Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
El sábado pasado dábamos comienzo a la primera de las sesiones de esta fase de clausura de nuestro Sínodo Diocesano.
Decíamos que teníamos detrás un nutrido elenco de nombres de personas y de eventos que han ido jalonando en estos años anteriores este momento de gracia que siempre supone el sínodo Diocesano. Tiempo de escucharnos en un diálogo humilde que no es diálogo de sordos. Porque la primera Voz que cada mañana buscamos es la del Señor que no ha dejado de hablarnos. Y sólo cuando su Palabra resuena en nuestros labios podemos ayudarnos con provecho, sin pretensión y sin daño. Por este motivo comenzamos orando con toda la Iglesia, dando gracias por el nuevo día, y pidiendo gracia para entender el que se nos está dando.
Pasan los años, incluso los siglos. Cambiamos las distintas generaciones. Pero la presencia de Jesucristo resucitado y la compañía de la Iglesia siguen siendo las mismas. Los retos que tenemos tienen un fondo común, con unas circunstancias bien diferentes. Y en este vaivén de viejas novedades o de novedades arcanas, nos aprestamos a escribir la página de historia que nos corresponde: sabiendo leer con gratitud lo que quienes vivieron nuestra misma fe a través de todos los siglos que nos contemplan, sabiendo mirar con esperanza el futuro que se nos abre delante, y sabiendo acoger con apasionada y amorosa entrega el presente que Dios pone en nuestras manos.
Esto nos ha movido a pedir luz al Señor en esta especie de cenáculo de plegaria y comunión que significa para una Iglesia particular la celebración del Sínodo Diocesano. Compartiendo este camino, en el Señor y con su Iglesia, los que componemos esta magna asamblea cristiana y eclesial, representamos en tantos sentidos a nuestros hermanos diseminados en la geografía diocesana, con los que nos sentimos herederos de una preciosa herencia de fe, de caridad y esperanza, una herencia de santidad que ha tenido fecha y domicilio en cada uno de los nombres de quienes nos han precedido en la vida y en creencia.
Yo vuelvo a dar gracias al Señor y a cada uno de vosotros, sacerdotes, consagrados y laicos, de los diferentes arciprestazgos y vicarías, de los distintos movimientos apostólicos y congregaciones religiosas, de las parroquias y estamentos sectoriales de nuestra Diócesis. Quiera Dios ayudarnos, lo quiere como el que más, y que seamos nosotros dóciles a su palabra y a su gracia, para responder adecuadamente lo que Él quiere decirnos a cada uno y con nosotros gritar dulcemente como comunidad cristiana.
Un mundo de Dios y con Dios, sin ir en contra del hombre
En la primera sesión se planteó por parte del equipo de ponencia la situación que en este momento nos dibuja la cultura en su más amplio sentido. Con sus luces y sus sombras, aparece este comienzo del siglo XXI presentándonos una sociedad con características propias. Las más constructivas y benévolas, y las más destructivas y maledicentes. La economía, la comunicación, el bienestar, la educación y las tecnologías, hacen que en este mundo globalizado haya espacios nuevos para tantas cosas interesantes, pero constatando que otras quedan en el margen, en el entredicho o sencillamente en la censura más excluyente. Todo el mundo espiritual que también nos constituye, puede quedar en la esfera privada, como desde tantas instancias políticas y culturales se quiere imponer como antesala de la total exclusión de quienes siguen batallando para obtener un mundo sin Dios.
Se nos dijo el sábado pasado que “se impone recuperar a Dios, ya que las múltiples manifestaciones de la crisis (económica, social, moral y religiosa que se vive) tienen una razón última: la ausencia de Dios”. Un panorama ante el que “la Iglesia ha de mostrarse servidora del hombre, para ayudar a purificar las situaciones que afectan a nuestra sociedad”. A este respecto puso de relieve que la Iglesia no tiene ningún programa político o económico, ya que “su misión consiste en el anuncio de Jesucristo y en la defensa del hombre y su dignidad, lo que comporta la expresión de juicios éticos sobre las situaciones que vivimos”, al tiempo que enfatizó en la importancia de la protección de “la libertad religiosa y la libertad individual de las personas”, en un camino en el que “se invita a los cristianos a que se comprometan en el desarrollo de los pueblos”.
Ese mundo de Dios y con Dios, sin ir en contra del hombre, es el que Jesucristo quiso anunciarnos haciéndolo visible como Reino que ya ha llegado, y es el que la Iglesia no cesa de proponer y acompañar.
Las propuestas que de parte de la ponencia se ofrecieron, abre un abanico de reflexión y de cauces para concretar operativamente lo que se nos está pidiendo en el hoy y en el aquí de nuestra historia diocesana. Las intervenciones que se hicieron en el aula sinodal y las que luego han ido llegando a través de correo postal o correo electrónico, serán valoradas y trabajadas por el equipo de ponencia para proceder finalmente a su votación por parte de toda la asamblea sinodal.
Hoy nos disponemos a escuchar la segunda ponencia que viene a continuar la anterior desde un argumento preciso y precioso: la familia, como ámbito del caos y de la esperanza.
Damos las gracias a quienes han trabajado en esta ponencia y a todos vosotros por vuestra presencia esta mañana en la sesión. El Señor y nuestra Santina nos bendigan con su luz y su sabiduría.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
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