Segundo Domingo de Pascua,

15 de abril Carta Pastoral: «Una tarea» (I)

 

 

0.        Comenzamos rezando juntos la oración del Sínodo.

 

1. Tomando como referencia el evangelio de este segundo domingo de Pascua, el de Tomás (Jn 20, 19-31), lo leemos. A con­tinuación nos fijamos en los aspectos o actitudes negativas que refleja el texto (sería bueno que lo tuvieran delante: en un papel o una pantalla).

 

•    ¿Qué expresiones, frases, reacciones encontramos que reflejen cosas negativas? (Por ejemplo: "puertas cerra­das", "miedo", "no estaba con ellos", "si no veo", "si no meto", "no lo creo", etc.) En nuestro tiempo, en nuestra cultura, en las circunstancias que vivimos, ¿se dan esas situaciones, esas actitudes? ¿en qué se perciben? ¿y den­tro de la misma Iglesia? ¿a qué se deben?

 

2.        Acudamos ahora a los aspectos positivos.

 

•    (Por ejemplo: "estaban [juntos] en una casa", "paz", "ale­gría", "Espíritu Santo", "perdón de los pecados", etc.) Resaltar la importancia de: permanecer juntos, estar alegres, vivir el perdón, dar testimonio... ¿Son signos que también hoy se pueden ver en los que nos llamamos cristianos?

 

3.        Y ahora lo decisivo:

 

• ¿Qué ha producido el cambio —tanto en los discípulos en general (comunitariamente) como en Tomás en particular(personalmente)— de actitud, de forma de vivir y de ver las cosas?

•   Sin duda el hecho de experimentar a Jesús en medio de ellos: que está vivo, que les da su paz (por tres veces), que les envía como el Padre le envió a Él, que les da el Espíritu Santo, que les concede el perdón (para ellos y para los demás)...

•   Desde ahí son capaces de alegrarse ("al ver al Señor Jesús"), de creer ("Señor mío y Dios mío"), de dar testi­monio ("Hemos visto al Señor"), de permanecer en la fe aun sin ver ("Dichosos los que crean sin haber visto"), de tener vida en su Nombre ("para que, creyendo, tengáis vida en su nombre").

 

4.       A eso se nos invita en el comienzo del Sínodo Diocesano:

 

•   A "estar juntos", a ser la comunidad del Señor Jesús, a sentirnos Iglesia.

•   Un Sínodo es una asamblea de todo el Pueblo de Dios en una Iglesia Local (Diócesis) para buscar juntos el mejor modo de vivir, celebrar y anunciar el Evangelio en este tiempo en que estamos. Es una asamblea estructurada: bajo la presidencia del Obispo y con la participación de sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares.

•   Por lo tanto, lo primero es que supone una fuerte expe­riencia de sentirnos Iglesia, en comunión: con Dios, con los miembros de nuestra comunidad y ?más allá de nues­tra parroquia, grupo o movimiento— con toda la Iglesia Diocesana.

•   No olvidemos que Tomás, el apóstol protagonista del evangelio de hoy, no pudo ver al Señor porque "no esta­ba" aquel primer día de la semana (el domingo) con la comunidad de sus hermanos. Estaba solo y no le fue posi­ble experimentar la presencia de Jesús, ni creer en el tes­timonio que le daban los discípulos, ni acceder a la fe. Únicamente cuando vuelve y sí está (al domingo siguien­te) le es posible reconocer al Señor y hacer una hermosa y verdadera confesión de fe.

 

5. Solamente, pues, desde la conversión a Jesús y la comunión con la Iglesia es posible hacer juntos el "camino" (eso es lo que sig­nifica la palabra "Sínodo": hacer el camino juntos) que el Espíritu nos vaya indicando.

•   Por eso, el camino no se puede comenzar de cualquier manera: hemos de afianzarnos en la experiencia de Jesús en medio de nosotros, de sentir la fuerza y la urgencia de su envío, de abrirnos al Espíritu Santo, de pedir, vivir y dar el perdón. Sólo así podremos dar testimonio del Señor para que el mundo crea.

•   De hecho, la primera imagen que tenemos de la Iglesia es la de una comunidad orante. Así la sorprendió el aconte­cimiento de Pentecostés: estando todos reunidos en el mismo lugar. El Espíritu Santo bajó con fuerza sobre los apóstoles y los discípulos reunidos junto con María, la madre de Jesús. De esta manera el Espíritu encuentra las condiciones adecuadas para manifestarse y llenar de su fuerza a los que santifica e impulsa a la misión. También la primera lectura de hoy, (Hch 5, 12-16), nos presenta a la primera comunidad cristiana reuniéndose de común acuerdo en el pórtico de Salomón (obviamente, a orar). Si el Sínodo es un acontecimiento de gracia y obra del Espíritu debe encontrarnos también en esa disposición.

 

6.El Sínodo Diocesano es, desde el primer momento, no una decisión realizada por el gusto de una persona.

 

•    Se puede pensar que es una empresa que se le ha ocurri­do al Obispo y que nos ha embarcado a todos en ella. No es así. La propuesta de un Sínodo Diocesano es ya anti­gua en nuestra Diócesis (sobre todo desde que el Concilio Vaticano II aconseja a las Diócesis que lo celebren, recu­perando así una antigua tradición).

