Jesús Sanz Montes, ofm

Homilía en el funeral de
Mons. D. Rafael Somoano Berdasco
Catedral, 4 de mayo de 2010

       Queridos Sr. Obispo Auxiliar, Excmo. Cabildo Catedral y demás hermanos sacerdotes; estimada Dª Cristina Somoano y familiares de D. Rafael, miembros de la Vida Consagrada; Sr. Alcalde Oviedo y fieles todos en el Señor: os deseo lo que en esta Casa que es de Dios, venimos todos nosotros a invocar: la paz que nos haga bien, y ese bien que nos aliente la esperanza.

       Ayer lo decían a los vientos las campanas de esta Catedral con su tañer sobrio y grave que nos avisan de la defunción de un hermano. A este lugar, sede de la palabra elegante y clásica de D. Rafael en tantos años de predicación, sede también de sus desvelos y entrega en el Cabildo como canónigo y como Deán, a este lugar volvemos con él en esta tarde. A la casa de Dios, nuestro origen y hacedor, venimos cuando nacemos; a esta casa tornamos, reconociendo en Él nuestro destino último, cuando llega el tránsito final con el que culmina nuestra andadura y nuestro destierro. En esta casa estamos hoy reunidos toda esta grande muchedumbre de gente buena, que quiere dar un último homenaje, elevar una oración sincera, o arroparse en la esperanza que de la fe proviene, mientras recordamos cristianamente a D. Rafael.

       El estío, como el crepúsculo de cada tarde, como las últimas notas de un poema musical, como la ancianidad de una larga vida, todo tiene un hilo conductor común: que se acaba algo, que entra en un letargo agostador casi siempre inesperado, casi siempre indeseado, poniendo fin a lo que de tantos modos soñamos que terminase jamás. Y de esto habla la liturgia exequial, que con inmensa delicadeza trata de respetar el dolor que nos embarga, pero que al tiempo nos abre a la esperanza cierta.

       El corazón nos impone de un modo fiero, cabal y terminante esta última verdad: no hemos nacido para la muerte. Es verdad que desde que nacemos, desde que somos incluso concebidos, tenemos ya edad para morir, pero algo muy nuestro se nos pone en pie para decir que no, que no debería ser así, y es entonces cuando nuestro corazón se abraza a Dios y encuentra precisamente en Él al mayor mentor de nuestros anhelos más sinceros. La muerte siempre nos pone ante el quicio de nuestra última batalla y nuestra última ilusión, que es capaz de provocarnos el llanto por un adiós que siempre juzgamos prematuro e inoportuno. Surgen entonces tantas cuestiones de las esenciales, que siquiera por un instante, nos ponen ante el espejo de la verdad. De una verdad desnuda y libre, que no tiene ya nada que vender, ni nada que conquistar, ni nada que defender, sino tan sólo ser, sencillamente ser.

       Mi primer día laboral como Arzobispo de Oviedo, lo dediqué a los sacerdotes ancianos y enfermos. Fue para mí un regalo inolvidable encontrarme con estos hermanos de larga historia, en cuyas arrugas se escondía una vida lozana de entrega y de amor a Dios, a la Iglesia y los hermanos. Allí estaba D. Rafael esperándome en su habitación de la casa sacerdotal. Digno y sabio, me acogió según él siempre fue: gentil y leal, sacerdote de una pieza, que llevaba escrito en su rostro y se adivinaba en su corazón la indomable tenacidad de ser fiel a Jesucristo y a su Iglesia. No era fácil mantenerse fiel sin caer en rigideces, ni en descalificaciones, ni en el juego oportunista de hacer lo que hacen todos para que no me abrume el qué dirán. Ser fiel a una llamada y sin serlo contra nadie. Este fue su secreto y la gracia de su fidelidad.

       Pienso en tantos momentos y lugares por los que paseó su ministerio con garbo, con una elegante seriedad sin pose, hablando a Dios de los hombres, y acercando a éstos al Señor de la suprema bondad. El Seminario, la Universidad y la Catedral fueron los surcos en donde no dejó de sembrar las semillas de bien y de gracia que el Señor con sus manos esparcía. Lo rezaremos en la oración final de la misa: «Te pedimos humildemente, Señor, que tu siervo Rafael, sacerdote, a quien hiciste en este mundo administrador de tus misterios, pueda gozarlos en su plenitud en la realidad de la gloria».

       Por eso, lo que predicó desde el Evangelio del Señor, lo que curó y vendó con el bálsamo del perdón divino, lo que nutrió desde el Cuerpo de Cristo, el bien que supo hacer y el mal que logró olvidar, todo eso ahora se hace equipaje para el viaje más importante de su vida cuando ha dejado ya la historia y ha iniciado la eternidad.

