«Domingo, día de la comunidad cristiana»
Segundo Domingo de Pascua, 15 de abril
Carta
Pastoral: «Una tarea» (I)
1. Hoy la enseñanza que nos aporta la Palabra de Dios viene, sobre todo, de la mano de Tomás, ese apóstol con dificultad para creer, que tiene tantas dudas y que se resiste a aceptar el testimonio de sus compañeros: "Hemos visto al Señor". Ya hemos oído lo radical y escéptico de su postura: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo". Esto nos debe ayudar a considerar dos cosas principales:
a) A comprender y a no escandalizarnos de las dudas y las distancias referentes a Dios y a la Iglesia que, con frecuencia, observamos en nuestro mundo. Incluso en nosotros mismos sentimos, a veces, el desasosiego y la inquietud de tantas cosas que no entendemos respecto a la fe y a la conducta cristiana. No se trata únicamente de cuestiones referentes a la Iglesia que, aunque importantes, no dejan de ser secundarias. El problema fundamental hoy en nuestra sociedad es Dios mismo, y, en concreto, no un dios fabricado por uno mismo al propio gusto (ese dios no causa ningún problema porque lo hemos "hecho" nosotros) sino el aceptar la imagen de Dios que Jesucristo nos ha revelado y que la Iglesia nos enseña. A veces es esa fe la que se nos pone cuesta arriba: la fe en Jesucristo, muerto por nuestros pecados, resucitado para nuestra salvación, que está vivo y nos abre las puertas de la Vida y de la Esperanza, en este mundo y en el futuro. Esta fe en el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo es la que está hoy asediada y puesta en cuestión. Nos encontramos cada vez más con personas, sectores sociales y corrientes culturales que viven y actúan como si Dios no existiera. No nos engañemos: el problema principal no es la Iglesia (aunque puede tener su parte, tanto a favor como en contra, según los casos) sino Dios mismo: su aceptación, la aceptación de la fe en Él y en su acción en el mundo y en nuestra vida. Por eso Tomás nos ayuda a no sorprendernos de esa actitud escéptica (que parece la opción "inteligente" y práctica ante la vida) y a afrontarla con serenidad y esperanza.
b) En segundo lugar, haríamos bien en pensar qué ha llevado a Tomás a tomar esa actitud y a que en su corazón nazca esa desconfianza hacia Jesús y hacia sus compañeros. Y encontramos la clave: "Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús". Efectivamente, "Tomás... no estaba con ellos". No se encontraba reunido con la comunidad cristiana aquel día (el domingo, por cierto: "el primero de la semana"). Estaba alejado de la reunión fraterna de sus compañeros y, claro, no pudo experimentar al Señor. Quien se aleja de la comunidad cristiana que se reúne en el nombre de Jesús le resulta muy difícil tener la experiencia del Señor resucitado. Ése es, además, un dato estadístico: la rutina deja paso a una pertenencia débil a la comunidad, esa pertenencia débil acaba en la indiferencia y en el alejamiento de la Iglesia (a no ser, en el mejor de los casos, para los sacramentos sociales: bautizos, comuniones, bodas, funerales) y ese alejamiento da lugar o a la pérdida de la fe o, casi da lo mismo, a una fe que, al final, no tiene ninguna repercusión práctica y real en la vida de esas personas. ¿Qué hacer para permanecer en una fe viva en Jesucristo? Permanecer de manera activa y consciente en su Iglesia, en la reunión fraterna de la comunidad cristiana reunida en su nombre. Cuando "a los ocho días [al domingo siguiente], estaban otra vez dentro los discípulos", esta vez sí estaba Tomás con ellos. Y entonces puede sentir al Señor, y puede arre pentirse de su incredulidad, y hace una hermosa confesión de fe: "¡Señor mío y Dios mío!".
