Homilía en el Funeral de D. Javier García-Cuevas Alfaro            

Publicado el 08/03/2021
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Son largas las cifras de las esquelas en estos días. Andamos a cuentas de las personas que fallecen por tantos motivos en tantas pandemias que nos asolan en no pocos frentes. Y, tal vez, nos quedamos indiferentes más allá de una mueca de extrañeza, de admiración preocupada, pero ajenos a esos números de muertes que tienen detrás nombres desconocidos. Tan cotidiano es el elenco que ha dejado acaso de conmovernos en la curiosidad distraída. Pero pierde el anonimato cuando la persona fallecida es alguien de casa, alguien querido por tantos motivos, alguien que tiene que ver con nuestra propia vida por ser amigo, familiar, compañero, o sacerdote como es nuestro caso. No es el fallecido número tal, sino este fallecido que es único, tanto lo es que provoca el dolor hasta el llanto como no lo pueden hacer las estadísticas anónimas de gente que no tratamos.

Así nos encontramos esta tarde este grupo de cristianos. Los compañeros sacerdotes de Javier, sus hermanos y demás familiares, los amigos y conocidos de antaño, los feligreses de las parroquias en las que anduvo, la gente de bien que ante esta noticia ha experimentado de tantos modos su fiero latigazo.

Son muchas las preguntas que nos hacemos cuando se nos antoja prematuro el final de un hombre joven que tanto tenía todavía que hacer y decir. Pero la agenda de nuestra biografía no la llevamos nosotros, ni nuestras necesidades, ni nuestros intereses, sino la misteriosa voluntad de un Dios bueno que sabe lo que hace en todo momento. A nosotros nos faltan datos y razones para poder entender lo que por tantos motivos sumidos en nuestro dolor no comprendemos.

La primera vez que conocí a Javier fue en Arriondas, en cuya parroquia él ejercía su ministerio sacerdotal casi recién estrenado, tras bajar desde Covadonga donde trabajó con nuestros escolanos. Me pareció un hombre grande, no sólo por su inmensa corpulencia, sino por la claridad de sus convicciones y la bondad de su ingenuidad tierna. Detrás de un hombretón de su talla había un corazón de niño que se dejaba querer, y una reciedumbre de adulto que sabía dar razón de su esperanza, sin que le faltase el arrojo de un cristiano honesto y coherente especialmente ante la mediocridad y la hipocresía.

Siempre tuvimos una excelente relación, y supimos acompañarnos: él como cura y yo como su obispo. La franqueza de su actitud, la disponibilidad real sin trastiendas, hacía que fuera incluso fácil encomendarle destinos pastorales ante los cuales jamás puso ninguna condición como quien maquilla sus inconfesables prebendas. De una pieza, de una pieza grande y generosa, para servir a Dios acompañando a los hermanos que la Iglesia le iba confiando.

Fue al seminario a una edad adulta. Venía de sus estudios de historia y geografía, y de una docencia en la que dio muestra de su clarividencia y valentía, además de su buen criterio en la formación que siguió siempre cultivando para estar al día. No me gusta hablar de vocación tardía, quizás porque este también fue mi caso, como si hubiera habido una porfía en la respuesta a la llamada divina. Dios sabe cuándo llama, y a quién lo hace, teniendo en cuenta todo cuanto nos embarga la vida: los dones con los que nos adorna en los talentos que nos da, los límites con los que nosotros tenemos que hacer todo un trabajo de personal pedagogía dejándonos acompañar por quienes nos ayudan a crecer y madurar.

Javier llegó al Seminario con todo un bagaje de vida ya muy vivida, y la puso al servicio de la vocación sacerdotal que poco a poco fue prendiendo la llama de amor viva. Y así se fue entregando a los distintos destinos que le fuimos proponiendo los Obispos, dejando detrás esa traza de bondad y entrega, como son testigos las personas que en tantos escenarios le vieron trabajar como cura de cuerpo entero.

Desde tres años para acá, nuestros frecuentes encuentros tenían como horizonte el misterio de la enfermedad grave que en lontananza aparecía. Por su edad todavía joven, por su fortaleza física, todos pensábamos que ganaría el pulso al cáncer que fatalmente lo acorralaría. Pero luchó con denuedo y docilidad, viendo en la enfermedad un pretexto para agilizar su equipaje hacia el encuentro con el Señor, meta última para todos en nuestra andadura de la vida.

En estos tres años he visto crecer con otra estatura, la del corazón y la del alma, a este querido hermano. No es fácil ver cómo se simplifica tu vida, cómo se atenúan tus intereses ante lo único importante que no es siempre lo que nos guía, cómo se relativiza lo que tantas veces nos roba el tiempo y malgasta nuestras energías. Pero así se iba dibujando esa póstuma belleza en el interior de un hombre que se dejaba cincelar y pincelar por la mano sabia de su Dios artista. Ya en la última Navidad me dio señales de cómo estaba preparado para la última cita. Y de modo especial en nuestro último encuentro, sólo días antes de su fallecimiento, me dio el testimonio supremo de que ya estaba listo. Fue un testimonio precioso de cómo él se preparaba para el encuentro con el Señor: su confesión general con un querido buen amigo sacerdote, su mirada a la misericordia divina en la que repasó su entera vida, su ternura filial en la confianza de María, su libertad interior con ligero equipaje para emprender el último tramo de la vida.

