Damos un paso más en nuestro itinerario sinodal, y hemos procedido el sábado pasado a fijar en propuestas concretas lo que tras la exposición de la primera ponencia, su debate posterior, el enriquecimiento con las aportaciones diversas que llegaron por el cauce que nos dimos, el equipo de ponencia juzgó oportuno presentarnos y someter a nuestra votación. Así, en los albores del siglo XXI hemos entrevisto las luces y las sombras que tiene nuestro momento actual con su tejido cultural y social, esas que pueden y deben ser reconocidas, discernidas y acompañadas desde nuestra identidad eclesial. La Palabra de Dios, la formación catequética, la iniciación cristiana de los adultos debidamente revitalizada, el desafío de la educación y no simplemente la enseñanza, la doctrina social de la Iglesia, el seguir recuperando el sentido de la celebración dominical como día del Señor, así como la religiosidad popular en nuestros caminos de peregrinación y santuarios, todo ello enmarca la nueva evangelización a la que hemos sido llamados. El Magisterio de Juan Pablo II y el de Benedicto XVI nos entronca con lo que ya el Vaticano II puso en marcha como anuncio gozoso de una Iglesia peregrina, samaritana, comprometida y audaz, que siendo fiel a su secular tradición se atreve a dialogar con el mundo contemporáneo, con el hombre de nuestros días, dentro del respeto que las sombras y las luces de nuestro hoy y nuestro aquí siempre nos reclamarán.
De las diez propuestas votadas, han salido siete indicaciones sabias y oportunas que nos ayudarán desde ese marco global que la primera ponencia ha dibujado, a concretar el modo de ser y hacer. Tenemos detrás mucho trabajo de grupos y personas a través de esta larga andadura sinodal. Agradecemos y valoramos enormemente el esfuerzo que esta primera ponencia ha realizado. Y reconocemos lo mucho que nos ha ayudado a proseguir en este empeño de caminar juntos, sinodalmente. Como ya hemos indicado en alguna ocasión, la libertad con la que aquí nos expresamos, la responsabilidad cristiana que partió de la adhesión a la fe de la Iglesia que profesamos en el primer día, y nuestro talento y reflexión con los que con sencillez aportamos nuestro punto de vista, hace que estas sesiones estén siendo un ejercicio de madurez y una apertura de horizontes.
Y esto vale incluso para quienes no lo están viendo ni viviendo así, proyectando quizás las penumbras de sus nubarrones personales, sombras de otras tormentas que no eclipsan el sol sinodal de nuestro valle. También a estas personas las acogemos con respeto fraterno. Cada cual se expresa con su serena reflexión o con sus agitadas agitaciones, y es evidente que en esa expresión se escenifica lo que cada uno vive y como cada uno es, con su gracia y su pecado, con sus heridas y su paz, con su adultez o sus inmadureces. Pero la vida está hecha así, y no nos reservamos el derecho de admisión ni excluimos a los se pudieran manifestar como excluyentes. Santos y pecadores, formamos parte de esta comunidad cristiana que es la Iglesia del Señor que peregrina en nuestros lares. Sinodalmente rezando, trabajando y compartiendo responsablemente este momento de gracia para todos nosotros.
Ha llegado la lluvia que tan huidiza se nos mostraba incluso en nuestra verde Asturias, imponiendo un verano tardío, ese que no hemos disfrutado en las fechas estivales. Pero el otoño ha hecho entrada ya no sólo en el calendario, sino en nuestras encrucijadas y caminos. Lo hemos revestido de nieblas mañaneras, lo hemos pintado de ocres pastel, mientras de nuevo nuestros senderos sacan su mejor alfombra con las hojas caídas haciendo sugestiva y mágica nuestra andadura, y facilitando el ambiente sereno en el que nos podamos hacer con calma y hondura los verdaderos porqués.
No es un cuadro bucólico el que acabo de describir, por más que así sea nuestro ambiente, sino un modo de introducir lo que tanto me sorprendió, eso que prestóme sinceramente, al aprender la palabra “amagüestu” y asomarme a sus tradiciones. No, no es simplemente lo de las castañas y la sidrina dulce, sino el rito que en otro tiempo nos ambientaba la convivencia llena de santa paz, de nostalgia amable, y nos ayuda a mirarnos respectivamente, que significa precisamente saber mirarse con sinceridad, sin miradas torcidas, pretenciosas. Un tiempo para poder arrimarnos a lo que nos reconcilia, a lo que nos alegra serenamente, a lo que despierta la esperanza por la promesa del Resucitado. Y de todo esto hablaremos hoy en la segunda ponencia que entra en el Aula para su votación. La familia como santuario de la vida, esa vida que tantas veces están en entredicho antes de nacer o cuando naturalmente termina, o amenazada de mil modos en el largo tramo intermedio en donde penamos, soñamos, gozamos.
Esa vida se une porque se enamora, y no juega a juegos prohibidos banalizando el amor, y lo que significa el cuerpo sexuado que Dios nos ha querido dar como hombre y como mujer. Porque no es inocente la cultura pansexualista y hedonista que nos rodea, porque daña la dignidad del hombre y de la mujer, porque tiene consecuencias terribles en los hijos cuya estadística real nadie se atreve a proclamar y denunciar, por todo eso nuestra apuesta por el matrimonio no es una fijación reaccionaria o fruto de una marca conservadora y política. Queremos dar cuenta de lo que el matrimonio entraña como historia de amor, fiel, abierta a la vida, y dicha para siempre como son las palabras verdaderas.
Pero esa vida cumple años, y las edades del hombre tiene para la Iglesia un reclamo que queremos saber acompañar: nuestros más jóvenes como los niños y adolescentes tienen una importancia especial.
De todo esto ahora hablaremos con la presentación que el relator de esta ponencia nos realizará.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
|