2. Hermanos y hermanas: Sabéis que en nuestra Iglesia Diocesana se acaba de convocar un Sínodo. ¿Qué es un Sínodo? Es un camino que inicia una Iglesia que está en un lugar (en nuestro caso, en Asturias) para reflexionar entre todos de qué manera puede anunciar y vivir el Evangelio del modo más adecuado a los tiempos actuales. Es como una familia que de vez en cuando se reúne, se sienta tranquilamente, conversa entre ella y se plantea las cuestiones más importantes que le afectan para cumplir su misión: cómo estar más unidos, cómo educar rectamente a nuestros hijos, por qué caminos van nuestros miembros más jóvenes, cómo ir dando respuestas humanas y cristianas a los nuevos problemas que se nos plantean, cómo hacer para que todos nos hagamos más responsables, más serviciales, más acogedores... Pues eso es lo que se debe plantear también nuestra Iglesia que camina en Asturias: cómo sentirnos más comunidad de hermanos y crecer en la comunión; cómo afianzar nuestra fe en Jesucristo y nuestra conversión a Él; de qué manera iniciar y celebrar los sacramentos principales de nuestra fe (Bautismo, Eucaristía), y también la Penitencia, la Confirmación y el Matrimonio; qué modos, itinerarios y criterios establecer para que sean realmente sacramentos de la fe, constructores de la comunidad e impulsores para la misión; qué hacer con nuestros jóvenes y con los adultos jóvenes que se alejan cada vez más de la Iglesia; cómo ayudar a las familias a llevar a cabo su importante y delicada misión; cómo estar presentes en el mundo, con entrañas de misericordia, con testimonio claro, con compromiso firme para construir el Reino y llevar a nuestros contemporáneos la Buena Noticia del Evangelio; cómo servir a los pobres y excluidos con el corazón compasivo y la caridad ardiente del Señor para mostrar así su amor en medio de los hombres; cómo afrontar el problema de la crisis de vocaciones que padecemos... Y un largo etcétera.
3. En el fondo, nos encontramos con la situación de las lecturas de hoy: el escepticismo de Tomás (símbolo de muchas dudas y distancias respecto a la fe), la debilidad o el alejamiento de nuestra pertenencia a la Iglesia ("Tomás... no estaba con ellos cuando vino Jesús"), la tribulación que a veces experimentamos ante las dificultades (como en la que se encontraba Juan en la lectura del libro del Apocalipsis) o los obstáculos para que otros se junten a nosotros (como alude a ello la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado: "los demás no se atrevían a juntárseles").
4. Para llevar a cabo este esfuerzo de debate y discernimiento, la Iglesia debe hacerlo desde lo que ella es: no una asamblea invertebrada e informe sino una comunidad estructurada. Es decir, presididos por el Obispo (que es quien nos preside en la caridad y quien ha convocado el Sínodo), ayudados por los sacerdotes (pastores de las comunidades cristianas) y con la activa colaboración de todo el Pueblo de Dios, de todos nosotros. El Sínodo tendrá tres fases: la primera, para disponernos espiritualmente, mirar más intensamente al Señor y sentirnos más Iglesia; la segunda, para proponer temas que consideremos importantes de cara a la misión de la Iglesia en este tiempo, y la tercera, que consistirá ya en la realización de la asamblea sinodal propiamente dicha (a la cual asistirán representantes de todos los sectores y grupos de la Diócesis). El Sr. Arzobispo nos ha escrito una Carta Pastoral en la que nos anima a la conversión a Jesucristo, a escuchar la Palabra de Dios y a centrarnos en la Eucaristía y en el ejercicio de la Caridad para ir preparando nuestro corazón y nuestra mente en esta primera etapa del Sínodo Diocesano. En estos próximos domingos la iremos comentando.
5. En definitiva, que todo sirva para aquello que nos invita San Juan en el evangelio de hoy: "para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre". Y que esa Vida pueda llegar también, por nuestro medio, a los demás. Amén.
«Testigos
del resucitado»
Tercer Domingo de Pascua, 22 de abril
Carta Pastoral:
«Una manera nueva de estar y de vivir en el mundo» (III)
1. Os comentaba el domingo pasado que en nuestra Diócesis estamos preparando un Sínodo. Y que un Sínodo es un camino que la Iglesia hace —con todos sus miembros— para discernir cómo puede, en este momento, anunciar y vivir el Evangelio de Jesucristo, cómo dar testimonio de Él al mundo, a este mundo nuestro que ha cambiado tanto en poco tiempo. Y que en esta primera etapa hemos de tomar mayor conciencia de quiénes somos (convirtiéndonos más intensamente al Señor), qué Iglesia formamos (creciendo en la comunión) y qué tipo de presencia y anuncio hemos de llevar a cabo (preparándonos para la misión). Después, en segundo lugar, tendremos que estudiar y proponer los temas principales para ser tratados, en la tercera parte, en asamblea sinodal. Pero antes el Señor es como si nos hiciera un examen; un examen en el que hay una sola pregunta, y además la sabemos de antemano (un examen así, en principio, es fácil de aprobar). ¿Cuál es esa pregunta? La que hoy le hace —y por tres veces— a Pedro: ¿me quieres? ¿me amas?
