Homilía en el funeral de D. José Manuel Iglesias

Publicado el 07/10/2018
Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedInPrint this page

Queridos hermanos sacerdotes, familiares de D. José Manuel, amigos y feligreses.

Tiene el otoño un horizonte sereno. No estamos ante la explosión vivaracha de una primavera que revienta la vida, ni ante el invierno que la desnuda en el frío escuálido de sus gélidas temperaturas, ni ante el verano que nos agosta y nos divierte con sus holganzas. El otoño de cada año, y el otoño de una vida, tiene ese rostro humilde que pacifica sin aspavientos ni reclama con insolencia las cosas debidas.

Una alfombra de hojas caídas, hacen que nuestro andar sea mullido, sabiendo que en cada una de ellas hay escrita una página de la historia vivida. Y esto es lo que a modo de relato póstumo hacemos los cristianos cuando venimos a la iglesia para despedir por última vez a un hermano. No es un homenaje lo que hacemos celebrando las exequias, aunque tributamos nuestro más sentido gracias a quien ha sido importante para nuestra vida personal y comunitaria. Es una celebración en la que recordamos con afecto a un ser querido, nos consolamos mutuamente con un abrazo tiernamente humano por una pérdida jamás deseada, y ofrecemos a Dios nuestra plegaria por su eterno descanso.

Hoy estamos despidiendo así a nuestro querido Don José Manuel Iglesias, para casi todos, nuestro entrañable Pepe, como decimos con cariño y familiaridad los allegados a su larga vida. Y muy largos fueron sus 97 años bien vividos, en donde se cruzaron historias y avatares en los que él acertó a ser co-protagonista desde su rica humanidad con un corazón grande y generoso, desde su fe cristiana amando a Dios sin fisuras y desde su compromiso como sacerdote que entendió como un auténtico ministerio de servicio a los hermanos.

Los primeros funerales que tuve que presidir en Asturias diciendo el adiós cristiano a alguno de los sacerdotes que enterramos en mis primeros meses de Arzobispo, me producían una sensación extraña. Comprendía que era una pérdida para nuestra Iglesia diocesana, particularmente los que todavía estaban en el ejercicio del ministerio, pero apenas los había conocido, casi no los había tratado. Sin fingir, sentía un dolor sincero, pero sin que te arrancasen nada de tu entraña, casi era un dolor inevitablemente ajeno. Pero luego fueron llegando otros funerales, otros adioses cada vez más cercanos, de hermanos a los que la enfermedad nos fue preparando en su despedida o a los que una inesperada muerte nos impuso un adiós traicionero con el paso cambiado.

No por avisados deja siempre de conmovernos la noticia cuando unos a otros nos la pasamos, pidiendo ayuda, consuelo y razón al decírnoslo. Por eso sumo mi pena a la vuestra, cuando a los sacerdotes, a los familiares de D. José Manuel, nuestro Pepe, os he ido saludando con mi abrazo más pobre que nunca. El dolor nos empañaba la mirada y así elevamos al Señor una oración pidiendo el eterno descanso para él y el consuelo esperanzado para todos nosotros, celebrando como creyentes la despedida cristiana de un hermano nuestro tan querido.

Y las manos de Pepe fueron manos tiernas y fuertes a la vez, manos generosas para empuñar el arado y manos discretas para restañar heridas. Sus dedos fueron señalando la trama que Dios le confiaba, como cuando de crío aprendía a leer sílaba tras sílaba la escritura de la vida. Aquí en su Laviana natal y en el seno de su familia minera aprendió lecciones de vida que jamás olvidaría ni traicionaría al descubrir su vocación sacerdotal. Y es una de las cosas que más destaca en su biografía, como desde los diversos ángulos han ido señalando las reseñas y obituarios que ayer y hoy han aparecido en la prensa, y también en el recuerdo que desde diferentes posturas eclesiales, sociales y políticas se acomunan con la admiración agradecida por este buen hombre, ejemplar cristiano y cura comprometido.

Basta repasar sus distintos encargos ya desde sus primeros destinos sacerdotales, para subrayar esa sensibilidad comprometida desde el Evangelio por los más desfavorecidos, fuera cual fuera el nombre de la penuria, la pobreza o la precariedad, la falta de libertad o de derechos fundamentales. Ante sus ojos fueron pasando sin mirada de indiferencia todas esas causas en la que como un clamor Dios mismo nos grita en ellas. Y es que los verdaderos discípulos del auténtico Maestro de Nazaret, aprenden la lección en el libro de los pobres con el que Dios nos muestra su mejor sabiduría y su latido a flor de piel en el pálpito de su conmovido Corazón. Esto es lo que da la talla sacerdotal de alguien que ha sabido amar a Dios sin hacerlo contra los hombres.