•   Tal propuesta se le planteó a nuestro actual Obispo, D. Carlos, desde el Consejo Pastoral Diocesano hace un par de años. Él, por su parte, lo consultó a todos los órganos colegiados de la Diócesis (Consejo Pastoral Diocesano, Consejo Presbiteral, Colegio de Arciprestes, Consejo Episcopal, etc.), además de a otras personas e instancias de Iglesia. En muchos casos, no se contentó con un mero asentimiento sino que pidió votación libre y secreta. En todas las ocasiones el consejo (aun con todas las dificulta­des y reticencias) fue rotundo y por una amplísima mayo­ría dijo: que se convoque el Sínodo. Después de un discer­nimiento ante el Señor y las obligaciones de su ministerio, decidió convocar el Sínodo.

•   Desde ese momento ya es una decisión tomada en nom­bre de la Iglesia y con su autoridad apostólica que afecta a todos y a cada uno de los miembros que componemos la Iglesia particular que camina en Asturias, especialmente al presbiterio diocesano que ha de impulsarlo en sus comunidades. Incluso para la Carta Pastoral que nos ha dirigido, ha consultado para su redacción con múltiples órganos colegiados y personales, ajusfando, añadiendo y corrigiendo diversos aspectos en su elaboración. La nota de comunión, pues, junto con la de la última decisión apostólica por parte del Obispo están bien destacadas desde el mismo origen del planteamiento y la convocato­ria del Sínodo.

 

7. Hemos de reconocer que no es fácil disponernos interior­mente para que entre en nosotros con fuerza el aliento del Espíritu.

 

•   También nosotros somos hermanos y compañeros "en la tribulación", como dice la lectura del Apocalipsis del domingo de hoy (1, 9-1 la. 12-13. 17-19), pero también estamos unidos "en el reino y en la constancia en Jesús". Él nos dice, como al vidente de Patmos: "No temas: Yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos, y tengo las lla­ves de la muerte y del abismo".

 

8. La Carta de nuestro Obispo nos indica los tres modos que desde siempre la Iglesia ha propuesto a los cristianos para realizar la obra de la conversión:

 

a) situarnos en el horizonte y en el diálogo abierto con Dios (oración);

b) dejar de ser nosotros mismos el centro de todo y despren­demos de nuestros intereses (ayuno);

c) ejercitarnos en la caridad, dándonos a nosotros mismos (limosna).

 

De ahí que nos proponga dar la primacía a la Palabra, a la Eucaristía y a la Caridad. Cada uno habrá de preguntarse tam­bién:

 

•  ¿Qué aspectos de mi vida he de convertir para poder celebrar el Sínodo Diocesano?

•   ¿De qué manera he de acudir a los medios que se me proponen para hacer más profunda mi conversión a Jesucristo y mi comunión con la Iglesia: oración perso­nal y comunitaria, ayuno u olvido de mí mismo, ejerci­cio de la caridad?

 

 

 

 

Tercer Domingo de Pascua, 22 de abril

Carta Pastoral: «Una nueva manera de estar y de vivir en el mundo» (III)

 

0. Comenzamos rezando juntos la oración del Sínodo.

 

1.(En esta parte de su Carta, D. Carlos hace un comentario espiritual y pastoral precisamente al texto del evangelio del domin­go de hoy —Jn 21, 1-19—. Seguimos sus contenidos —a veces tex­tualmente— con algunas variaciones.)

 

•   La gran tentación de nuestro mundo es "vivir como si Dios no existiera". De hecho, incluso los creyentes, cuan­do acudimos a Dios en los momentos de diíicultad puede estar indicando que en el resto de los momentos podemos pensar que no tenemos necesidad de Dios, y considera­mos que sí tenemos íalta de Él cuando nos vienen mal dadas.

•   Pero eso no es cierto: siempre necesitamos de Dios. Lo propio del hombre —y más cuando va adquiriendo "poder": material, cientííico, técnico— es creerse dueño absoluto de su vida y de la vida de los demás y vivir desde las propias fuerzas.

•   Así, Dios termina marginado de la sociedad y de la vida de los hombres. Eliminar a Dios de la vida y de la historia es lo que se lleva hoy. Sin darnos casi cuenta, podemos los cristianos hacer lo mismo, aunque lo hagamos con otros aires distintos.

•   La tentación del hombre hoy es querer tener todo, permi­tirse todo, no conocer límites, gozar de la vida sin límite alguno, porque el hombre se considera su dueño. ¿A dónde nos lleva —nos está llevando— esto? A considerar al prójimo como un rival, a ponerse uno mismo y los pro­pios intereses en el centro y por encima de todo, al abu­rrimiento de la vida, a la desilusión y escepticismo por todo, a la desesperanza y, al final, a no quererse bien a sí mismo porque nos encerramos en nosotros mismos.

•   ¿Para qué existe la Iglesia? Fundamentalmente para invi­tar al hombre a ponerse frente a Dios. No tanto (en prime­ra instancia) para llevar a cabo obras sociales o proponer una ética o actuar en el mundo como revulsivo (eso tam­bién, en otros momentos sucesivos), sino para recordar y emplazar al hombre de cada tiempo de que su origen, fundamento y destino es Dios, y que sólo en Él encontra­rá su sentido y plenitud.