2. ¿Por qué le hace la pregunta tres veces? Sin duda, pensando en la triple negación en el momento de la pasión de Jesús (para que el temor no fuera más fuerte que el amor, dirá San Agustín comentando este texto). Pero, acaso también, para que fuera consciente de lo que le preguntaba y de lo que le pedía, y para que, al final, se diera cuenta de que para amarle de verdad tenía que revestirse de humildad y abandonarse completamente al Señor. Hermanos y hermanas: tampoco nosotros debemos oír esta pre gunta de Jesús inconscientemente ni responderle rápidamente. ¿De verdad lo amamos? ¿De verdad queremos ir detrás de Él y que Él sea la razón y el amor de nuestra vida? ¿De verdad lo preferimos a todo y no hay para nosotros otro Señor? Solamente a partir de ahí el Señor le dirá: "Apacienta mis corderos" "Pastorea mis ovejas". Solamente desde el amor a Jesucristo podremos disponernos a la misión. Por eso el Sínodo debe comenzar con esta pregunta y con este tiempo de preparación, sin querer pasar enseguida a la acción, a discutir, a hablar, a proponer. Pedro, para llegar hasta ese momento, antes ha tenido que reconocerle: "¡Es el Señor!", ha gritado Juan, y Pedro se echó al agua. Después se ha sentado con Jesús y con sus compañeros a la mesa que el propio Jesús les había preparado y, mirándole y estando con Él, se persuade de quién es: "porque sabían bien que era el Señor".
3. A partir de ahí los Apóstoles son capaces no solamente de predicar a Cristo sino de preferirlo, con valentía y decisión, a todo y ante todos ("Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres") y hasta de sufrir por él con gozo ("Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús"). La razón de un Sínodo es la preocupación de la Iglesia para ser fiel a su misión más propia: dar a conocer a Cristo y salir al encuentro de los que no creen o están alejados y de ser más sensible ante las nuevas situaciones de injusticia y deshumanización. Debe de indicar a todos a Jesús y anunciar: "¡Es el Señor!" e invitarles a reconocerle, a escuchar su Palabra y, después, a sentarse a la Mesa de la Eucaristía. Pero antes, debemos nosotros mismos revisar nuestra fidelidad al Señor, a su Evangelio y al compromiso que tenemos que desarrollar en nuestra vida y en nuestra sociedad.
4. Quizá algunos os preguntéis. Muy bien, ¿y qué puedo hacer yo en el Sínodo? En esta primera fase: acoger con interés e inquietud este camino, esta puesta en marcha que toda la Iglesia Diocesana se propone para mejor responder a su misión; rezar con confianza al Señor para que su Espíritu aliente e inspire a todos (especialmente a los que, de una manera más intensa, lo preparan y disponen), que se dejen llevar solamente por el Espíritu Santo y no por sus ideas o gustos particulares; también que cada uno se ponga más decididamente en un camino de identificación con Jesucristo: leer y meditar la Palabra de Dios, revisar la propia vida ante Él, acercarse al sacramento de la penitencia y recibir el perdón y la vida nueva del Señor; vivir con renovado fervor la eucaristía; hacernos más sensibles a los pobres, ser más solidarios y generosos y encauzar nuestra vida desde la austeridad, el amor y el servicio a los últimos de nuestra sociedad.
5. Es posible que nos parezca imposible o muy difícil. Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Ésa es la fe. Es cierto que somos débiles y pecadores, pero ¡pongámonos en camino! Eso es lo que significa la palabra "Sínodo": hacer todos y encontrarnos todos haciendo el mismo camino. Si llegamos o no, Dios lo sabe y lo hará. Lo que Él nos pide es simplemente que nos dispongamos a caminar, que queramos avanzar por el camino del amor (que es igual que decir, de la santidad). Sintámonos ayudados y amparados por todos los que nos han precedido en ese camino de la fe y del amor y ya están en la gloria de Dios. En nuestra tierra de Asturias contamos con testigos espléndidos que, cada uno en su tiempo y con sus circunstancias, han dado un admirable testimonio de fe, de esperanza y de caridad. Pensemos en Melchor de Quirós, en Pedro Poveda, en Práxedes, en Isaac González (obispo el primero, sacerdote de nuestro presbiterio el segundo, y, ambos, santos canonizados por la Iglesia, seglares los dos últimos y en proceso de beatificación), etc. (se podría hacer un brevísimo comentario de ellos y añadir, acaso, otros nombres que se conozcan como verdaderamente ejemplares; aunque habrá que tener cuidado para que sean reconocidos como realmente modélicos).
