Hemos superado ya el ecuador de las sesiones de clausura para nuestro Sínodo Diocesano. Terminadas las ponencias procederemos a perfilar las propuestas que partiendo de los equipos que las han preparado, han sido enriquecidas por las aportaciones que en el aula sinodal o a través de correo postal y electrónico han ido llegando.
Hay que decir que la participación está siendo verdaderamente ejemplar y por eso yo lo quiero subrayar y agradecer delante de toda la Asamblea sinodal. Las tres grandes cuestiones que nos propusimos abordar, han supuesto tres citas que nos han convocado a la reflexión honda y bien llevada por parte de los ponentes y sus equipos de ponencia, nos han convocado también al debate sereno en el que con libertad responsable hemos ido aportando matices que abrían horizontes y completaban la visión, nos han convocado también a la oración de quien se sabe necesitado de la luz y la gracia del Señor para hacer un discernimiento eclesial en lo que estamos tratando.
Por la cantidad y la calidad de esta participación, no podemos sino dar las gracias sentidamente. Yo así lo hago al buen Dios y a vosotros mis hermanos. En ningún momento se han dado intervenciones extemporáneas o fuera de una clave eclesial. Y esto describe el perfil de nuestra comunidad cristiana dibujando la madurez de su comunión, la audacia de sus análisis y la esperanza ante los caminos que juntos hemos de recorrer con la ayuda del Señor.
Cada uno con su temperamento, con su sensibilidad eclesial, con el bagaje de su cultura y con el compromiso de su fe, hemos ido aportando el comentario a las distintas perspectivas que nos han abierto las ponencias. En un ejercicio de verdadera comunión eclesial, desde el don vocacional que unos y otros hemos recibido dentro del Pueblo de Dios, estamos haciendo lo que significa propiamente el sínodo que estamos ahora clausurando en estos encuentros finales de una larga andadura: un camino hermanado, una fraternidad en camino.
Los tres grandes temas que hemos abordado tienen que ver con los retos que culturalmente más nos desafían, reclamando de nosotros una respuesta cristiana, eclesial, como testimonio en el hoy de esa historia larga que nos contempla y que hemos heredado de cuantos nos precedieron en la fe, la caridad y la esperanza.
Nuestro momento histórico tiene un sinfín de luces y de sombras que es preciso saber reconocer para alentar su claridad y para disolver su oscuridad. La cultura emergente tiene muchas aristas que nos exigen ponerles nombre y situarnos ante ellas, sin nostalgias de pasados, sin temores de futuros y sin complejos de presente. Esta es la libertad sabia que nos permite discernir lo que somos, y situarnos donde estamos.
En un segundo momento, abordamos la familia con todos los factores que mayormente nos están llamando: la vida en todas sus fases (la del no nacido, la del enfermo o anciano terminal, la vida que está en medio), la vida nos importa porque creemos en un Dios que tiene boca y habla, tiene oído y escucha, tiene corazón que se estremece. Esa vida nace en familia, y la familia atraviesa cañadas no siempre luminosas ni exentas de amenazas y confusiones. Vivir la familia es vivirla como se nos ha revelado el amor que no tiene modas ni se deja condicionar por presiones de toda índole. El matrimonio entre hombre y mujer, abiertos a la fecundidad con la que Dios bendice el amor, un amor lleno de respeto, de ternura y de fidelidad. Y en esa familia, los más pequeños como son los niños y nuestros jóvenes, nos importan para acertar a acompañarlos y educarles en la fe.
Finalmente, reconocemos que tenemos siempre entre nosotros a aquellos que Jesús nos dijo que siempre tendríamos: los pobres. Pero hoy la pobreza tiene muchos rostros, esos que la insolidaridad más egoísta está generando desde un mundo pensado sin Dios o contra Él, que da como resultado hacer un mundo inhumano y contra el hombre, como admirablemente dijo Pablo VI citando a un teólogo importante como el P. Henri de Lubac en su obra “El drama del humanismo ateo”. La comunidad cristiana tiene el compromiso de salir al encuentro con todos aquellos en con los que Jesús ha querido preferentemente abrazar y con los que identificarse en su penuria y soledad. Acertar a poner nombre a los rostros de pobreza, es acertar a reconocer al mismo Dios que en los hermanos más necesitados nos espera.
Viene ahora, tras las ponencias y nuestras aportaciones, el momento de las propuestas que cada una de las ponencias nos van a explicar en su resultado final, y que nosotros nos dispondremos a votar sencillamente.
Tendremos que recordar cómo un Sínodo ausculta caminos, discierne momentos y abre horizontes. Un Sínodo no lo hace todo, pero sin lo que aquí estamos realizando, no podríamos hacer lo siguiente. Lo tendremos que seguir explicando, para evitar que pidamos a nuestra Asamblea sinodal lo que ésta no puede darnos, y para que no nos inhibamos en lo que responsablemente nos toca aportar.
Gracias a todos por estar. Gracias a todos vosotros, queridos hermanos.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
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