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HOMILÍA EN LA CONVOCATORIA
DEL SÍNODO DIOCESANO
Fiesta del Bautismo
del Señor
Catedral, 7 de enero de 2007
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Queridos Don Gabino y Don Raúl, Arzobispo Emérito y Obispo
Auxiliar, miembros del Consejo Episcopal y Cabildo Catedral, del
Consejo Presbiteral, del Colegio de Arciprestes y del Consejo de
Pastoral de la Diócesis. Queridos hermanos sacerdotes, miembros
de la vida consagrada; hermanos y hermanas:
En este día de la Fiesta del Bautismo del Señor firmo el Decreto
por el que se convoca el XLIII Sínodo Diocesano después del
Concilio de Trento de acuerdo con las tres fases indicadas en la
Carta Pastoral «A la misión desde la conversión».
«El Sínodo Diocesano, es una asamblea de sacerdotes y de
otros fieles escogidos de una Iglesia particular, que prestan
ayuda al Obispo de la Diócesis para el bien de toda la comunidad
Diocesana a tenor de los cánones que siguen» (cf. a partir
del c. 460).
La celebración de esta significada Asamblea resulta de mucha
importancia par la Iglesia que camina en Asturias, pues en ella
se van a orientar los pasos más significativos de nuestra vida
eclesial para los próximos lustros. Será en este Sínodo que hoy
convocamos, donde se vea con realismo cómo vivir con más fuerza
e intensidad todo aquello que afecta a la misión de la Iglesia
en su vida interna y externa. Este discernimiento lo
realizaremos a través de diversas etapas que van desde la
preparación y de elección de temas _antes de la celebración
propiamente dicha de la Asamblea_ hasta la adopción de
conclusiones y decretos que tendrán una importancia singular.
Desde el pasado 8 de septiembre, solemnidad de Nuestra Señora de
Covadonga, en que anuncié a los pies de la Santina que
convocaría un Sínodo diocesano, han transcurrido unos meses de
preparación, iluminación, ayuda y discernimiento, para que
pudiera llegar este día tal y como lo teníamos previsto. Hoy
firmamos el Decreto de apertura del Sínodo en la fiesta del
Bautismo del Señor, una fecha altamente significativa. Doy
gracias a Dios por ello. Que esta fiesta nos ayuda a grabar en
lo más hondo de nuestro corazón lo que hoy presentamos a la
Archidiócesis de Oviedo.
La fiesta del Bautismo del Señor se nos muestra como una nueva
Epifanía, una nueva manifestación del Señor, pero, además, tal y
como lo hemos escuchado en el Evangelio, esa manifestación de
Cristo la hace Dios mismo: «En un bautismo general, Jesús
también se bautizó. Y mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el
Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del
cielo: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto». Por otra
parte esta manifestación del Señor tiene unas consecuencias
únicas, pues no da su vida: «Él os bautizará con Espíritu y
fuego».
El Bautismo del Señor nos trae a la memoria nuestro propio
bautismo. La misión que trajo el Señor y que tan bellamente
describe el profeta Isaías, es la que nos entrega a nosotros,
cuando nos da su vida y nos engendra a esa vida nueva por el
bautismo: «Yo el Señor, te he llamado con justicia, te he
cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un
pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos a los
ciegos, saques a los cautivos de la prisión y de la mazmorra a
los que habitan en tinieblas» (Is 42, 6-7). Además, es una
vida que el Señor quiere tengan, conozcan y vivan todos los
hombres, porque «está claro que Dios no hace distinciones»
(Hch 10, 34).
Ojalá que el Sínodo Diocesano al que hoy nos abrimos, para que
la acción del Señor llegue a nuestra vida y nos haga
manifestarnos como pueblo suyo, sea en todos los cristianos un
descubrimiento de la radicalidad en la que nos inserta la vida
nueva en Cristo que recibimos en el Bautismo.
¿Qué sucede en el Bautismo? ¿Qué esperamos del Bautismo?
Nuestros padres lo confesaron en el mismo pórtico de la iglesia:
queremos para nuestros hijos el Bautismo, la vida eterna; en
definitiva: deseamos que sean santos. ¿Cómo puede realizarse
esto? Es un don que el Señor nos regala, pues nos da la
verdadera vida, la que viene de Dios. Por el Bautismo nos
insertamos en una gran familia que nunca nos abandona, ni en la
vida ni en la muerte. Esta gran familia es la familia de Dios,
la de los hijos de Dios: la Iglesia. Ella nos acompaña siempre,
en los días felices, en los de sufrimiento, en las noches claras
como en las oscuras. La familia de Dios nos brinda en toda
ocasión el bálsamo de su compañía, luz y consuelo.
