas de una impensable cosecha.

Son las cosas de un pueblo, y dentro de él las cosas de cada persona, que Dios siempre mirará con inmensa piedad y entraña de misericordia. Pero cuando Él decida encarnarse en nuestra propia humanidad asumiéndola, no hará una condición humana distinta, pues será igual en todo a nosotros excepto en el pecado como nos recordaba la carta a los Hebreos el domingo pasado. Ahora da un paso más para decirnos que esto no fue por defecto de fábrica o fallo en la cadena de creación, sino para poder entendernos hasta el fondo de nuestra pequeñez: “Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades” (Heb 5, 2). Son las “debilidades” que no nacen de la imperfección sino del gesto infinito de Dios de querer acercarse en carne propia a aquellos a los que venía a salvar.

No habrá situación humana que no le reclame una intervención llena de misericordia, como la que nos relata el Evangelio esta vez. Una realidad que tiene nombre de enfermedad y carencia, como nombre tenía también el lugar en el que esto aconteció. Siempre la gracia de Dios, como también nuestro pecado, tiene un espacio y espacio donde sucede, una circunstancia que lo enmarca. Así fue también con el diálogo que escucharemos y el milagro que allí Jesús realiza. Vale la pena que describamos estas coordenadas que hacen concreta y domiciliada la actuación del Señor, no sólo entonces, allí y con aquel hombre, sino también con nosotros.

Jericó es una ciudad llena de contrastes: un vergel en medio del desierto, donde la paradoja de la vida consiente estar rodeada de lo que es muerte. Este es el escenario del evangelio de este domingo. Salen de Jericó, una bellísima ciudad, fértil y amable, acaso también tentadora para quedarse allí y ahorrarse así la tragedia que a Jesús le esperaba si continuaba su viaje hacia Jerusalén. Pero aquella belleza ni siquiera constituía una tentación al ciego Bartimeo. Sus ojos cerrados le tenían allí postrado al borde del camino pidiendo limosna. Invidente y mendicante, sin luz y sin hacienda, orillado en el sendero. Debió escuchar más jaleo del usual y preguntando qué pasaba o quién pasaba, le respondieron que era Jesús. Entonces él comenzó a gritar: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Debió hacerlo con tanta fuerza e insistencia que llegó a molestar a algunos del cortejo de Jesús.

Bartimeo, que no podía andar a causa de su ceguera física y que le tenía allí postrado y limosnero, tenía más luz interior que bastantes de los que acompañaban al Señor. Un ciego que no puede andar y unos viandantes con ceguera en el corazón. No se debe censurar el grito de la vida. Es el grito de quien sabe que ha nacido para ver y para andar, y no acepta una resignación imperativa de tener que contentarse con limosnas inmóviles.

La creación entera grita gemidos de parto, dice la carta a los Romanos, indicando que en la historia de los hombres no todo es bello, ni bueno, ni justo, ni verdadero. Y entonces la misma creación se resiente, se rebela, y de mil modos grita a través de los hambrientos de todas las hambres, a través de los invidentes de tantas cegueras y a través de quienes sufren ataduras en su libertad o en su corazón. Todos estos gritos desafinan, molestan, crean conmoción. La tentación siempre es la de acallarlos, la de censurarlos en algún sentido. ¿Quién tuviera los oídos de Dios para escuchar tantos gritos y responderlos adecuadamente?

En el camino de Jericó, porque pasaba Jesús, Bartimeo no dejó de gritar, y cada vez más fuerte, como quien dice a su modo urgente e intempestivo que lo suyo no debe perpetuarse, que no ha nacido para eso. La vida amordazada, acorralada, mutilada o censurada… no dejará de gritar y de gritarse. “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mi”, es la oración de todos los pobres y sencillos que han querido alguna vez levantarse de sus cegueras y de sus forzosas postraciones. Jesús le curó alabando su fe y Bartimeo se levantó y lo siguió como discípulo. Había encontrado la Luz y abandonó su ceguera; había hallado el Tesoro y dejó de pedir limosna; había encontrado el sentido de la vida, y se puso a caminarlo, abrazado a Aquel que es Camino y con nosotros Caminante.

Nosotros andamos por otros andurriales, pero compartimos con Bartimeo la dolencia de todo aquello que nos deja en penumbras. La noche nos impone sus sombras por los apagones más íntimos y las oscuridades que nos abruman exteriormente. Sería prolijo hacer el elenco de tantas carencias de la luz que no tenemos. Pero somos mendigos de la Luz por antonomasia, esa que intuimos de mil modos que es la que nos falta y que es para la que nacimos. No alcanzamos a ver las cosas bellas y hermosas porque la ceguera nos roba sus colores y sus formas. Nos dejamos secuestrar por las sombras que nos asustan y nos acorralan con todas sus imposturas. Por eso, también nosotros gritamos de muchas maneras, lo sepamos o no, se nos oiga o no, cada vez que nuestra condición de mendigos nos postra en los callejones de nuestra oscuridad.

Y es entonces cuando nuestros ojos cerrados intuyen que viene quien los puede abrir solamente, cuando nuestra ceguera apagada sabe que le llega la Luz que ilumina para siempre. “Señor Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí”, oró gritando Bartimeo. Y esta es la oración que ha pasado a una escuela de espiritualidad como es la del hesycasmo, para hacer la oración del nombre de Jesús, repitiendo dulcemente, despacio, esa sencilla oración… desde nuestra ceguera.

La noche es lo que vosotras como Adoración Nocturna Femenina, habéis escogido como ámbito para vuestra plegaria: adoradoras en la oscuridad de la noche de la historia, en las tinieblas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. En medio de la oscuridad, os postráis ante quien es la Luz con su presencia eucarística resucitada. Es una preciosa actitud, y bello camino cristiano que en nuestra diócesis de Oviedo también se goza como un don para vosotras en primer lugar, pero para toda la comunidad diocesana a través de vuestro gesto orante y adorante en la noche.

Que seáis testigos de esa hora que Jesús también escogió para escuchar y adorar al Padre, en la que oró antes de entregarse redentoramente a su Pasión. Y que nos ayudéis a crecer en esta conciencia agradecida de cómo en la noche de nuestro mundo brilla siempre una luz bendita que jamás nos declina.

Santa María de la Luz, alumbre nuestros caminos y tenga encendida la lámpara de nuestra fe que se hace adoración en la noche.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
28 octubre de 2018

 

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