6. Como en la lectura del libro del Apocalipsis, la Iglesia militante (que somos nosotros) nos unimos a la Iglesia triunfante para cantar a grandes voces la gloria de Cristo resucitado: "Digno es el Cordero degollado I de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, I la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza"; y continúa el texto que hemos escuchado: "Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar —todo lo que hay en ellos—, que decían: 'Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos'". Escena maravillosa de la liturgia celestial gue tenemos muy presente también en nuestra liturgia eucarística; y, así, con ellos, repetimos en la tierra: " ¡Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor!". El cristiano está llamado a unirse a los elegidos en la alabanza y en la adoración del Señor glorioso, no sólo con la lengua y el gesto, sino sobre todo con la vida y con las obras. Que así nos lo conceda comprender y vivir el Señor.
«Pueblo y ovejas de su rebaño»
Cuarto Domingo de
Pascua, 29 de abril
Carta Pastoral:
«Los compromisos de una Iglesia Particular en Sínodo» (II)
1. Este cuarto domingo de Pascua se suele denominar el "domingo del Buen Pastor", y es expresión, ante todo, del amor universal de Cristo a los hombres. "Somos suyos, I su pueblo y ovejas de su rebaño", hemos escuchado en el salmo de hoy. Somos de Cristo y Él nos guarda celosamente y es para nosotros fuente de vida y de salvación: "Yo les doy [a las ovejas] Ja vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano". Es un don inmenso, pero que pide una condición de parte de cada uno de nosotros: "Mis ovejas escuchan mi voz... y me siguen".
2. Hermanos: En este camino sinodal que hemos comenzado como Iglesia, es preciso que, ante todo, nos sintamos hijos agradecidos y gozosos de esa Iglesia. "En la medida en que uno ama a la Iglesia posee el Espíritu Santo", dice San Agustín. La Iglesia nos ha dado, y nos da continuamente, a Cristo: su presencia, su gracia, su salvación, su perdón... Sólo por eso debemos de estarle profundamente agradecidos. Y nuestra pertenencia no debe de ser parcial o a regañadientes sino sincera, convencida y alegre. Ella es la Esposa, llena de belleza y de limpia hermosura, del Esposo: Cristo. Es verdad que los pecados de sus miembros —¡nuestros pecados!— la pueden desfigurar, y eso nos duele y nos entristece, pero en ella está el Espíritu Santo, alma de la Iglesia y aliento infatigable que la hace siempre viva y joven. Por eso, para ponernos en disposición de celebrar un Sínodo, lo primero es sentirnos y "ser" Iglesia.
Hacíamos antes alusión a que no basta que Jesús quiera ser nuestro Pastor sino que, por nuestra parte, debemos escuchar su voz y seguirle. Oye la voz de Jesús quien acepta el Evangelio y descubre su verdadero significado, quien atiende a la voz de su conciencia y a las inspiraciones del Espíritu Santo y quien escucha la voz de la Iglesia —especialmente a través de sus pastores—.
3. Pero hace falta otra condición para poder ponerse en disposición de llevar a cabo el camino sinodal: situarse bien en el mundo. El Buen Pastor, que ha dado la vida por todos los hombres, no excluye a ninguno de su rebaño. Los cristianos debemos tender siempre la mano a los hermanos que no creen o les cuesta creer, o a los que son reacios, o a los que escapan e incluso a los que nos denigran. Nuestras comunidades —que queremos que sean como el redil del Buen Pastor— no deben ser consideradas como lugares cerrados, destinadas únicamente a conservar, a recoger o a guardar a los creyentes, sino como un espacio abierto a todos los que deseen entrar o, al menos, asomarse a ellas. Que la puerta de nuestras iglesias sea ancha e invitadora, como lo es Cristo que ha querido llamarse "la Puerta de las ovejas" (Jn 10, 7). Quien se decide a pasar por esa puerta será siempre bien recibido y encontrará la salvación: "el que entre por Mí, se salvará" (v 9). Esta actitud de apertura mantiene en la Iglesia el carácter de universalidad que le imprimió su Fundador y un dinamismo que la hace siempre viva y fecunda. Es el mensaje de la primera lectura del domingo de hoy. El pertenecer a la grey de Cristo no es un privilegio reservado a unos pocos, sino un don ofrecido sin distinción a todos los hombres que quieran aceptarlo. A veces, incluso, los que están más cerca pueden ser, al final, los más reacios y los que menos comprendan el don que se les ofrece, y los que están ahora lejos son llamados a pertenecer a Cristo y a su Iglesia: "Temamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios —decían Pablo y Bernabé a los judíos—,• pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles". Y así, "la palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región".