•   La Iglesia no existe más que para eso: es como un dedo que tenazmente señala a Dios. Los hombres pueden justi­ficarse y entretenerse en lo deforme que es ese dedo o de lo sucio que está, pero lo importante es lo que señala. Y si además, como es el caso, lleva consigo a Dios, lo ofrece, asegura la comunión salvadora con Él y encamina hacia Él durante esta vida y más allá de la frontera de la muer­te, tenemos diseñada la misión propia de la Iglesia.

 

2. Leamos ahora la primera parte del evangelio de este domin­go (Jn 21, 1-3). También se pueden leer los números 27 y 28 de la carta de D. Carlos, que hablan sobre este texto. Son sugerentes y nos invitan a revisar si también nosotros actuamos solamente desde nuestras fuerzas "como si Jesús no estuviera", haciendo una religión a nuestra medida.

 

•   ¿Verdaderamente nuestras celebraciones y reuniones son momentos en que rezamos de verdad? Es decir, en que nos ponemos ante Dios con apertura de corazón y entramos en diálogo con Él para que nos ilumine y nos cambie en lo que disponga.

•   La pregunta es: ¿no nos estaremos convirtiendo, como Iglesia, en un conjunto de personas que se esfuerzan, trabajan pero —sin tener de Jesús más que una referen­cia o un recuerdo vago— nos hundimos en la desesperanza? Como aquellos discípulos: estaban juntos, se afa­naban, pero no conseguían nada. ¿Qué les faltaba? ¿Qué nos falta a nosotros? ¿No es ésa, muchas veces, la situa­ción y el diagnóstico de nuestros encuentros comunita­rios?

3. La segunda escena del evangelio comienza así: "Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla" (podemos leer Jn21, 4-8).

•   El momento central es cuando el discípulo amado lo reco­noce y afirma: "Es el Señor". Cuando reconocemos al Señor en nuestra vida no hay circunstancia ni situación desesperada, no hay lugar para la oscuridad ni el desáni­mo. Con Él viene la luz y la plenitud a nuestra vida, y deseamos vivamente que sea conocido y amado.

•   Muchas veces, cuando afirmamos que se puede "ser bueno" y "hacer cosas buenas" sin creer en Dios lo que acaso estamos transmitiendo, aun sin ser conscientes, es que, al final, da igual creer o no creer: lo importante sería ser buena persona. Entonces decae el anuncio porque la fe en Jesucristo pasa a ser algo secundario (a lo más, como una "ayuda" añadida para ser bueno), porque lo fundamental es "ser bueno". Tenemos que salir de la trampa. El hombre no puede salvarse sin Dios ni llegar a su plenitud humana rechazándole. Todo lo buenos que podamos ser y todo lo bueno que podemos hacer es gra­cias a Él.

•    ¿Cómo va a ser lo mismo creer que no creer? El que cree es, al final, alguien que se sabe pecador pero acogido y perdonado por la inmensa misericordia de Dios. Desde ahí —si su experiencia y su conversión son sinceras— puede (¡por la gracia de Dios!) dar frutos de justicia y cari­dad. Otra cosa es el caso de aquellos que, sin culpa pro­pia, desconocen a Dios y se esfuerzan por seguir su con­ciencia recta y verdadera. También ellos (¡igualmente por la gracia de Dios!) alcanzarán la salvación. Pero es incom­parable el conocimiento de Jesucristo y, por lo tanto, la urgencia de que sea conocido, creído y amado por los hombres.

•   ¿Cómo dejar, pues, sin la Palabra a los hombres?, ¿cómo no acercar al corazón de todos la Palabra de vida?

Escuchar la palabra, escuchar al Señor, es encontrar el maná que necesitamos en todas las circunstancias de nuestra vida: "Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis". En la Iglesia necesitamos testigos que señalen al Señor y nos indiquen su presencia: con el tes­timonio de Juan, Pedro se lanzó al mar. Tendríamos que preguntarnos si de verdad nos dejamos evangelizar por la Palabra y qué tiempo dedico a escucharla y meditarla.

 

4. ¿En dónde podemos encontrarnos, con la mayor intensidad, con Jesucristo, Palabra encarnada? Sin duda, en la Eucaristía. Ella hace presente constantemente a Cristo resucitado. Es el propio Cristo quien nos invita: "Vamos, almorzad" (leer Jn 21, 9-14).

 

•   Es Él quien nos prepara la mesa, el que se ofrece por nos­otros, el que nos muestra su inmenso amor, el que nos reúne y se da a sí mismo como Pan y nos regala la vida y la esperanza... ¿Qué más puede hacer por nosotros?

•   Pregúntemenos: ¿no tendríamos que tomarnos más "en serio" la Misa? ¿Somos conscientes de que solamente somos Iglesia de Jesús cuando, invitados por Él, responde­mos a su llamada y nos sentamos a la Mesa junto con nues­tros hermanos para dejarnos amar, perdonar y dar la vida?

•   En el Sínodo que hemos comenzado, ¿dónde experimen­tar la comunión y desde dónde salir a la misión? ¿Tengo costumbre de estar algunos momentos ante Jesús Eucaristía para inundarme en su amor, saberme acogido y perdonado y tomar fuerza para ser su testigo? ¿Podemos, como Iglesia en Asturias, acometer un cami­no de reflexión y discernimiento sobre los desafíos más importantes de la Iglesia en nuestro tiempo si no es desde aquí? En caso contrario ¿no estaríamos condena­dos a hacer unos planteamientos ideológicos de los pro­blemas que nos llevarían al fracaso?