Si no hubo retardo en la llamada vocacional para ser sacerdote, tampoco ahora hay anticipo cuando Dios lo ha vuelto a llamar para tenerlo consigo en ese cielo que para él deseamos y desde el que seguirá acompañándonos hasta el último y eterno reencuentro.

Pero toda esta certeza creyente no es capaz de anestesiar el inmenso dolor que sentimos ante la pérdida de un familiar, un hermano en el sacerdocio, un amigo, el cura de mi comunidad cristiana. Todos nos hemos formulado en estos días las preguntas que nos hacemos al tener que afrontar el trance de una muerte cercana. Me ha tocado tantas veces reflexionarlo con entereza, predicarlo con respeto y meditarlo con fe. Junto al dolor que ahora sentimos, nos invade una cierta confusión en la que algo así siempre nos sume, haciendo saltar todas las alarmas, las mil preguntas que no sabemos ni siquiera formular para que alguien tenga la caridad de ensayarnos una humilde respuesta que ponga paz en nuestra alma y seque por un instante las lágrimas de nuestro llanto. Las preguntas también interrogan a la fe, y miramos al cielo buscando el rostro de Dios para decirle como cada uno sabe y puede, todos nuestros ¿por qué, Señor?, esos que nacen del afecto y compañía de quien era muy fácil querer como nuestro querido Javier. Así le pasó a Marta ante la muerte de su hermano Lázaro como hemos escuchado en el Evangelio.

Los cristianos no somos distintos ante el trance de la muerte que también nos toca y nos hiere; y nuestro llanto no es censurable cuando son las lágrimas el mejor lenguaje para expresar la plegaria estando como están mudas tantas de nuestras palabras ante un dolor tan inmenso; no tiene excepciones un cura, un cura bueno y entregado, cuando también a él le llega la fecha y la circunstancia en la que misteriosamente el Señor había pensado llamarle y apartarle momentáneamente de nuestro lado.

Una vez más asistimos a este momento de despedir cristianamente a un ser querido mientras se colocan en su sitio tantas cosas de las que a diario llenan nuestra agenda, nuestros desvelos, nuestras pretensiones y nuestras prisas. Todo entra en su justa medida, todo adquiere su verdadera dimensión, cuando contemplamos a un cura de grandeza moral y entrega sin fisuras… que sin embargo ya estaba maduro con sesenta años para llegar a la meta de la que nosotros seguimos siendo peregrinos. Miro a mis hermanos sacerdotes y con vosotros me pregunto en esta misa exequial por Javier: ¡Cuántas cosas sin importancia las tomamos con una seriedad y tragedia indebidas! ¡Cuántas otras realmente importantes, las dejamos para mañana para lo mismo hacer cada día! El Señor nos pedirá cuenta de nuestra disponibilidad real en la vivencia de la vida. Es una meditación que Dios nos brinda, especialmente a los sacerdotes, para valorar nuestras tristezas y poner nombre a nuestras dichas, porque quizás tenemos demasiadas veces alterado ese orden y sufrimos y hacemos sufrir por lo que no vale la pena, mientras que estamos distraídos o extraviados en aquello en lo que propiamente nos jugamos la vida perdiéndola de tantas maneras.

Creemos en la vida eterna, no en la vida larga como creen los paganos. Y tras este ensayo general que supone el recorrido de nuestra personal biografía, nos ponemos ante Dios dejando atrás nuestras lágrimas y nuestras sonrisas, para entrar en la paz eterna donde sólo se escanciará el vino de la verdadera alegría junto al Señor, junto a María y todos los santos, junto a las personas que gozan de esa eterna dicha.

Como un tesoro fraterno y amistoso, guardamos las palabras y los gestos que a Javier le hicieron para nosotros un testigo del Evangelio de Cristo. Nada se ha perdido de cuanto sus labios proclamaron en el nombre del Señor. Nada queda baldío de lo que sus manos sacerdotales bendijeron y distribuyeron como gracia tomándolo de las manos grandes del mismo Dios. Nombres e historias que se lleva en su corazón a ese cielo prometido que él también esperó, cuyas puertas pedimos que se abran esta tarde por la misericordia del Señor. A los sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano, vaya mi abrazo más sentido con esperanza cierta, mientras decimos el adiós cristiano a este buen hermano. Y que desde la tierra de la espera que para Javier se abre ahora, no deje de acompañarnos en esa oración que no cesamos de elevar pidiéndole al Señor que nos bendiga con vocaciones sacerdotales.

Vaya mi gratitud a Nello, párroco de esta comunidad cristiana de Sto. Tomás de Canterbury por su desvelo por Javier en estos años, a Jorge Luis su buen amigo del alma, a los capellanes del hospital de San Agustín Adolfo y Pablo, a su familia por su cercanía y la entereza cristiana en la enfermedad. A cuantos le hicisteis bien de tantos modos.

Descanse en paz este hermano que fue pastor bueno que va al encuentro del Buen Pastor. Sacerdote de Cristo, hermano bondadoso de sus hermanos, que nos ha dejado tan de improviso. Su fidelidad y entrega, en el surco bendito de una historia que ahora se hace eterna, también se hace espera para un reencuentro sin llanto y sin lutos, ni más separación alguna por el gran don de la resurrección de Cristo. Que nos veamos en el cielo. Amén.

 

          + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

 

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