4. En nosotros, hermanos y hermanas, ha de haber un gran amor al mundo. No, ciertamente, al pecado que existe en el mundo sino a los hombres y mujeres que lo habitan y que han sido redimidos por la sangre de Cristo. Este mundo nuestro puede estar todo lo mal que queramos: injusto, violento, mentiroso, vano. Es verdad que nos entristece el hecho de que se extienda una cultura de la muerte, del vivir sin Dios, de no tener ni aceptar ningún límite, de que los hombres crean ser los únicos dueños de su vida y del universo, de la marginación de la religión de la vida pública. Igualmente debemos reconocer los avances y los valores que emergen hoy en nuestra sociedad: la estima de la dignidad y la libertad de las personas, la progresiva igualdad de la mujer respecto del hombre, los avances científicos y técnicos que hacen la vida más cómoda y plena, la creciente sensibilidad ecológica... Aunque, al ver tantas injusticias, desigualdades, hambre, discriminación y rivalidad de unos contra otros, la verdad es que, siendo objetivos, tendemos más al desánimo que a la esperanza. Sin embargo a este mundo lo ama Dios y envió a su Hijo: "Tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo, para que el mundo se salve por Él". Debemos tener sobre este mundo una mirada de fe y de amor, como la que Dios tiene sobre él. No estamos solos. Cuando creemos que en unas personas o situaciones no hay esperanza, allí está el Espíritu de Dios. Cuando creemos que estamos en un desierto y que allí no hay ningún signo de Dios, descubrimos con sorpresa que no somos los primeros en llegar: allí está el Espíritu Santo, en el corazón de las personas y latiendo en el fondo del abismo.
5. No debemos comenzar el Sínodo desconfiando del mundo, quejándonos amargamente de él o increpándole duramente. Primero hemos de "anunciar" el amor y la misericordia de Dios, su gracia y su perdón que llaman a todos sin excepción: "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". En un segundo momento, es verdad, tendremos que "denunciar" aquellas cosas que no están bien, que no concuerdan con la fe ni con la verdad del hombre. Pero eso también con amor, buscando despertar y salvar a todos, y teniendo una inmensa confianza en la bondad y la voluntad de Dios de redimir a todos los hombres. Situarse correctamente en el mundo es, pues, crucial para afrontar una reflexión que nos lleve a buscar los mejores caminos para llevar a ese mundo la Buena Nueva del Evangelio. Tendríamos que recordar que para evangelizar hay que amar, que para corregir hay que amar y para dar testimonio de nuestra fe en Jesús hay que sentir, actuar y hablar como Él.
6. Para abrir ante nuestros ojos ese horizonte luminoso de la universalidad de la salvación, la segunda lectura del libro del Apocalipsis nos presenta la gloria eterna del Cordero rodeado de "una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua". En el centro de la visión profética de Juan aparece Jesús bajo la figura del Cordero-Pastor, que con su sangre ha lavado y emblanquecido las vestiduras de sus elegidos. Entonces "los que vienen de la gran tribulación", es decir, de los trabajos y fatigas por conservar y defender la fe en medio de los sufrimientos de la vida terrena, ya no sufrirán más, "porque el Cordero que está delante del trono será su pastor; y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas". El Cordero será su Pastor. No un Pastor de un rebaño amorfo al que domina sino un Pastor que, como Cordero, da su vida por las ovejas. "El Pastor se hace Cordero" para ser sacrificado por los suyos, y, así, "el Cordero se convierte en Pastor" porque ha dado la vida por las ovejas.
Hermanos: así ha de ser nuestro sentirnos Iglesia y nuestra inserción y compromiso con el mundo a la hora de llevarle hacia fuentes de aguas vivas. El tratar de ofrecer ese agua supone convertirse en aquel que da la vida para que los otros puedan descubrirla. Y eso hemos de hacerlo sintiéndonos llamados, invitados, guardados y amados por el Pastor Bueno: "El que se sienta en el trono acampará entre ellos". Su voz es la que nos reúne en torno a Él en su Iglesia. Su amor es para nosotros nuestra confianza y nuestra fuerza para la misión. Ésta es la vida eterna que el Buen Pastor promete a sus ovejas.
Así sea.