Por el Bautismo, nuestra gran familia da a todos sus miembros y
a través de ellos a todos los hombres, palabras de vida eterna;
palabras que corresponden a los grandes desafíos de la vida y
nos regalan la orientación del camino que debemos de tomar o que
conviene tomar. La compañía de la Iglesia nos brinda consuelo y
fortaleza, amor entrañable incluso en los umbrales de la muerte,
pues en ese valle oscuro Él nos da la vida. Nadie sabe lo que
puede suceder en Asturias, en España, en Europa, en el mundo, en
los próximos sesenta o setenta años, incluso dentro de unos
días. Pero hay algo de lo que estamos seguros: que la familia de
Dios siempre estará presente en este mundo, acompañando a todos
los hombres y, quienes pertenecemos a ella, siempre tendremos la
amistad segura de Aquél que es la vida: Jesucristo.
¿Qué significa estar en la familia de Dios? Afirmar que esta
compañía es eterna, ya que es comunión con Aquél que ha vencido
a la muerte, por lo que estamos en manos de quien tiene las
llaves de la vida. Estar en comunión con Cristo, es tener la
vida, el amor eterno. De ahí que amor y verdad son fuente de
vida. El Bautismo nos inserta en la comunión con Cristo y ello
implica un sí al amigo, a su vida. También exige un no a lo que
no es compatible con esta amistad. Esto es lo que dicen por
nosotros, y también nosotros mismos ahora, cuando renunciamos al
pecado y afirmamos nuestra fe en el Dios cristiano, en el Padre,
en el Hijo y en el Espíritu Santo.
Esta primera fase que hoy iniciamos del Sínodo Diocesano, va a
permitir a todos los cristianos, si comprendemos el fundamento
de su celebración, volver a las raíces de lo que somos como
bautizados, dando un sí al Dios vivo, un sí a la comunión con la
Iglesia, un sí a mostrar todo esto en la vida con nuestros
gestos y acciones. ¡Qué fuerza tiene la Iglesia cuando todos sus
miembros toman esta decisión de vivir la radicalidad del
Bautismo! Una exigencia que pasa por decir no a la cultura de la
muerte que se manifiesta en la droga, en la huida de lo real, en
lo ilusorio, en una felicidad falsa que se presenta en la
mentira, en el fraude, en la injusticia, en el desprecio al
otro, en la falta de solidaridad, en la falta de responsabilidad
con respecto a los que sufren y a los pobres, en la expresión de
una sexualidad, convertida en pura diversión sin responsabilidad
y que transforma en cosificación de la persona, en mercancía de
la misma. El cristiano desde siempre dice sí a la vida, si a la
vida en el tiempo y en la eternidad.
Hermanos y hermanas: hoy el Señor abrió los cielos y se ha
mostrado. Nosotros somos conscientes de esa revelación, pues nos
ha regalado su vida. Y ahora en el altar, se muestra una vez
más, por la Eucaristía, para alimentar la vida que nos dio en el
Bautismo. Acojámosle. Pidamos al Señor, por intercesión de la
Santina, que nos dé coraje para que todos los cristianos en este
tiempo sinodal seamos hombres y mujeres con sentido de
pertenencia a una familia que es la Iglesia, que tiene que
anunciar a Jesucristo y que busca el modo de hacerse presente
entre los hombres, para que descubran con más fuerza, la
diferencia entre estar en la luz y en la oscuridad, en la vida y
en la muerte, en la verdad y en la mentira, en el amor y en el
egoísmo. Radicalicemos nuestro Bautismo.
¿Qué quiero para la Iglesia en Asturias en la celebración de
este Sínodo Diocesano? Lo que para cada uno de nosotros ya
pidieron nuestros padres: que seamos santos, y así seamos una
Iglesia de testigos capaces de transmitir la santidad a las
entrañas de esta historia; la santidad de Dios, la Vida eterna,
la Vida verdadera, la Buena Noticia, el Evangelio de la
Esperanza.
Santina de Covadonga, ruega por nosotros.
Amén
+ Carlos, Arzobispo de Oviedo |
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