 

5.       Aunque hoy parezca lo contrario, los hombres y las mujeres de nuestro mundo continúan teniendo sed de infinito.

 

•   El progreso material o intelectual no colma las necesida­des más profundas del ser humano. Lo que hoy existe, en buena parte, es un desierto de esperanza. Sin Dios las cosas van perdiendo sentido, nos replegamos y los indica­dores son de muerte: atentados contra la vida, baja nata­lidad, secularización de las conciencias, laicismo cultural (distinto de la legítima laicidad), falsas salidas hacia la droga, el alcohol, el juego.

•   Es verdad que se pueden esgrimir razones sociales, eco­nómicas y de otro tipo (y, sin duda, que tienen su parte de verdad); pero lo que está en el fondo es la falta de espe­ranza y de sentido. Está en juego la verdad del ser huma­no. Y esa verdad sale a flote cuando escuchamos con el corazón abierto la pregunta de Jesús: ¿me amas? ¿me quieres?, como se la hizo a Pedro (leer Jn 21, 15-19).

•   Es decir, ¿estás dispuesto a pasar a mis manos y a soste­ner la vida desde mí? Preguntémonos: ¿tengo la valentía de la verdad? ("Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres", hemos escuchado hoy en la primera lectura), ¿en qué manos pongo mi vida? ¿reconozco mi pecado (que, al final, consiste en andar por sendas equivocadas buscando la felicidad) y busco el perdón en Jesús y en su Iglesia?

 

 

 

 

 

Cuarto Domingo de Pascua, 29 de abril

Carta Pastoral: «Los compromisos de una Iglesia Particular en Sínodo» (II)

 

 

0.       Comenzamos rezando juntos la oración del Sínodo.

 

1. Para que una Iglesia Particular —como la nuestra en Asturias— sepa afrontar sus compromisos (que, en síntesis, no son otros que la evangelización con obras y palabras) debe antes pre­guntarse si sus miembros saben situarse en dos ámbitos fundamen­tales: en el mundo (en el que están y al que son enviados a dar tes­timonio de Jesucristo) y en la propia Iglesia (a la que pertenecen y desde la cual deben evangelizar).

 

•   De una inserción adecuada, es decir, evangélica, en estos dos ámbitos depende la eficacia de su presencia, de su acción y de su palabra. Por supuesto que también por ahí debemos comenzar a la hora de hablar de una dinámica de puesta al día que supone un Sínodo Diocesano.

 

2. Preguntémonos: ¿cómo vemos el mundo? ¿Cómo nos situa­mos en él? Ciertamente son preguntas muy generales, pero consi­deremos algo previamente. Estamos llenos de análisis sociológicos, de encuestas, de aproximaciones diversas que intentan describir la complejidad de los problemas que nos circundan. Hay opiniones para todos los gustos: unas más pesimistas (realistas, dirían los que las sostienen), otras algo más optimistas, muchas escépticas y bas­tantes, igualmente, desinteresadas y centradas en la búsqueda del propio interés vital.

 

•   Si como cristianos comenzamos a hablar de cómo están las cosas, es fácil que, incluso, primen más en nuestros análisis, a la hora de mirar la realidad, la postura ideoló­gica desde donde los hacemos. Lo primero es saber mirar. Ya decía Antonio Machado que "no se ve con los ojos sino a través de ellos". Porque si nos quedamos en un examen del estado y la marcha del mundo (tanto de nuestro entor­no más cercano como del "mundo mundial"), es difícil que sea posible mantener la esperanza.

•    Objetivamente no queda mucho espacio para el optimis­mo. Sí, podemos concluir: este mundo está mal, se extien­de la injusticia, la violencia, la incredulidad, la baja de los valores morales; aunque también emergen como signos positivos: la liberación que suponen para los seres huma­nos los adelantos científicos y técnicos, la conquista pro­gresiva de la igualdad de la mujer respecto al hombre, la sensibilidad ecológica o el aprecio por la dignidad y la libertad de las personas. Retomando las preguntas del principio (y guiándose por estas pistas) podemos procu­rar contestarlas.

 

3.        Sin embargo, a pesar de todo "tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo".

 

 

•   La primera actitud del cristiano respecto al mundo es amarlo. No ama lo que de malo puede haber en él sino que lo ama porque su Señor y Salvador ha dado la vida por él.

•    ¿Con qué mirada miro al mundo? ¿Lo quiero como Dios mismo lo quiere? No es cristiana una postura de condena escéptica de la sociedad o una respuesta amarga ante sus pecados. También nosotros somos pecadores pero confia­dos y seguros del amor del Padre. También para el mundo, para sus gentes, está el amor y el perdón de Dios.

•   Podemos preguntarnos, ¿Estoy convencido que solamen­te Dios es la garantía de nuestra libertad y de la grande­za humana? ¿Cómo expreso este convencimiento en mi vida pública? Llega un momento que ya no podemos vivir de opiniones (ni nuestras ni de los demás). No se trata de decir "yo pienso" o "nosotros pensamos" (aunque sealegítimo), se trata de confesar la fe y tener el coraje de decir: "yo creo" o "nosotros creemos". La fe no descansa en opiniones de una mayoría sino en la Palabra y el poder de Dios, que no engaña.