«El
mandamiento nuevo»
Quinto Domingo de Pascua, 6 de mayo
Carta Pastoral: «El Espíritu Santo, verdadero protagonista del Sínodo Diocesano»
(IV)
1. ¿Para qué existe la Iglesia? Hace ya más de treinta años Pablo VI daba una respuesta contundente: la Iglesia existe para evangelizar, es decir, para anunciar a Jesucristo con obras y palabras. Lo más contrario al ser mismo de la Iglesia es convertirse en una realidad pasiva, anodina y centrada en sí misma. Siempre hay razones para no caminar, para no ponerse de pie y construir el Reino de Dios. Incluso razones muy espirituales: no hay que forzar, dejemos a Dios actuar, hay que estar seguros de muchas cosas antes de ponerse en acción, vamos a encontrarnos con muchas dificultades y es más sabio no emprender lo que no podemos, va a ser peor y si no al tiempo y, como final, el famoso 'para qué' va a servir todo nuestro empeño.
2. Hermanas y hermanos: Os vengo hablando desde hace varios domingos del Sínodo Diocesano, del cual estamos en la primera fase de preparación espiritual. Pues un Sínodo es precisamente eso: la Iglesia que se pone en pie, que no quiere quedar pasiva y se pone en camino porque tiene un tesoro inmenso que ofrecer al mundo: Jesucristo. Ya podéis suponer —y, sin duda, lo sabéis— que existen muchas posturas respecto a la convocatoria de un Sínodo Diocesano: desde las entusiastas (acaso demasiado, creyendo que va a ser como una varita mágica que lo va a solucionar todo o casi todo) hasta las totalmente escépticas, desesperanzas y con su punta de ironía (para qué, para que se entretengan unos cuantos que no tienen nada que hacer). No es ni lo uno ni lo otro. Es, sencillamente, que la Iglesia está —como os decía al prin cipio— para evangelizar. Y evangelizar no es simplemente "conservar" lo que hay o "seguir haciendo lo de siempre", sino otear el horizonte y ponerse a la escucha del Espíritu Santo que habita en la Iglesia y en el corazón de cada cristiano.
3. ¿No nos sorprende la actividad apostólica de Pablo y Bernabé, que hemos escuchado en la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles? Recordémosla... [la lectura no es muy larga y, sí, muy expresiva: podríamos volver a leerla (o el trozo que consideremos conveniente) para que nos empapemos de su coraje evangelizador y de sus afanes apostólicos] ¿Veis? Van a los lugares, animan, exhortan, designan responsables (organizan la Iglesia), oran, ayunan, atraviesan regiones (¿qué "regiones" tendríamos que atravesar nosotros?), predican, bajan a otra región, se embarcan (embarcarnos y no quedarnos donde estamos, tranquilamente), reúnen a la Iglesia, relatan las maravillas de Dios...
4. ¿De dónde brota esa actividad? Sin duda, de la fuerza del Espíritu Santo que los impulsa a aproximarse a todos para explicarles las hazañas de Dios (como hemos escuchado en el Salmo de hoy: "Explicando tus hazañas a los hombres"). El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia: sin Él no se entiende ni el ser ni el hacer de la misma. Por ello, los cristianos lo invocamos con frecuencia: "Ven, Espíritu Santo: llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor". Es el Espíritu quien ha constituido la Iglesia, quien la ha lanzado al mundo y la llena de fuerza y de coraje evangelizador. Y por ello nosotros, al comenzar el Sínodo Diocesano también lo invocamos llenos de fe.
5. Queremos que el Sínodo Diocesano sea un acontecimiento de Pentecostés. Que el Espíritu Santo sea el verdadero protagonista del Sínodo, que nos enseñe a amar y a testimoniar el amor que Jesús nos entregó y nos manda: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros", como dice el Evangelio de este domingo. Hemos de preguntarnos: ¿Invoco con frecuencia al Espíritu Santo y lo tengo en cuenta en mi vida y en mis accio nes? ¿Lo siento como el Señor y Dador de Vida, como confesamos en el Credo?
6. Hemos de comenzar pidiendo la acción, la gracia y la fuerza del Espíritu Santo para entrar en el proceso de un Sínodo Diocesano. Él nos dará la mirada justa sobre el mundo y los desafíos que nos plantea. Sin Él pensaremos y juzgaremos según la carne no según el Espíritu. El Espíritu nos hace mirar las cosas con los ojos de Dios y tener la mente de Cristo, acrece nuestra capacidades y nos ayuda a afrontar todas las situaciones por más complejas gue sean. ¿Lo creemos de verdad?
