Jesús Sanz Montes, ofm

Homilía en las Bodas de Oro Sacerdotales
Festividad de San Juan de Ávila
Seminario, 10 de Mayo de 2010

      Querido Sr. Arzobispo emérito, Obispo auxiliar y demás hermanos en el sacerdocio, queridos amigos y familiares de nuestros curas homenajeados, a todos os saludo cordialmente con la Paz que llena nuestro corazón y el Bien que acompaña nuestros pasos.

      La fiesta de San Juan de Ávila en el marco del año jubilar del Cura de Ars nos convoca aquí para celebrar ese otro jubileo de nuestros hermanos que hace cincuenta años fueron ordenados sacerdotes. Nadie pone en cuestión el valor del metal oro, pero ya es coincidencia que la plata esté carísima de un tiempo a esta parte. Celebramos, pues, las bodas de oro de estos buenos hermanos a cuya alegría y gratitud nos unimos todos nosotros.

      No estamos ante un cumpleaños más de una efemérides cualquiera, pero tampoco le queremos conceder un valor mágico a las bodas de oro, porque todos tenemos experiencia que la vida no cambia por llegar estas fechas redondas. Y sin embargo, no las queremos dejar pasar. Por eso hacemos fiesta, por eso damos gracias y con este motivo pedimos Gracia también.

      Hoy tenemos esta celebración aquí en el Seminario de nuestra Diócesis, lugar particularmente querido en nuestra biografía sacerdotal, para dar gracias en torno al altar de la Eucaristía por una efemérides singular: nuestros hermanos presbíteros que hace cincuenta años fueron ordenados sacerdotes: Rvdo. D. Luis Fernández Alonso, Rvdo. D. Francisco Javier Fernández Conde, Rvdo. D. Ángel Eladio González Quintana, Rvdo. D. José Luis Montero Álvarez, Rvdo. D. Benjamín Morán Gutiérrez, Rvdo. D. Santos Sánchez Bernardo, Rvdo. D. Tirso Suárez Portal, Rvdo. D. José Ramón García Alonso, Rvdo. D. Suceso Laso González, Rvdo. P. Damián Martínez Manzanedo. Nos remontamos al año 1960, período respetable de una vida gastada en la ofrenda del ministerio. Como sucede siempre con el servicio a Dios en su Iglesia, este tipo de ofrenda nos puede desgastar pero no destruir, y aunque por la ley de la vida nuestro cuerpo en su integridad sufre el inevitable deterioro físico o psíquico que a todos nos afecta, sin embargo se da un verdadero fortalecimiento con el pasar de los años cuando se han vivido en el Señor, y paradójicamente se crece en serenidad, en libertad y en sabiduría, preciosas virtudes para acoger más y mejor la gracia de la santidad a la que fuimos llamados.

      Queridos hermanos que celebráis vuestras bodas de oro sacerdotales, han pasado todos estos años y si ahora echáis atrás vuestra mirada, es fácil reconocer cuántos sucesos han ido sucediéndose en el transcurso de este tiempo. Quedan en el rincón de todo este tramo un sinfín de nombres de personas, de parroquias y quehaceres.

      Desde aquellas últimas corazonadas en las fechas previas a vuestra ordenación sobre cómo sería vuestro primer destino o cómo se desarrollaría el trabajo sacerdotal, hasta las primeras experiencias que sucesivamente se han ido dilatando en el tiempo, cuántas cosas que guardáis en el corazón como una memoria de gratitud.

      Una biografía humana, y también lo es la de un cura, tiene esa amalgama de mieles y de hieles, con las que la vida nos va acompañando poniendo a prueba lo mejor de nosotros mismos y lo que más duro nos puede sorprender. Pero cuando se vive en Dios y con los hermanos que Él nos da en su Iglesia, las mieles no nos secuestran con su señuelo y las hieles no nos amargan con su impostura. Esta es la santa libertad de los hijos de Dios, de la que un sacerdote debe ser principal testigo. Y si la miel o la hiel nos han hecho rehenes de unos gozos o unas penas que nos han quitado libertad, es señal de que no han sido vividas en el Señor ni en la verdad.

      En esta mañana festiva para todos nosotros, en la que nos unimos al homenaje fraterno en el reconocimiento por vuestro ministerio, le pedimos al Señor que hagáis una memoria agradecida de todo este largo periplo. Con vosotros damos gracias por vuestros padres, párrocos, formadores, profesores que intervinieron en el descubrimiento de la vocación y acompañaron vuestra fiel respuesta al Señor. Con vosotros damos gracias por todo lo vivido en estos años, a pleno sol o en penumbra, para que no seáis deudores de ninguna lisonja y de ningún rencor. Con vosotros volvemos a poner sobre el altar de vuestra ofrenda, a todos los niños que habéis bautizado, a los que disteis la primera comunión y tantas otras más, a los que perdonasteis sus pecados, a los que presidisteis su enlace matrimonial, a los que ungisteis su enfermedad o sus muchos años, a los que al final de la andadura dijisteis adiós en el Señor. Todos con sus nombres, con sus historias, con su destino.