•   Solamente esa mirada de fe puede ayudarnos a estar en el mundo con sentido evangélico, con esperanza (a pesar de dificultades, dolores y perplejidades), escuchando la voz de Cristo: "en el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo! Yo he vencido al mundo" Por eso en el evangelio de hoy Jesús se presenta como Buen Pastor y nos dice: "[a mis ovejas] nadie las arrebatará de mi mano" y "Yo 7es doy 7a vida eterna".

 

4.       Igualmente  tenemos  necesidad  de  situarnos  bien  como miembros de la Iglesia.

 

•   En los últimos tiempos (sobre todo en ciertos ambientes) se ha instalado como una desconfianza en la Iglesia, como una distancia, de manera que la pertenencia a la misma se vive sufrientemente y con parcialidad. Parece como si hiciéramos, sobre todo, un acto de virtud heroica perma­neciendo en la Iglesia a pesar de lo poco habitable que es.

•   Nos quejamos (sobre todo, ya se sabe, de la Jerarquía, del Vaticano...), diferenciamos entre varias Iglesias (de la base y de la altura, popular e institucional, de los pobres y la oficial, de Jesús y de los Jerarcas, etc.) y tendemos a diseñar una Iglesia como nosotros la concebimos y a luchar por impulsar la una y destruir la otra.

•   Acaso en otros ámbitos se da lo contrario: una especia de divinización de la Iglesia, como si todo lo secundario y lo terreno que tiene la Iglesia (que lo tiene) fuera intocable y hubiera que conformarse sin más, sin espíritu crítico, con el actual estado de cosas.

•   En todos los casos hay que recordar lo que decía San Agustín: "En la medida en que uno ama a la Iglesia tiene el Espíritu Santo". Y no la Iglesia de nuestros sueños sino ésta en concreto a la cual —por gracia de Dios— pertene­cemos. Hemos de amar a la Iglesia.

•   Podemos preguntarnos sencillamente: ¿Amo a la Iglesia? ¿Estoy agradecido a ella puesto que me ha dado y me da sin cesar a Cristo? (sólo por esto ya merecería todo mi amor y mi gratitud). ¿Me siento miembro vivo de la Iglesia? ¿Cómo vivo mi vocación en la misión que tiene la Iglesia?

 

5.       Y esta Iglesia, en concreto, es para nosotros esta que camina en Asturias.

 

•   Que es Una (comunión con Dios y entre nosotros, a ima­gen de la Santa Trinidad), Santa (por Aquel que la santi­fica y que la llena de belleza y de limpia hermosura, a pesar de los pecados de sus miembros), Católica (univer­sal en su difusión y en la plenitud de los medios de salva­ción que ofrece) y Apostólica.

•   Quizá sea esta última nota la menos entendida y valora­da. ¿Qué quiere decir que la Iglesia es "apostólica"? Es apostólica por su origen, ya que fue constituida sobre el fundamento de los Apóstoles; por su enseñanza, que es la misma de los Apóstoles, y por su estructura, en cuanto es instruida, santificada y gobernada hasta la vuelta de Cristo por los Apóstoles.

•   Por eso es tan importante en una Iglesia Particular el papel del Obispo, que ejerce su ministerio como miembro del colegio episcopal, en comunión con el Papa y con el resto de los Obispos. Estar en comunión con la Iglesia conlleva, indisolublemente, estar en comunión con el Obispo que en cada lugar la preside en el Señor. No importa que el Obispo sea de nuestro gusto o no, con unas cualidades o con otras: es nuestro Obispo (testimonios antiquísimos como el de San Ignacio de Antioquia, a comienzos del siglo II, ponen de relieve ya este dato).

•   ¿Soy consciente de la misión de comunión del Obispo? ¿Cómo ayudamos a que el Obispo sea profeta, testigo y servidor de la esperanza?

 

6.        Únicamente desde una pertenencia firme, convencida, agra­decida y gozosa a la Iglesia —nuestra Madre y Maestra, como dijo Juan XXIII— podremos ponernos en marcha en este movimiento de puesta al día y renovación que supone un Sínodo Diocesano.

 

•    Sintiéndonos hijos de la Iglesia podremos hacer la confe­sión de fe de la Iglesia, de los Apóstoles y dar al mundo el genuino Evangelio del Señor Jesús. Por eso es tan impor­tante que no demos lo que "yo pienso" o "yo opino". Eso ayuda a veces, pero cuando hay que fundamentar la pro­pia vida y responder a los grandes interrogantes ¿qué autoridad tiene? ¿yo mismo?

•   Las opiniones de los hombres son muchas y contradicto­rias. Lo que vale es la Palabra de Cristo transmitida por los Apóstoles y por la Iglesia de todos los tiempos: la fe de la Iglesia. Ésa es la que importa y la que nos da la salva­ción. De ahí que para el cristiano, hoy es esencial conocer, contemplar, vivir y anunciar el "Credo apostólico". ¿Conozco, contemplo, vivo y anuncio el Credo apostóli­co? ¿Conozco el Catecismo de la Iglesia Católica? ¿Lo leo y medito?

 

7. La convocatoria de un Sínodo es un momento de gracia para una Iglesia. Pongámonos en camino desde una mirada de amor al mundo y desde una experiencia de "ser Iglesia", confesando, cele­brando y viviendo la fe de la Iglesia... para que el mundo crea.