7. Nuestro Arzobispo, D. Carlos, nos hace en su Carta Pastoral para la convocatoria del Sínodo esta confesión: i
o • "La determinación última de hacerlo, ha sido desear con ..v todas las fuerzas que la Iglesia Diocesana se ponga a vivir como el Señor quiso que la Iglesia lo hiciera desde el principio, con toda conciencia y con toda verdad". Y continúa explicando que "con la bajada del Espíritu Santo sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo de Jerusalén junto con María, la Madre del Señor, ahí comienza la era de la Iglesia". Desde ese momento "el Espíritu Santo habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo"
• "¡Cómo no vamos a pedir que llene los corazones de todos sus fieles, que nos llene a nosotros — los cristianos que vivimos en la Iglesia que camina en Asturias — para que seamos testigos y apóstoles de Jesucristo!" (n° 52).
8. Con la fuerza del Espíritu hemos de vivir el Sínodo como un tiempo de gracia en donde Él se dirige a nuestra Iglesia para que mire y acoja abiertamente las preguntas, los gozos y las esperanzas de nuestro mundo y se decida a remar mar adentro ("Duc in altum! ", como nos indicaba Juan Pablo II en su Carta Apostólica "Novo millennio ineunte" — "En el comienzo del nuevo milenio" — , que es como la carta de navegación de la Iglesia en el tercer milenio).
9. El Espíritu Santo nos precede en nuestra urgencia de evangelizar. Cuando la Iglesia camina al encuentro de los hombres y de las culturas y les anuncia el Evangelio de Cristo se encuentra con que el Espíritu Santo ya se le ha adelantado y le espera en el corazón de todos aquellos que, con sencillez, anhelan a Dios y se abren a su Palabra. No, no somos los primeros en llegar: el Espíritu Santo va delante de nosotros.
• o
10. Hemos de plantearnos: ¿Por qué no vivir como un acontecimiento del Espíritu Santo, como un nuevo Pentecostés en nuestra Iglesia, el Sínodo Diocesano? Esta convicción y propósito, ¿qué nos estará pidiendo de cara a un cambio de actitud, de comprensión, de actuación, etc.?
11. Hermanos: la Iglesia —y, en concreto, nuestra Iglesia aquí en Asturias— debe seguir anunciando con nuevo vigor el mundo nuevo y el nuevo modo de vivir que Jesucristo nos entregó. Proclamar que Dios acampa en medio de su pueblo, como dice el libro del Apocalipsis en la lectura de hoy. Ese Dios que "enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor". Y confesar este mensaje de esperanza: "Todo lo hago nuevo". Es decir, todo será renovado en la gloria y el amor de Jesús Resucitado.
Así sea.
«El Espíritu
Santo os enseñará
todo»
Sexto Domingo de
Pascua, 13 de mayo
Carta Pastoral:
«Acompañados, alentados y amados como siempre por la Santina de Covadonga,
nuestra Madre y Señora (V)
1. En estos domingos de Pascua, las primeras lecturas —tomadas siempre del libro de los Hechos de los Apóstoles— nos describen el comienzo de la Iglesia, los primeros pasos de las comunidades cristianas por la historia. Sus convicciones, modos de actuación y experiencias son normativos para todo tiempo posterior, porque esa Iglesia naciente se va constituyendo no conforme a criterios humanos sino con el aliento del Espíritu y de acuerdo con el plan del Señor Jesús en quien está fundada. Por eso nos interesa mucho comprenderla, respetar su impulso interior y su estructura exterior e imitarla en sus líneas maestras.
2. Al hilo de estos domingos, igualmente, hemos ido comentando el acontecimiento del Sínodo Diocesano que ha sido convocado en nuestra Iglesia Particular por el Obispo D. Carlos, después de consultar a todo el pueblo cristiano. Esta primera fase es de preparación espiritual (personal y también comunitaria) para disponernos convenientemente —como Dios quiere— a su celebración. El pasado domingo insistíamos en que hemos de abrirnos decidida y sinceramente al Espíritu Santo, que debe de ser el verdadero protagonista del Sínodo.
3. A la hora de afrontar este momento de puesta al día de nuestra Iglesia para mejor dar testimonio del Señor, es inevitable que nos preguntemos: ¿Cómo estamos, como Iglesia, de cara a un camino sinodal que nos pide renovación y nuevo ardor evangeli zador? ¿Estaremos preparados? A veces puede entrarnos miedo o desesperanza, o el temor a las tensiones que se puedan suscitar en los debates, o los enfrentamientos a la hora de abordar los problemas. ¿Qué decir ante esto? Que con toda seguridad que habrá momentos difíciles (que, además, servirán para reconocer a los que tienen el Espíritu de Cristo), pero que esto ha sucedido siempre en la Iglesia desde el principio. O si no, recordemos lo que hemos oído hoy en la primera lectura: "Esto [la cuestión de si los gentiles tenían que circuncidarse, conforme a la tradición de Moisés] provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé". Un altercado y una violenta discusión en la primera comunidad cristiana. ¿Qué os parece? Sin embargo, ¿cómo proceden? Se reúnen, consultan a los Apóstoles y presbíteros y a toda la Iglesia (el famoso Concilio de Jerusalén, el primero de la historia) y llegan a una decisión común (no sin debates y opiniones diferentes, como nos lo atestigua el mismo libro de los Hechos en otro lugar).
