Memoria para la Esperanza y para una nueva Evangelización
Al concluir la segunda etapa del proceso sinodal Seminario Metropolitano, 27 de junio de 2009

En la hora presente no voy a resumir las grandes líneas de los trabajos grupales de esta segunda etapa del Sínodo, porque no me corresponde ni sería posible. Quisiera, más bien, alentaros y poner voz a lo que en vuestro corazón fluye y quisierais hoy compartir en voz alta. Es tanto como hablar de memoria para la esperanza y para una nueva evangelización y renovada misión.

I.- Memoria
Ante todo, la nueva encrucijada social y eclesial en la que nos encontramos, es contemplada como tiempo de gracia (Kairos), nunca de nostalgia, cansancio o desánimo. Cuando en el horizonte se nos ha convocado a celebrar un Sínodo Diocesano, tenemos que plantearnos las dos preguntas que se hizo el Vaticano II para seguir caminando con realismo y esperanza y con la luz de la fe y el fuego del amor: «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?... ¿Qué rostro quieres ofrecer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo?...».

Para situarnos, señalemos algunos de los principales retos que debe afrontar la Iglesia en Asturias en estos momentos:

  1. En general, tenemos la certeza de haber pasado de una sociedad tradicional, cristiana, y articulada desde cierta estabilidad familiar, a una nueva sociedad más concentrada en las zonas urbanas, plural, secularizada, en la que la transmisión de fe ya no viene garantizada por la familia ni favorecida por el ambiente.
  2. Escasez de vocaciones al ministerio pastoral y progresivo envejecimiento del clero.
  3. Los jóvenes y adultos, de edades medias, son los grandes ausentes de nuestros entornos eclesiales
  4. Es cierto que ha crecido la sensibilidad de una Iglesia más samaritana y de opción por los más pobres, pero en general no existe una adecuada vertebración diocesana de la pastoral social. Cáritas sigue sin verse como el organismo eclesial privilegiado para la articulación de la pastoral social y de la caridad.
  5. La Iglesia, en su conjunto, ha perdido peso y presencia pública y social. Son necesarios análisis lúcidos para un verdadero anuncio y, en su caso, denuncia profética.
  6. En el mundo rural es preciso revitalizar las Unidades Parroquiales de Acción Pastoral, y, en el mundo urbano, deben reforzarse las Unidades de Comunión y Misión.
  7. Es preciso insistir en la promoción del laicado y los movimientos eclesiales, los clásicos y los nuevos.
  8. Es inevitable el protagonismo de los arciprestazgos para realizar una pastoral integral y de conjunto. Todo ello desde la parroquia entendida como comunidad de comunidades y de una vivencia de la propia parroquia, y los arciprestazgos, como hogar (se teje la fraternidad), escuela (todos aprendemos de todos) y taller (se experimentan nuevos métodos y lenguajes de misión, catequesis y pastoral).
  • Estrechar la comunión y la corresponsabilidad −en y para la misión− de los distintos organismos y dinamismos de pastoral, equivale, en otras palabras, a vertebrar lo territorial con lo sectorial, sin perder cada cual ni su identidad ni su necesario ámbito de protagonismo

    10.  En el horizonte, un Sínodo Diocesano...Lo queremos como un verdadero ejercicio de discernimiento comunitario, y por lo mismo, de renovación intensa. Tenemos la intuición profunda de que la realidad diocesana y pastoral no sólo se debe contemplar con los ojos de la carne (humanos) si no con los del Espíritu (los ojos profundos de la fe). No deben triunfar ni las prisas, ni las presiones, ni las tensiones, ni las fracturas de personas o grupos. En el Sínodo, nuestras comunidades hablarán, orarán, celebrarán y se comprometerán. El Sínodo será como una bocanada de aire fresco, una primavera, un nuevo Pentecostés; en unos casos, fortaleciendo y confirmando lo que ya se venía haciendo; en otros, orientando y abriendo nuevos caminos y horizontes.

II.- Para la esperanza
  Con lo afirmado anteriormente, no caemos en la ingenuidad o en una actitud de mantener los ojos cerrados. Es preciso recuperar y vivir una sana y equilibrada eclesiología para hacer posible el Sínodo.

En forma de símbolos, diremos que existe la Iglesia-roca, en el mar proceloso de la cultura abierta y secularizada de hoy. En esta postura eclesial se potencia la identidad, la seguridad, el tener las cosas claras. Se pierde, por el contrario, fuerza misionera y el necesario diálogo en una sociedad plural.

El segundo símbolo sería el de la Iglesia-casa, en un mundo sin hogar. Se aboga por la fraternidad, el calor de hogar, una Iglesia de pequeñas comunidades. El peligro, grave, es perder la universalidad de lo eclesial, la catolicidad, y cerrarnos en visiones particularistas de Iglesias demasiado provincianas.

Otro símbolo es la Iglesia-fermento. Se aboga por una Iglesia de cristianos militantes, luchadores en todos los frentes sociales. Una Iglesia de compromiso coherente. El peligro es el crear una Iglesia sólo de los nuestros, de los puros, de los que son auténticos, de la élite.

Un penúltimo símbolo sería el de una Iglesia-mediática, es decir, de marketing, de apariencias, de grandes concentraciones y macro-acciones puntuales. Suele atraer y mover riadas en un primer momento, pero son como tormentas de verano o globos. Es una Iglesia sin raíces.

Finalmente, estaría la Iglesia-samaritana en su versión más radical. Metida de lleno en todos los problemas y reivindicaciones sociales, sin saber muy bien diferenciar lo humano del Reino evangélico, identificando cualquier causa, aparentemente justa, con la misión eclesial.

