A sus
81 años, el obispo emérito de la diócesis de São Felix do
Araguaia, Pedro Casaldáliga, es uno de los
más destacados representantes de la Teología de la
Liberación y se ha convertido en un referente para la
izquierda latinoamericana. Desde que hace cuatro décadas
llegó a Brasil para quedarse, su trabajo en defensa de los
derechos de los pueblos indígenas y de los grupos sociales
más oprimidos, así como su apoyo a los movimientos
brasileños de campesinos sin tierra y a la revolución
sandinista en Nicaragua en los años ochenta, hacen que Pedro
Casaldáliga sea parte fundamental de la memoria viva de la
lucha por la dignidad y por la liberación de los pueblos en
América Latina.Lo entrevistan
Pedro Ramiro, María González Reyes y Luis González Reyes en
la revista Pueblos.
A mediados
del pasado mes de agosto, Pedro Casaldáliga recibía a un
grupo de activistas sociales del Estado español en su
humilde casa de São Felix, en el estado brasileño de Mato
Grosso, para reflexionar que "la mundialización nos ha dado
la oportunidad de reconocer que somos una sola humanidad.
Somos todos iguales, debemos serlo, en dignidad y en
oportunidades". Así se daba inicio a una conversación en la
que se trató desde la situación política de Brasil hasta las
perspectivas actuales de la Teología de la Liberación,
pasando por el modelo de consumo o los retos de la izquierda
latinoamericana.
Desde
la perspectiva que da el llevar ejerciendo muchos años el
compromiso con las personas más desfavorecidas del planeta,
¿qué significado tiene para ti hoy la solidaridad?
La pregunta
que se hace desde el Primer Mundo es ¿qué podemos hacer
nosotros? Pues renunciar, por fin, que ya es mucho pedir, al
privilegio de ser Primer Mundo. Renunciar a esta condición
excepcional de una mínima parte de la Humanidad, si la
comparamos con la inmensa mayoría de todo el Tercer Mundo.
Estamos intentando subrayar siempre que la solidaridad ha
dejado de ser aquella solidaridad paternalista, de enviar la
ropa, los medicamentos, ciertos recursos... Ha de ser una
solidaridad que va y que viene, mucho más concreta y mucho
más exigente: damos y recibimos, para que también la propia
solidaridad, además de alimentar personas y curar
enfermedades, facilite y estimule la vivencia de la propia
cultura. Porque nosotros ayudamos a personas que tienen una
cultura, que no son simplemente un estómago y unas venas,
sino que son pueblos. Por eso, hemos de procurar que la
solidaridad sea constante, consciente, autocrítica, local y
global: de ida y de vuelta.
Cuando te viste con Fidel Castro hace veinte años, él afirmó
que "la Teología de la Liberación ayuda a la transformación
de América Latina mucho más que millones de libros sobre el
marxismo". ¿En que se basa actualmente la Teología de la
Liberación?
A día de hoy,
hay diferentes teologías de la liberación. Lo que se ha
hecho es incorporar más explícitamente temas, sectores de la
sociedad, de la vida, que antes no eran tan considerados.
Han ido surgiendo las cuestiones asociadas a los indígenas,
las mujeres, la ecología, los niños de la calle... Ahora, se
trata de una teología enriquecida por las reivindicaciones
de esos grupos emergentes y, por eso, la Teología de la
Liberación ya es muy plural en sus objetivos, siempre dentro
de la reivindicación de la liberación. Cuando pedimos
liberación para el pueblo negro, pedimos que pueda sentirse
con orgullo negro, y que no le sea privada la cátedra, la
función publica, el gobierno, que no haya la segregación que
todavía hay. Yes que cuando yo vine a América Latina, hace
41 años, los negros, en su inmensa mayoría, no se reconocían
como tales. Incluso, se estiraban el pelo para que no
pareciera cabello de negro. Ahora están recuperando su
orgullo, su identidad. Algo parecido ha ocurrido con la
población indígena. Cuando llegué a Brasil se decía que
había 150.000 indios, mientras hoy hay un millón. En esta
región, por ejemplo, los indígenas tapirapé reconquistaron
su territorio, los karajá han reconquistado asimismo una
parte de sus territorios, los xavante también... y todo eso
tiene espíritu de Teología de la Liberación.
Una de las
críticas que se le hace a la Teología de la Liberación por
parte de los conservadores es que se trata de una teología
muy materialista, que se preocupa mucho de intereses
materiales, de necesidades físicas y olvida el espíritu, la
oración. Ante eso, yo reivindicaría tres o cuatro trazos que
serían indispensables en la Iglesia de Cristo: el primero,
la opción por los pobres; el segundo, conjugar fe y vida; el
tercero, la Biblia en manos del pueblo; cuarto, la
solidaridad auténticamente fraterna.