4. Ahora bien, esta decisión común ellos la saben y la sienten avalada por el Espíritu Santo al que han invocado. Hasta el punto que en la carta que escriben a las comunidades cristianas sobre el asunto dicen (como hemos escuchado): "Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros..." ¿No debe ser ésa, también, la dinámica, la actitud y el modo de proceder de nuestro Sínodo Diocesano? "El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho". Hemos de estar, pues, a la escucha del Espíritu para que Él nos vaya guiando, enseñando y recordando todo lo de Jesús. E, igualmente, para que, después de los debates vivos (y hasta tensos) que puedan darse, podamos llegar a establecer caminos y respuestas adecuadas para llevar el Evangelio al mundo de hoy. Ojalá que podamos confesar, al final de nuestros trabajos, lo mismo que la primera Iglesia: "Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros... ".
5. Por lo tanto, ante las inevitables dificultades: "Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde", como también nos dice Jesús en el evangelio de hoy. Guardemos su Palabra y dejémonos guiar por su Espíritu, nuestro Defensor ante toda adversidad y el que nos da la paz de parte de Jesús.
6. Para esta empresa, nadie mejor que la Virgen María, la Mujer nueva, llena de Dios, para guiarnos, alentarnos y acompañarnos en este camino. María es la mujer llena del Espíritu Santo. Es la "llena de gracia", aquella sobre la que ha descendido el Espíritu Santo cubriéndola con su sombra y haciéndola capaz de engendrar al Hijo de Dios. Es la mujer del Espíritu, en la cual el mal no domina absolutamente nada: ha sido, es y será toda completamente de Dios. En ella todo es bendición, no hay ni asomo de sombra de pecado. En María la Belleza de Dios resplandece como en ninguna otra criatura celestial o terrena. Es la obra maestra del Espíritu y, dentro de la Iglesia (de la cual ella es miembro excelentísimo), es como la joya de la corona, el colmo de la santidad y la gracia. En una estrofa del himno de Covadonga se dice: "Y es que, en viendo a María, todo se ríe". Por eso, todas las generaciones la llaman "dichosa": "¡Bendita la Reina de nuestra montaña!". Como María escuchó a Dios y dijo: "hágase en mí según tu palabra", ¿escuchamos también nosotros a Jesús, tal y como ella nos ha dicho: "haced lo que Él os diga"1?
7. ¿Cómo no vamos a invocarla de manera especialísima en el momento en que comenzamos nuestro Sínodo Diocesano? Es la
más cercana a Dios y la más cercana a nosotros: Jesús nos la entregó como Madre —en la persona del apóstol Juan— para que la recibiéramos en nuestra casa (en nuestro corazón, en nuestra vida). Pablo VI, al final de Concilio Vaticano II, la proclamó solemnemente "Madre de la Iglesia". María, que nos entrega a Jesús en el momento de la Encarnación, nos lo sigue dando y diciendo: "Haced lo que Él os diga". Nos lleva suavemente hacia Él y ejerce de intercesora y Abogada nuestra, acompañando y alentando al pueblo que peregrina en esta historia y en este tiempo que nos ha tocado vivir. Por ello, en este tiempo de gracia que es el Sínodo, recurramos confiadamente a ella y pidamos su intercesión materna y misericordiosa: "Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos".
8. ¿Ocupa María en nuestra fe y en nuestra vida cristiana y apostólica el puesto que le corresponde por voluntad de Dios? ¿La invocamos con frecuencia, recurrimos a ella, la tenemos como nuestra Madre, que el Señor Jesús nos ha entregado?
Concluyamos invocando a María, la mujer llena del Espíritu, para que comencemos bajo su amor y protección este Sínodo Diocesano. Podemos rezar "la oración de los hijos de Asturias a su Madre", con la que nuestro Arzobispo D. Carlos termina su Carta Pastoral (n° 56, págs. 53 y 54). [Si se considera oportuno se puede acabar la homilía con esta oración; es un poco larga pero merece la pena rezarla despacio y pausadamente.]