 

 

 

 

Quinto Domingo de Pascua, 6 de mayo

Carta Pastoral: «El Espíritu Santo, verdadero protagonista del Sínodo» (IV)

 

 

0.       Comenzamos rezando juntos la oración del Sínodo.

 

1.       Hemos comentado que la primera condición para preparar el Sínodo es "sentirnos Iglesia".

 

•   La Iglesia es, a la vez e indisolublemente, una realidad visible e institucional y un misterio de presencia de Dios en la historia: un sacramento (un signo) de salvación de la unidad de Dios con los hombres y de los hombres entre sí. No es ni sólo algo histórico y un cuerpo social (como otros) ni únicamente algo exclusivamente espiritual. No pode­mos entender ni reducir la Iglesia a pura sociología (sin tener en cuenta el germen divino que alienta en ella) ni comprenderla como meramente espiritual y carismática (desdeñando las mediaciones institucionales e históricas).

•   Como dice el libro del Apocalipsis sobre la nueva Jerusalén, futuro celeste de la Iglesia: "Ésta es la morada de Dios con los hombres, acampará entre ellos". Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos". Eso es lo que está llamada a ser la Iglesia y ya es, de alguna manera, ahora en la historia. Pero, a la vez, los Hechos de los Apóstoles afirman la dimensión visible y organizada de la Iglesia, ya desde el principio: "En cada Iglesia designa­ban presbíteros (...). Al llegar, reunieron a la Iglesia... ".

•   El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia: sin El no se entiende ni el ser ni el hacer de la misma. Por ello, los cristianos lo invocamos con frecuencia: "Ven, Espíritu Santo: llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor". Es el Espíritu quien ha constituido la Iglesia, quien la ha lanzado al mundo y la llena de fuer­za y de coraje evangelizador.

 

2.       Sin duda que hoy nos movemos entre estos dos extremos:

 

•    "Espiritualizar a la Iglesia". Viéndola principalmente como una realidad interior, puramente carismática y en donde todo lo "exterior" sería comprendido como menos Iglesia o, incluso, como algo en contradicción con la "ver­dadera" Iglesia espiritual. En esta visión, los elementos sacramentales, jerárquicos, institucionales, sociales, visi­bles e históricos serían como una contaminación para comprender y vivir la auténtica realidad de la Iglesia, que es "espiritual" y "carismática". Una especie de "docetis-mo eclesiológico"'.

•   La Iglesia reducida o comprendida principalmente como realidad sociológica. El acercamiento a la Iglesia se hace, fundamentalmente, en clave de una institución histórica donde hay intereses, lucha de poderes y en donde su fun­cionamiento debería ser, aproximadamente, como cual­quier otro grupo social: votaciones, mayorías, consensos, asambleas soberanas, poder del pueblo... Naturalmente que (como en el caso anterior se aceptaba también lo ins­titucional) se cuenta con la presencia de Dios, pero supe­ditada, al fin y a la postre, a las opiniones y a la fuerza de los tiempos, las culturas y las mayorías (que serían quie­nes decidirían la doctrina y la voluntad de Dios en cada momento).

•   Evidentemente, sobre estas dos posturas extremas se pueden decir dos cosas: la primera es que ninguna se suele dar tan "pura" como las hemos expuesto (hay más o menos componentes, de una y otra, en cada posiciona-miento). En segundo lugar, que cada una tiene su parte de verdad: lo "principal" de la Iglesia es el Espíritu Santo (por lo tanto, lo "espiritual", aunque también el ministe­rio apostólico —la jerarquía— tiene un origen y un sus­tento carismático); y, por otra parte que, sin duda, en la Iglesia también se dan las tensiones y las dinámicas de cualquier otro grupo social (y sólo hay que mirar a la his­toria para comprobarlo), pero, ciertamente, el elemento espiritual, la presencia del Espíritu Santo y el especial diseño que la Iglesia ha recibido de Jesucristo, marca una diferencia sustancial en relación con otras instituciones.

•   Podemos preguntarnos: ¿Qué concepción creemos que predomina en nosotros? ¿guardamos un equilibrio entre las dos, las integramos y reconocemos —ante todo— la realidad divina de la Iglesia y su estructura original dada por el Señor, y, a la vez, asumimos su componente humana?

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* El docetismo, referente a la persona de Jesús, era una doctrina que desdeñaba la realidad mate­rial y la naturaleza humana de Cristo a favor exclusivamente de su naturaleza divina. En consecuen­cia, negaba la verdadera humanidad de Cristo.

 

 

3.       Queremos que el Sínodo Diocesano sea un acontecimiento de Pentecostés.

 

•   Que el Espíritu Santo sea el verdadero protagonista del Sínodo, que nos enseñe a amar y a testimoniar el amor que Jesús nos entregó y nos manda: "Os doy un manda­miento nuevo: que os améis unos a oíros,- como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros", como dice el Evangelio de este domingo.

•   Hemos de preguntarnos: ¿Invoco con frecuencia al Espíritu Santo y lo tengo en cuenta en mi vida y en mis acciones? ¿Lo siento como el Señor y Dador de Vida, como confesamos en el Credo?