 La Iglesia verdadera encierra, sin exclusivismos, los mejor de los anteriores modelos: es identidad, hogar, fermento, anuncio y samaritana, porque el criterio de catolicidad, de integración, es el criterio de verdad. Estamos en una Iglesia de comunión para la misión, de sinodalidad, en la que todos somos necesarios y corresponsables. Será el Espíritu quien marque, una vez más, la grandes y cotidianas sendas por donde caminaremos en el nuevo milenio. A nosotros, como dice el Evangelio, nos toca ser sencillos y dóciles como palomas pero astutos y arriesgados como serpientes, para saber y poder discernir lo que es adelantar y ayudar al Reino de lo que son simplemente intereses personales o de enfermizo protagonismo de grupos. También en la Iglesia existe esta tentación.

III.- Y para una nueva evangelización
Para hacer realidad el Sínodo, y como fruto del mismo, se atisban en el horizonte eclesial diocesano cuatro necesarias reestructuraciones diocesanas:

  • La territorial: nuevas parroquias y UPAP, y nuevos arciprestazgos.
  • La pastoral: pastoral de conjunto, vertebrada e integral.
  • La comunional: Consejos a todos los niveles, y
  • La espiritual-eclesiológica: en línea con el Vaticano II y con las claves de la nueva evangelización. Para se escuelas desantidad o de conversión sincera a Jesucristo, escuelas de comunión y corresponsabilidad, y escuelas de evangelización y misión renovada.

De otra forma escrito, la brújula que debe orientar, a personas y comunidades, sería la siguiente:

  • Norte: Amor apasionado a Cristo vivo y presente hoy y aquí, y conversión sincera de vida.
  • Sur: Miembros activos de una Iglesia como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y templos vivos del Espíritu Santo.
  • Este: Formación permanente, que incluye contenido teológicos, unido a espiritualidad y compromiso coherente.
  • Oeste: Creación de redes de cultura cristiana que empapen todas las realidades antropológicas y socio-culturales.

Todo ello con una gran dosis de esperanza, la virtud más necesaria en Europa, como recordaba el Papa Juan Pablo II.

Concretando aún más, una pregunta necesaria:

¿Qué estilo de evangelización y misión se necesitarían en estos momentos? La respuesta no puede ser otra: recuperar una pastoral integral, que se traduce en un proceso dinámico, rico, complejo, que se desarrolla gradualmente y se estructura en tres etapas: acción misionera, acción catequética y acción pastoral. [Cf. Ad gentes; Evangelii Nuntiandi; Dir. Gener. Catequesis, 47-49; CEE: La iniciación cristiana (1998); Catequesis de Adultos. Orientaciones Pastorales (1990), 36-38; Catequesis de la Comunidad (1983)].

Pasamos a expresarbrevemente cada una de estas acciones:

A.- Acción misionera: Es el punto de arranque de la evangelización. Se sitúa en el mundo de los no creyentes y de los alejados, bautizados que han perdido el sentido vivo de la fe o su pertenencia a la Iglesia (Redemptoris Missio, 33).

Adquiere dos Modalidades principales:

  • Acción misionera con los más alejados (primer anuncio). El anuncio viene por el testimonio de la vida y por un lenguaje vivo.
  • Acción misionera con los “otros alejados de la fe”, los que tienen un rescoldo o fondo religioso que alimentan ocasionalmente (pre-catequesis). Se deben aprovechar las experiencias nucleares, provocar explícitamente el kerigma, y suscitar adhesión inicial.

¿Qué requiere la acción misionera? Una mentalización o sensibilización, una apuesta e inversión en recursos humanos y materiales. En las Diócesis, crear departamentos o delegaciones de acción misionera y, lo más decisivo, desarrollar una pedagogía adecuada.

B.- Acción catequética: Es un proceso continuado de iniciación y de formación permanente, para poner en contacto (en intimidad) con el misterio de Cristo e insertarnos cada vez más activamente en la Iglesia y en su misión (DGC 80; 85; 88). «Nadie está dispensado, en ninguna edad, de la Catequesis» (Inic. Cris, 2).

C.- Acción pastoral: La acción misionera es la voluntad y deseo de edificación. La acción catequética es como el esqueleto o cimiento del edificio. La acción pastoral es la consolidación y edificación del edificio. La acción pastoral se denomina también comunitario-pastoral, dirigida a «los fieles cristianos que han sido ya iniciados en la fe» (Cate. Adultos, 38) para que, a su vez, se conviertan en evangelizadores. La acción pastoral abarca todos los medios que sirven a la maduración integral de los cristianos. Sobresalen los siguientes:

  • Verdadera integración en la vida comunitaria diocesana o de Iglesia local, desde una vertebración orgánica (hacer realidad la comunión para la misión).
  • Catequesis permanente o formación permanente.
  • Desarrollo de carismas, ministerios, funciones y estados de vida.
  • Celebraciones adecuadas.
  • Impulso apostólico-misionero-evangelizador.
  • Apuesta por mediaciones pastorales sectoriales y territoriales (parroquias y arciprestazgos con vicarías, delegaciones y secretariados).

Finalizo. ¡No estamos, eclesialmente hablando, en tiempos de paro, sino de espera, y una espera esperanzada e ilusionante! Mientras llega el Pastor −y oramos para que sea pronto− ojalá acertemos a transparentar y hacer presentes, inseparablemente, a Jesucristo (el Rey) y los dones del Reino (verdad, paz, justicia, libertad, solidaridad). No puede haber Rey sin reinado; ni reinado sin Rey. La pasión por Jesucristo y la pasión por el Reino caminan unidos, como son inseparables la coherencia de vida y el compromiso, personal y comunitario; también, la vivencia comunitaria y la presencia pública de nuestro cristianismo. 

       + Raúl, Obispo Administrador Diocesano de Oviedo