| Queridos Don Gabino
y Don Raúl, Arzobispo Emérito y Obispo Auxiliar, miembros
del Consejo Episcopal y Cabildo Catedral, del Consejo Presbiteral,
del Colegio de Arciprestes y del Consejo de Pastoral de la Diócesis.
Queridos hermanos sacerdotes, miembros de la vida consagrada; hermanos
y hermanas:
En este día de la Fiesta del Bautismo del Señor firmo
el Decreto por el que se convoca el XLIII Sínodo Diocesano
después del Concilio de Trento de acuerdo con las tres fases
indicadas en la Carta Pastoral «A la misión
desde la conversión». «El Sínodo
Diocesano, es una asamblea de sacerdotes y de otros fieles escogidos
de una Iglesia particular, que prestan ayuda al Obispo de la Diócesis
para el bien de toda la comunidad Diocesana a tenor de los cánones
que siguen» (cf. a partir del c. 460).
La celebración de esta significada Asamblea resulta de mucha
importancia par la Iglesia que camina en Asturias, pues en ella
se van a orientar los pasos más significativos de nuestra
vida eclesial para los próximos lustros. Será en este
Sínodo que hoy convocamos, donde se vea con realismo cómo
vivir con más fuerza e intensidad todo aquello que afecta
a la misión de la Iglesia en su vida interna y externa. Este
discernimiento lo realizaremos a través de diversas etapas
que van desde la preparación y de elección de temas
_antes de la celebración propiamente dicha de la Asamblea_
hasta la adopción de conclusiones y decretos que tendrán
una importancia singular.
Desde el pasado 8 de septiembre, solemnidad de Nuestra Señora
de Covadonga, en que anuncié a los pies de la Santina que
convocaría un Sínodo diocesano, han transcurrido unos
meses de preparación, iluminación, ayuda y discernimiento,
para que pudiera llegar este día tal y como lo teníamos
previsto. Hoy firmamos el Decreto de apertura del Sínodo
en la fiesta del Bautismo del Señor, una fecha altamente
significativa. Doy gracias a Dios por ello. Que esta fiesta nos
ayuda a grabar en lo más hondo de nuestro corazón
lo que hoy presentamos a la Archidiócesis de Oviedo.
La fiesta del Bautismo del Señor se nos muestra como una
nueva Epifanía, una nueva manifestación del Señor,
pero, además, tal y como lo hemos escuchado en el Evangelio,
esa manifestación de Cristo la hace Dios mismo: «En
un bautismo general, Jesús también se bautizó.
Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu
Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo:
Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto». Por
otra parte esta manifestación del Señor tiene unas
consecuencias únicas, pues no da su vida: «Él
os bautizará con Espíritu y fuego».
El Bautismo del Señor nos trae a la memoria nuestro propio
bautismo. La misión que trajo el Señor y que tan bellamente
describe el profeta Isaías, es la que nos entrega a nosotros,
cuando nos da su vida y nos engendra a esa vida nueva por el bautismo:
«Yo el Señor, te he llamado con justicia, te he
cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo,
luz de las naciones. Para que abras los ojos a los ciegos, saques
a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan
en tinieblas» (Is 42, 6-7). Además, es una vida
que el Señor quiere tengan, conozcan y vivan todos los hombres,
porque «está claro que Dios no hace distinciones»
(Hch 10, 34).
Ojalá que el Sínodo Diocesano al que hoy nos abrimos,
para que la acción del Señor llegue a nuestra vida
y nos haga manifestarnos como pueblo suyo, sea en todos los cristianos
un descubrimiento de la radicalidad en la que nos inserta la vida
nueva en Cristo que recibimos en el Bautismo.
¿Qué sucede en el Bautismo? ¿Qué esperamos
del Bautismo? Nuestros padres lo confesaron en el mismo pórtico
de la iglesia: queremos para nuestros hijos el Bautismo, la vida
eterna; en definitiva: deseamos que sean santos. ¿Cómo
puede realizarse esto? Es un don que el Señor nos regala,
pues nos da la verdadera vida, la que viene de Dios. Por el Bautismo
nos insertamos en una gran familia que nunca nos abandona, ni en
la vida ni en la muerte. Esta gran familia es la familia de Dios,
la de los hijos de Dios: la Iglesia. Ella nos acompaña siempre,
en los días felices, en los de sufrimiento, en las noches
claras como en las oscuras. La familia de Dios nos brinda en toda
ocasión el bálsamo de su compañía, luz
y consuelo.