•   Hemos de comenzar pidiendo la acción, la gracia y la fuerza del Espíritu Santo para entrar en el proceso de un Sínodo Diocesano. Él nos dará la mirada justa sobre el mundo y los desafíos que nos plantea. Sin Él pensaremos y juzgaremos según la carne no según el Espíritu. San Pablo lo afirma con fuerza: "El hombre naturalmente no acepta las cosas del Espíritu de Dios,- son locura para él. Y no las puede entender, pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas. En cambio, el hombre de espíritu lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarle. Porque '¿quién conoció la mente del Señor para instruirle?' Pero nosotros tenemos la mente de Cristo" (I Cor 2, 14-16; más completamente, leer el párrafo entero: 1 Cor 2, 10-16). Podéis comentar

este texto.

•   El Espíritu nos hace mirar las cosas con los ojos de Dios y tener la mente de Cristo, acrece nuestra capacidades y nos ayuda a afrontar todas las situaciones por más com­plejas que sean. ¿Lo creemos de verdad?

 

4.       Nuestro Arzobispo, D. Carlos, nos hace en su Carta Pastoral para la convocatoria del Sínodo esta confesión:

 

•    "La determinación última de hacerlo, ha sido desear con todas las fuerzas que la Iglesia Diocesana se ponga a vivir como el Señor quiso que la Iglesia lo hiciera desde el prin­cipio, con toda conciencia y con toda verdad". Y continúa explicando que "con la bajada del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo de Jerusalén junto con María, la Madre del Señor, ahí comienza la era de la , Iglesia". Desde ese momento "el Espíritu Santo habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo"

(n° 51).

•    "¡Cómo no vamos a pedir que llene los corazones de todos sus fieles, que nos llene a nosotros —los cristianos que vivimos en la Iglesia que camina en Asturias— para que seamos testigos y apóstoles de Jesucristo!" (n° 52).

•   Con la fuerza del Espíritu hemos de vivir el Sínodo como un tiempo de gracia en donde Él se dirige a nuestra Iglesia para que mire y acoja abiertamente las preguntas, los gozos y las esperanzas de nuestro mundo y se decida a remar mar adentro ("Duc in altum!", como nos indicaba Juan Pablo II en su Carta Apostólica "Novo millennio ineunte" —"En el comienzo del nuevo milenio" —, que es como la carta de navegación de la Iglesia en el tercer milenio).

El Espíritu Santo nos precede en nuestra urgencia de evangelizar. Cuando la Iglesia camina al encuentro de los hombres y de las culturas y les anuncia el Evangelio de Cristo se encuentra con que el Espíritu Santo ya se le ha adelantado y le espera en el corazón de todos aquellos que, con sencillez, anhelan a Dios y se abren a su Palabra. No, no somos los primeros en llegar: el Espíritu Santo va delante de nosotros.

Hemos de plantearnos: ¿Por qué no vivir como un acon­tecimiento del Espíritu Santo, como un nuevo Pentecostés en nuestra Iglesia, el Sínodo Diocesano? Esta convicción y propósito, ¿qué nos estará pidiendo de cara a un cambio de actitud, de comprensión, de actua­ción, etc.?

 

 

 

 

Sexto Domingo de Pascua, 13 de mayo

Carta Pastoral: «Acompañados, alentados y amados como siempre por la Santina de Covadonga, nuestra Madre y nuestra Señora» (V)

 

 

0.       Comenzamos rezando juntos la oración del Sínodo.

 

1. Contemplar a la Virgen María es reconocer en ella a la per­sona que estuvo y está más unida a Cristo. No hay ninguna cria­tura que esté tan cerca de Jesús y, por Él y en Él, de la Santísima Trinidad: del misterio eterno de Dios.

 

•   María aparece en los evangelios abarcando el arco ente­ro de la vida de Jesús: desde la concepción (en su vientre inmaculado), el nacimiento (en Belén), la vida pública (aunque discretamente, pero aparece), hasta su muerte (al pie de la Cruz) y su Resurrección y el envío del Espíritu Santo (en donde la vemos en oración junto con los discí­pulos en el Cenáculo). No hay nadie igual. Algunos están presentes en la vida oculta de Jesús (José, los pastores, los magos, Simeón, Ana) pero después desaparecen en la vida pública. Otros, en cambio, están presentes cuando comienza y desarrolla su ministerio mesiánico (Juan Bautista —aunque éste también aparece en los primeros momentos de la vida de Jesús, en el vientre de su madre Isabel— pero, sobre todo, interviene en el inicio de la misión de Jesús; los Apóstoles; los discípulos —hombres y mujeres—, y todos aquellos que están presentes en este tramo de la vida del Señor), pero que antes, en su infan­cia y juventud, no aparecen. María es la única que está presente desde el mismo principio hasta el final completo de la obra y misión de su Hijo.

•   Por eso, María es la que mejor nos puede enseñar a vivir nuestra relación con Dios y a confiar en Él. Es también la mejor Discípula del mejor Maestro, la que mejor puede dirigir la mirada y el corazón de los hombres hacia Jesús. Modelo de fe: "¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!", como la aclamó Isabel en cuanto la vio. Modelo de aceptación de la voluntad de Dios con su "sí" generoso e incondicional al Dios que se le manifiesta y le descubre su vocación. Mujer de esperanza indesmayable cuando se mantiene al pie de la Cruz, junto a su Hijo y unida a su sacrificio redentor.

•   Mirando a María, con fe y gratitud, pregúntemenos: ¿Creo, como María, en lo que me dice el Señor? ¿Cómo es la aceptación de su Palabra en mi vida?

