Jesús Sanz Montes, ofm

Homilía en el funeral de D. Ramón Rodríguez Cuevas
Catedral Metropolitana.
Oviedo 4 de junio de 2010

      Querido Sr. Obispo auxiliar y demás hermanos sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano, familia de D. Ramón Rodríguez Cuevas, consagrados y seminaristas, hermanos todos en el Señor: paz y bien.

      Lo dijo nuestro místico castellano y lo hemos cantado después un sinfín de veces: que al atardecer de la vida seremos juzgados sobre el amor. Sí, es el examen siempre pendiente y el único que importa de todas cuantas veces nos han escrutado en la vida.

      Hoy asistimos como público hermano a ese examen que un querido hermano nuestro acaba de afrontar ante la llamada de Creador. Y de amores será examinado D. Ramón, con unas preguntas simples y esenciales que de algún modo también nosotros en esta tarde tenemos que saber afrontar.

      El Evangelio que hemos escuchado nos habla de una metáfora entrañable de las que solía poner el Señor: si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, no dará fruto. También la vida de este querido hermano sacerdote, D. Ramón, fue un continuo surco en el que no dejó de verter su existencia con todo lo que ha tenido de talento y virtud, con todo cuanto también tuvo de limitación e imperfección. Dios nos ha hecho así: llenos de posibilidades y adornados también con limitaciones, y unas y otras nos son dadas para acertar a escribir la historia para la que fuimos llamados a describir viviéndola sencillamente.

      En ese surco, la vida de este buen cura fue cayendo con todo su ser, desde los primeros destinos en los concejos de Siero y Aller, hasta los últimos aquí en Oviedo. Yo le conocí ya muy tarde, por venir aquí tan después, pero aún así pude incorporarme a ese regalo de esa vida gastada y desgastada en hacer el bien.

      Pertenece a esa generación de sacerdotes que entendió el santo Evangelio con toda su pureza y su inquebrantable mordiente. En las cuencas mineras hizo sentir su voz y su libertad cristiana cuando había que defender de tantos modos a los trabajadores que no tenían más voz que la de la Iglesia para hacer valer sus derechos y gritar sus necesidades. Y no le temblaron los labios a D. Ramón para contar las verdades, para cantarlas, cuando quienes más necesitados tenían que hallar un valedor del abrazo nunca negado por Dios.

      Pero acertó a esta incómoda labor de serena profecía, para defender al auténticamente pobre sin utilizarlo para denigrar a quienes sus amenazas proferían a las personas más vulnerables. No era un discurso fácil de falsa profecía, no era una excusa para una demagogia populista, sino salir al paso de las personas y las familias que realmente estaban necesitando la esperanza de saberse acompañados y defendidos con la entraña del mismo Dios.

      Las parroquias, el Seminario diocesano y al final la Catedral, a cuyo cabildo perteneció, fueron el marco en el que se desenvolvió su labor larga y fecunda ministerial, pero hubo dos lugares en los que sobresalió su personalidad: los medios de comunicación social y la pintura.

      Me le imagino al bueno de D. Ramón sentado ahora en esa sala de espera hasta que el Señor vuelva, hojeando el periódico de las Buenas Noticias de Dios, esas que nos siempre acertamos a escuchar entre ruidos y leer entre líneas los mortales. Pero con los mejores titulares, con excelentes fotografías y sugerentes pies de fotos, con columnas vivas y reportajes a color, Dios también redacta a diario su particular visión de nuestro mundo convulso y contradictorio en el que hay tanta gente buena, que en el anonimato de su discreción sostiene la alegría de tantos y el Señor en ellos empuja nuestra historia hacia su más hermoso y feliz final.

      Acaso le pidan realizar algún cartel de los que con talento sabio D. Ramón adornó nuestras campañas vocacionales del Seminario, nuestros eventos eclesiales diocesanos, y las paredes de los hogares amigos. Hace tan sólo unos días, ni una semana, me obsequió con una obra de su arte. Un motivo franciscano le motivó a tener ese gesto inmerecido y me regaló una impronta de San Francisco, hermano pacificador, como preciosa enseña y precisa insignia que se convertía en mensaje fraterno y en sincera oración: sé esto entre el pueblo que Dios te ha confiado, sé hermano pacificador entre los hermanos que el Señor te ha dado. Una pequeña obra de arte que tiene el tamaño de una estampa que guardo con afecto, y la grandeza de una catedral en cuatro rasgos cuando el talento acerca el evangelio y se dibuja desde el corazón.

      Nada se ha perdido de cuanto sus labios de cura proclamaron en el nombre del Señor. Nada queda baldío de lo que sus manos sacerdotales bendijeron y distribuyeron tomándolo de las manos grandes del mismo Dios. Nombres e historias que se lleva al cielo prometido, cuyas puertas pedimos que se abran esta tarde por la misericordia del Señor. Y a los sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano, vaya mi abrazo con esperanza mientras decimos el adiós cristiano a este hermano. Y que desde la tierra de la espera no deje de acompañarnos y hasta de hacerse cómplice en esa oración que no cesamos de elevar al cielo pidiéndole al Señor que nos bendiga con vocaciones sacerdotales. 

      Descanse en paz este buen hermano. Sacerdote de Cristo, hermano de sus hermanos, artista y comunicador, que nos ha dejado tan de improviso en esta hora, la de Dios, como en «Esta Hora» que tantas veces él dirigió, y que el Señor había acordado hacer sonar cuando era debido llegando el tiempo a su sazón.

      Su fidelidad y entrega, en el surco bendito de una historia que se hace eterna y que se hace espera para un reencuentro sin llanto y sin lutos, por el gran don de la resurrección del Señor. Pedimos que nuestra Madre bendita, la Santina, acoja con ternura a este hijo suyo que tantas veces la pintó.

El Señor os bendiga y os guarde.

       + Jesús Sanz Montes, ofm
       Arzobispo de Oviedo
       Adm. Apost. de Huesca y de Jaca