      Le pido al Señor que siga poniendo su palabra de Vida en vuestros labios y que seáis oyentes fieles cada día de su Voz; que vuestras manos no dejen de repartir su gracia sacramental, especialmente la Eucaristía y la Reconciliación, siendo vosotros los primeros mendicantes de tan inmerecido Don.

      El Papa Benedicto XVI recordaba durante la homilía de la Misa Crismal de hace unos años (2007) una preciosa página literaria. El escritor ruso León Tolstoi, en un breve relato, narra que había un rey severo que pidió a sus sacerdotes y sabios que le mostraran a Dios para poder verlo. Los sabios no fueron capaces de cumplir ese deseo. Entonces un pastor, que volvía del campo, se ofreció para realizar la tarea de los sacerdotes y los sabios. El pastor dijo al rey que sus ojos no bastaban para ver a Dios. Entonces el rey quiso saber al menos qué es lo que hacía Dios. «Para responder a esta pregunta —dijo el pastor al rey— debemos intercambiarnos nuestros vestidos». Con cierto recelo, pero impulsado por la curiosidad para conocer la información esperada, el rey accedió y entregó sus vestiduras reales al pastor y él se vistió con la ropa sencilla de ese pobre hombre. En ese momento recibió como respuesta: «Esto es lo que hace Dios».

      De la misma manera que en el bautismo se produce un "intercambio de vestidos", un intercambio de destinos, una nueva comunión existencial con Cristo, así también en el sacerdocio se da un intercambio: en la administración de los sacramentos el sacerdote actúa y habla ya "in persona Christi".

      En los sagrados misterios el sacerdote no se representa a sí mismo y no habla expresándose a sí mismo, sino que habla en la persona de Otro, de Cristo. Así, en los sacramentos se hace visible de modo dramático lo que significa en general ser sacerdote; lo que expresamos con nuestro «Adsum» —«Presente»— durante la consagración sacerdotal: estoy aquí, presente, para que tú puedas disponer de mí. Nos ponemos a disposición de Aquel «que murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí» (2 Co 5, 15). Ponernos a disposición de Cristo significa identificarnos con su entrega «por todos»: estando a su disposición podemos entregarnos de verdad «por todos».

      In persona Christi: en el momento de la ordenación sacerdotal, la Iglesia nos hace visible y palpable, incluso externamente, esta realidad de los "vestidos nuevos" al revestirnos con los ornamentos litúrgicos. Con ese gesto externo quiere poner de manifiesto el acontecimiento interior y la tarea que de él deriva: revestirnos de Cristo, entregarnos a él como él se entregó a nosotros.

     Este acontecimiento, el "revestirnos de Cristo", se renueva continuamente en cada misa cuando nos revestimos de los ornamentos litúrgicos. Para nosotros, revestirnos de los ornamentos debe ser algo más que un hecho externo; implica renovar el "sí" de nuestra misión, el "ya no soy yo" del bautismo que la ordenación sacerdotal de modo nuevo nos da y a la vez nos pide.

      Queridos hermanos, quiero concluir con una expresión que nuestro patrono del clero secular, San Juan de Ávila, tiene para definir lo que es el sacerdote en una plática que dirige al P. Francisco Gómez SJ en la que explica en qué consiste la santidad sacerdotal: el sacerdote, dice San Juan de Ávila, debe ser relicario, casa y crianza de Dios. Relicario porque guarda en sí, en su corazón, las cosas más grandes, esas que palpitan en el Corazón de Dios cuyo secreto se le confía; casa, porque en su alma debe caber lo que cabe en la casa de Dios cuando está por Él habitada; y crianza, porque a través de sus manos, de sus labios y de su vida entera, Dios se hace pan, se hace bálsamo, se hace luz, se hace paz, se hace gracia rendida.

      Hoy es una fiesta de toda nuestra fraternidad sacerdotal en el presbiterio diocesano. Con vosotros damos gracias y juntos pedimos Gracia. Que el Buen Pastor de nuestras vidas, que nos llamó a continuar su misión, siga bendiciéndonos cada mañana cuando volvemos a estrenarla −en todo y por tanto− con esa santa encomienda que nos hace peregrinos de la tierra para la que nacimos y en la que gozaremos por siempre con cuantos aquí acompañamos en el nombre del Señor. Que María, Madre de nuestro sacerdocio nos haga ser a todos y siempre, relicarios, casa y crianza del mismo Dios.

El Señor os bendiga y os guarde.

       + Jesús Sanz Montes, ofm
       Arzobispo de Oviedo
       Adm. Apost. de Huesca y de Jaca