 

2.       ¿Cómo no vamos a invocarla de manera especialísima en el momento en que comenzamos nuestro Sínodo Diocesano?

 

•   Es la más cercana a Dios y la más cercana a nosotros: Jesús nos la entregó como Madre —en la persona del r apóstol Juan— para que la recibiéramos en nuestra casa (en nuestro corazón, en nuestra vida). Pablo VI, al final de Concilio Vaticano II, la proclamó solemnemente "Madre de la Iglesia".

•   María, que nos entrega a Jesús en el momento de la Encarnación, nos lo sigue dando y diciendo: "Haced lo que Él os diga". Nos lleva suavemente hacia Él y ejerce de intercesora y Abogada nuestra, acompañando y alen­tando al pueblo que peregrina en esta historia y en este tiempo que nos ha tocado vivir. Por ello, en este tiempo de gracia que es el Sínodo, recurramos confiadamente a ella y pidamos su intercesión materna y misericordiosa: "Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos".

•   ¿Ocupa María en nuestra fe y en nuestra vida cristiana y apostólica el puesto que le corresponde por voluntad de Dios? ¿La invocamos con frecuencia, recurrimos a ella, la tenemos como nuestra Madre, que el Señor Jesús nos ha entregado?

 

3. En la pasada sesión nos esforzamos por reconocer el papel protagonista que ha de tener el Espíritu Santo en esta aventura eclesial y evangelizadora que supone un Sínodo Diocesano.

 

•   María es la mujer llena del Espíritu Santo. Es la "llena de gra­cia", aquella sobre la que ha descendido el Espíritu Santo cubriéndola con su sombra y haciéndola capaz de engendrar al Hijo de Dios. Es la mujer del Espíritu, en la cual el mal no domina absolutamente nada: ha sido, es y será toda comple­tamente de Dios. En ella todo es bendición, no hay ni asomo de sombra de pecado. En María la Belleza de Dios resplan­dece como en ninguna otra criatura celestial o terrena. Es la obra maestra del Espíritu y, dentro de la Iglesia (de la cual ella es miembro excelentísimo), es como la joya de la corona, el colmo de la santidad y la gracia. En una estrofa del himno de Covadonga se dice: "Y es que, en viendo a María, todo se ríe". Por eso, todas las generaciones la llaman "dichosa": " ¡Bendita la Reina de nuestra montaña!".

•   Como María escuchó a Dios y dijo: "hágase en mí según tu palabra", ¿escuchamos también nosotros a Jesús, tal y como ella nos ha dicho: "haced lo que Él os diga"?

 

4. Seguro que el desarrollo del Sínodo Diocesano que ahora estamos preparando no será fácil, e incluso tendremos que esperar momentos difíciles. No nos debe de sorprender.

 

•   La Iglesia debe ser un espacio de libertad donde cada cual pueda hacer oír su voz y expresar su opinión. A veces, aunque se haga con caridad y respeto pueden sur­gir tensiones momentáneas. Ha sido así desde el princi­pio. Y si no, releamos la primera lectura de este domingo sexto de Pascua que hemos escuchado —del libro de los Hechos de los Apóstoles—: "Esto [la cuestión de si los gentiles tenían que circuncidarse, conforme a la tradición de Moisés] provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé". Un altercado y una violenta discu­sión en la primera comunidad cristiana. ¿Qué os parece? Sin embargo, ¿cómo proceden? Se reúnen, consultan a los Apóstoles y presbíteros y a toda la Iglesia (el famoso Concilio de Jerusalén, el primero de la historia) y llegan a una decisión común (no sin debates y opiniones diferentes, como nos lo atestigua el mismo libro de los Hechos en otro lugar). I

•   Ahora bien, esta decisión común ellos la saben y la sien­ten avalada por el Espíritu Santo al que han invocado. Hasta el punto que en la carta que escriben a las comuni- ' dades cristianas sobre el asunto dicen (como hemos escuchado): "Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros..." ¿No debe ser ésa, también, la dinámica, la actitud y el modo de proceder de nuestro Sínodo Diocesano?

•    "El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho". Hemos de estar, pues, a la escucha del Espíritu para que Él nos vaya guiando, enseñando y recordando todo lo de Jesús. E, igualmente, para que, después de los debates vivos (y hasta tensos) que puedan darse, podamos llegar a establecer caminos y respuestas adecuadas para llevar el Evangelio al mundo de hoy. Ojalá que podamos confesar, al final de nuestros trabajos, lo mismo que la primera Iglesia: "Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros...".

 

5. Por lo tanto, ante las inevitables dificultades: "Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde", como también nos dice Jesús en el evangelio de hoy. Guardemos su Palabra y dejémonos guiar por su Espíritu, nuestro Defensor ante toda adversidad y el que nos da la paz de parte de Jesús.

 

•   El Señor es nuestro Sol que nos alumbra en el camino. La Iglesia no necesita otra luz que la gloria de Dios y el Cordero, como nos dice el libro del Apocalipsis. Ninguna ' otra: "La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, por­que la gloria de Dios la ilumina y lámpara es el Cordero".

 

6. Concluyamos invocando a María, la mujer llena del Espíritu, para que comencemos bajo su amor y protección este Sínodo Diocesano. Podemos rezar "la oración de los hijos de Asturias a su Madre", con la que nuestro Arzobispo D. Carlos termina su Carta Pastoral (n° 56, págs. 53 y 54).