Por el Bautismo, nuestra gran familia da a todos sus miembros y
a través de ellos a todos los hombres, palabras de vida eterna;
palabras que corresponden a los grandes desafíos de la vida
y nos regalan la orientación del camino que debemos de tomar
o que conviene tomar. La compañía de la Iglesia nos
brinda consuelo y fortaleza, amor entrañable incluso en los
umbrales de la muerte, pues en ese valle oscuro Él nos da
la vida. Nadie sabe lo que puede suceder en Asturias, en España,
en Europa, en el mundo, en los próximos sesenta o setenta
años, incluso dentro de unos días. Pero hay algo de
lo que estamos seguros: que la familia de Dios siempre estará
presente en este mundo, acompañando a todos los hombres y,
quienes pertenecemos a ella, siempre tendremos la amistad segura
de Aquél que es la vida: Jesucristo.
¿Qué significa estar en la familia de Dios? Afirmar
que esta compañía es eterna, ya que es comunión
con Aquél que ha vencido a la muerte, por lo que estamos
en manos de quien tiene las llaves de la vida. Estar en comunión
con Cristo, es tener la vida, el amor eterno. De ahí que
amor y verdad son fuente de vida. El Bautismo nos inserta en la
comunión con Cristo y ello implica un sí al amigo,
a su vida. También exige un no a lo que no es compatible
con esta amistad. Esto es lo que dicen por nosotros, y también
nosotros mismos ahora, cuando renunciamos al pecado y afirmamos
nuestra fe en el Dios cristiano, en el Padre, en el Hijo y en el
Espíritu Santo.
Esta primera fase que hoy iniciamos del Sínodo Diocesano,
va a permitir a todos los cristianos, si comprendemos el fundamento
de su celebración, volver a las raíces de lo que somos
como bautizados, dando un sí al Dios vivo, un sí a
la comunión con la Iglesia, un sí a mostrar todo esto
en la vida con nuestros gestos y acciones. ¡Qué fuerza
tiene la Iglesia cuando todos sus miembros toman esta decisión
de vivir la radicalidad del Bautismo! Una exigencia que pasa por
decir no a la cultura de la muerte que se manifiesta en la droga,
en la huida de lo real, en lo ilusorio, en una felicidad falsa que
se presenta en la mentira, en el fraude, en la injusticia, en el
desprecio al otro, en la falta de solidaridad, en la falta de responsabilidad
con respecto a los que sufren y a los pobres, en la expresión
de una sexualidad, convertida en pura diversión sin responsabilidad
y que transforma en cosificación de la persona, en mercancía
de la misma. El cristiano desde siempre dice sí a la vida,
si a la vida en el tiempo y en la eternidad.
Hermanos y hermanas: hoy el Señor abrió los cielos
y se ha mostrado. Nosotros somos conscientes de esa revelación,
pues nos ha regalado su vida. Y ahora en el altar, se muestra una
vez más, por la Eucaristía, para alimentar la vida
que nos dio en el Bautismo. Acojámosle. Pidamos al Señor,
por intercesión de la Santina, que nos dé coraje para
que todos los cristianos en este tiempo sinodal seamos hombres y
mujeres con sentido de pertenencia a una familia que es la Iglesia,
que tiene que anunciar a Jesucristo y que busca el modo de hacerse
presente entre los hombres, para que descubran con más fuerza,
la diferencia entre estar en la luz y en la oscuridad, en la vida
y en la muerte, en la verdad y en la mentira, en el amor y en el
egoísmo. Radicalicemos nuestro Bautismo.
¿Qué quiero para la Iglesia en Asturias en la celebración
de este Sínodo Diocesano? Lo que para cada uno de nosotros
ya pidieron nuestros padres: que seamos santos, y así seamos
una Iglesia de testigos capaces de transmitir la santidad a las
entrañas de esta historia; la santidad de Dios, la Vida eterna,
la Vida verdadera, la Buena Noticia, el Evangelio de la Esperanza.
Santina de Covadonga, ruega por nosotros.
Amén
+ Carlos, Arzobispo de Oviedo |