Cuando somos lo que somos
Hay un texto breve de San Francisco de Asís, aquel extraño cristiano que se fió de Dios y descubrió sus huellas en cada tramo de la vida: que los hombres «somos lo que somos ante Dios y nada más» (Adm. 19). La sabiduría sencilla de este santo nos dice algo enorme: somos sólo lo que somos ante la mirada de Dios. Lo que otros ojos logran ver en nosotros, o lo que nosotros mismos logramos exhibir, no siempre se corresponde con la verdad desnuda de nuestra vida. Y este encuentro con la verdad de lo que somos, es el que siempre sucede en el momento de morir.

       Podríamos decir entonces, que puede ser terrible un tal momento, que vaya Vd. a saber qué es lo que se descubre y se destapa. Pero la mirada cristiana a ese instante no tiene una pretensión imposible de querer disfrazarnos inútilmente para el encuentro eterno con Dios, así como tampoco la de desesperarnos ante tan inevitable examen. Sabemos que la mirada del Señor está llena de misericordia y ternura, que nos contará con todo el tiempo debido cómo fueron nuestros pasos, nuestros yerros, nuestras fugas y traiciones, así como nuestros momentos más hermosos y agradecidos. Será el Señor quien sin prisas nos relate la trama verdadera de lo que en verdad nuestra vida fue.

       Yo le decía que ahora entre mantas y sin manteo, Vd. sigue enseñándonos tantas cosas, sigue predicándonos sin poder apenas hablar, pero sigue siendo sacerdote del Señor, para siempre, dándonos la vida que Dios nos reparte con sus manos ancianas.

       Pedimos hoy por el eterno descanso de D. Rafael. Y lo pedimos porque en él se ha producido ya este encuentro con el Dios de la Vida que nos canta y cuenta la Pascua. Es la historia de Dios la que él ahora irá descubriendo. El Señor, como un padre bueno nos acogerá para contarnos en su regazo nuestra vida a fin de que reconozcamos el exceso o el defecto en tantos lances de nuestra biografía, en donde sin duda no hemos estado a la altura de Dios, ni de nuestros prójimos más próximos, ni de nosotros mismos quizás. Pero la última palabra no le corresponderá a nuestra debilidad, a nuestra confusión o torpeza, sino misteriosamente a su misericordia, porque en la prensa de Dios la sección de sucesos no tiene el sabor de las cosas trágicas, sino de las cosas salvadas, perdonadas y redimidas.

       Rezamos por D. Rafael para que el abrazo del Señor haya sido como el Señor lo prometió y como él mismo lo fue acogiendo. Los pésames pasarán, las coronas de flores marchitarán, incluso el dolor tan fresco y tan caliente se irá lentamente mitigando. Pero hasta que nos volvamos a encontrar para nunca más separarnos, mientras recorremos nuestro tramo, el asignado, caben los versos de nuestro poeta castellano que a modo de hasta luego nos regala su última voluntad creyente:

«No, mundo, sábelo: no me resignaré jamás a tu amargura,
no dejaré que el llanto tenga sal,
ni que al dolor le dejen la última palabra,
no aceptaré que la muerte sea muerte
o que un testamento sea un punto final.
Estad seguros de que mi corazón sigue latiendo,
Aunque esté más parado que una piedra,
Estad seguros de que aunque mi sangre esté ya fría,
Yo seguiré amando.
Porque no sé otra cosa. Sólo por eso: porque no sé otra cosa»

(J.L. Martín Descalzo. Testamento del pájaro solitario,
“Últimas voluntades”. Madrid 1991, 94)

       Quiero terminar estas palabras por donde las comencé. No hemos nacido para la separación sino para el encuentro. Encuentro con Dios, encuentro con todos los que hemos amado y tal vez incomprendido, encuentro con toda la creación hermana, y con nuestra más verdadera y humilde verdad. Creemos esto. No por autosugestión, ni porque así lo dictan los guiones, ni porque nos programaron para decir así. La pregunta de Jesús a Marta que hemos escuchado en el Evangelio (Juan 11,27), queda como la gran cuestión que personalmente se nos dirige en esta tarde: ¿crees ésto? ¿crees que Jesús es la resurrección y la Vida? ¿crees que un día nos juntaremos para siempre-siempre, y que estrenaremos finalmente y sin ocaso un abrazo que nos una a Dios y a los hermanos más queridos? Veremos con los ojos de Dios, y nos amaremos con sus latires, y no habrá luz de lámpara ni de sol, porque será Él quien nos alumbre (Apocalipsis 22,3-5).

       Así, después de todas nuestras dudas, tras todos nuestros ensueños y harturas, cuando hayan terminado nuestros errores y certezas, también nosotros entraremos con los nuestros en la casa hermosa de nuestro único Padre, en la tierra de promesa, en el hogar dulce y apacible, donde serán secadas nuestras lágrimas, se nos quitarán todos nuestros lutos y seremos vestidos de danza y canto para una fiesta que ya no termina (Salmo 29).

       Descanse en paz D. Rafael.

El Señor os bendiga y os guarde.

       + Jesús Sanz Montes, ofm
       Arzobispo de Oviedo
       Adm. Apost. de Huesca y de Jaca

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