Es la caridad evangélica de un buen cura que sale al encuentro del hombre con sus heridas morales y sus carencias sociales. A veces la historia torpemente ocurrida o la historia tendenciosamente inventada, se ha esforzado en separar lo que en Dios está infinitamente unido: Él y el amor. ¡Cuántas falsas presentaciones de Dios por querer contarle sin amor! ¡Cuántas caducas comprensiones del amor al querer vivirlo sin Dios! ¡Cuántos momentos terribles en nuestra historia humana por querer omitir de nuestro cotidiano vivir a Dios y al amor, o por intentar enfrentarlos como si fueran rivales! Pero no somos extraños para ese Dios amable que sólo sabe de amor. Todo lo más, y esto pasa tantas veces en nuestra vida, podremos ser malos hijos ante Él, pero nunca ante sus ojos unos pobres huérfanos. Que con obstinada frecuencia nos empeñamos en una imposible andanada: pretender amar a un Dios que no tuviera hijos, para no tener que asumir nosotros que tenemos hermanos, o lanzarnos a la defensa interesada de los hombres sin que Dios nos inspire el amor, la humildad y la perdonanza.

En nuestro querido hermano Pepe, esta síntesis se hizo palabra cercana, tierna caricia, compromiso incondicional. Su acogida era tan fácil como hermosa era su sonrisa, y su conversación tan grata como su mirada era bendecida.

Aceptó servir a la Iglesia allí donde ella le necesitaba, sin rehuir encomiendas ni responsabilidades tanto en Asturias como en Castilla. Una hermosa relación con el joven Arzobispo Don Gabino Díaz Merchán le trajo a Oviedo desde Madrid para ser su primer Vicario General. Trataron ambos de compaginar esa alta responsabilidad con un compromiso no menos alto con el mundo obrero, y así lo hicieron hasta que tras un intento Pepe terminó por pedir quedarse con los trabajadores como un trabajador más. Años más tarde, tras toda una dedicación de compromiso social desde su fe cristiana y su vocación sacerdotal acompañando a los movimientos obreros de la Iglesia como la JOC o la HOAC, al igual que alentando la Escuela Social Sacerdotal o siendo consiliario de la Acción Social Empresarial, recibiría el reconocimiento pontificio del Papa Juan Pablo II haciéndole prelado de honor de Su Santidad.

Pude gozar de su amistad y cercanía. Ratos largos e inolvidables junto a su sillón de casa para hablar de la Iglesia, de los retos sociales que tenemos como verdaderos desafíos humanos y cristianos, de la montaña como una pasión compartida que nos eleva siempre la mirada, y de su larga vida salpicada de anécdotas sabrosas y simpáticas, de lecciones jamás del todo aprendidas ni nunca del todo olvidadas. Las últimas veces ya fue en el hospital. No podía hablar con los labios, pero me lo decía todo con su mirada, mientras yo le apretaba las manos como un gesto de afecto y cercanía fraterna, asintiendo a mi última propuesta de andanza montañera. La antevíspera de su fallecimiento fue a despedirme de él pues sabía que no le vería ya con vida a mi regreso de la Conferencia Episcopal, de donde vengo ahora. Ya inconsciente, le estreché esas manos que tantas bendiciones impartieron y tanta esperanza lograron repartir, para rezar con su familia un padrenuestro, darle mi bendición y poner sobre su frente un beso fraterno.

Lo ha dicho Jesús en el Evangelio que hemos escuchado: la vida es como una sementera. En el surco de nuestra tierra se van sembrando semillas que Dios mismo esparce. Van dando fruto a través de la historia vivida, y también desde el cielo que nos espera seguirá alumbrando nuestro camino de penumbra con una luz que seguirá brillando en el recuerdo agradecido de una larga vida, y en el empeño de continuar la historia inacabada donde Dios sea glorificado y los hermanos bendecidos, especialmente los menos favorecidos por ser los más pobres.

Decía el poeta jerezano Manuel Ríos que hoy también será enterrado esos versos que bien le quedan a nuestro Pepe también como epitafio: “Dejadme solo esta tarde / que tengo que hablar conmigo / y tiene Dios que escucharme”. Así, solos en el encuentro eterno para el que nacimos; solos pero esperados desde siempre por quien más nos quiere; solos con una vida en las manos y un corazón llenos de queridos nombres. Es el ligero equipaje de un pastor bueno cuando llega el momento de ponerse ante el Buen Pastor, y allí sin prisas, con ese tiempo que se sucede ya eternamente, poder asomarse a la propia historia tal y como la vieron los ojos de Dios.

Porque “Somos lo que somos ante Dios y nada más” (Admonición 19,2), decía San Francisco cuya fiesta hoy celebramos. Lo que es Pepe ante el Señor, esta es su más verdadera y humilde verdad. Y es lo que deseamos para él en su encuentro misericordioso con el Señor. Que nuestro recuerdo de su persona esté lleno de afecto y nuestra plegaria esté llena de piedad pidiendo por su eterno descanso, dando gracias hoy por este querido hermano y rezando por quien se nos adelanta en la llegada a la meta hacia la que todos seguimos peregrinando. Que la Santina le cubra con su materno manto y a nosotros nos enjugue las lágrimas de nuestros llantos.

Descanse en paz para siempre junto a Dios, a la Virgen y a los santos este buen hombre, querido cura y entrañable hermano.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
4 octubre de 2018

 

 

Para mejorar el servicio, utilizamos cookies propias y de terceros. Si sigues navegando, entendemos que aceptas su uso según nuestra política de cookies.

Más información sobre cookies