¿Qué
ha permitido que cuajase en América Latina?
En América
Latina, la Teología de la Liberación se desarrolló en un
momento muy oportuno: acababa de acontecer el Concilio
Vaticano II, en el año 1968 cuando yo llegué aquí- corrían
vientos de cambio, tenían lugar las dictaduras militares,
con lo que el contexto fue propicio para plantar pie y
echarse a la liberación. Además, en América Latina hay una
cierta unidad de continente. Es el único continente que
puede llamarse la patria grande: Nuestra América, como
decían los libertadores. Eso facilitó que surgiese una
teología característicamente latinoamericana.
Recuerdo
siempre cómo las persecuciones, los exilios, las torturas,
los mártires, conjugaron mejor toda la realidad
latinoamericana. Aquí en Brasil a veces se sentía que
estábamos un poco distantes de la América Latina
hispanoparlante: un país demasiado grande, con otro
idioma... Pero después de todas esas dictaduras militares,
donde se mezclaron los cantos y se mezcló la sangre, América
Latina es más ella, y es ella y el Caribe. Eso sí, yo
prefiero la expresión Nuestra América, porque los
libertadores usaban más esa denominación: Bolívar, Martí,
Sandino, Fidel...
En la
Agenda Latinoamericana que elaboráis cada año, que sirve de
base de trabajo a muchos activistas del continente, en 2009
habéis puesto como título "Hacia un socialismo nuevo". ¿Qué
quiere decir esto del socialismo nuevo?
¿Quién lo
sabe? (risas) Se podría decir también izquierda, o
socialismo, pero en cualquier caso hay unas cuantas
exigencias indispensables: primero, no se puede tener como
objetivo el lucro; segundo, ha de haber una cierta igualdad,
unos niveles bastantes igualitarios, por ejemplo, en los
salarios de un ministro y de un campesino; se ha de
reivindicar un intercambio de países de igual a igual y,
finalmente, no se puede aceptar que el capital se haga el
dueño del trabajo, de la economía y de la propia democracia.
Como
estamos viendo con el caso de Honduras, ¿pueden volver los
tiempos de los golpes de Estado a América Latina?
Quién sabe.
Al menos, en Nicaragua y El Salvador, ya no podrá haber
nunca lo que hubo: habrá injusticias, habrá situaciones
complicadas, pero una revolución bastante popular no se
pierde por completo.
Eso sí, el
hecho de que un país pueda ser masacrado constantemente y no
haya nadie que pueda intervenir en eso, da prueba de que la
Humanidad está mal. El socialismo no puede aceptar la idea
del colonialismo, del imperialismo. En este sentido, debemos
gratitud a Cuba, porque, con todos sus pecados y sus
excesos, el hecho de contestar tercamente al imperio es un
gran servicio para América Latina y para el mundo. En ese
sentido, una política mundializada podría suponer una
oportunidad global.
Has
venido haciendo también mucho hincapié en el problema del
consumismo.
Hasta ahora
el consumismo ha sido visto como un exceso de vanidades, que
si hay que tener cuarenta pares de zapatos, dos
televisiones, etc. Pero esto es mucho más serio: se consumen
derechos, se consumen necesidades. Si hay un 20 por ciento
de personas y familias que están en la situación de estar
bien, que viven en la civilización del bienestar, hay un 80
por ciento que no tiene lo fundamental. El consumismo es
capitalista, y todo lo malo que tiene el capitalismo lo
tiene el consumismo. Si comparas lo que pasa cuando hay un
terremoto en Japón y cuando sucede en Honduras, ves que en
un sitio mueren tres personas y en el otro, dos mil. Los
países del Primer Mundo se permiten ir haciendo, y detrás de
nosotros, dicen, el diluvio. Porque lo primero que se mira
no es el mundo, es la propia casa.
Para
la agenda del año que viene, proponéis como lema "Salvémonos
con el planeta".
Dentro de
esta visión de globalidad, descubrí por fin que el planeta
es nuestra única casa. Yno hay modo de salvarnos nosotros si
no salvamos el planeta. Mejor aún: es bueno recordar que
podemos acabar los hombres completamente y el planeta
seguirá. Hasta por egoísmo, diríamos, ahora nosotros sólo
nos salvamos si es con el planeta.
Se ha creado
una conciencia que antes no existía: la Amazonia ha sido
prácticamente descubierta, por decirlo así, en los últimos
tiempos. Para la Iglesia, no existía la Amazonia. Hubo
actitudes de algunos "avanzados", más bien con ideas
bucólicas que políticas, que eran definidos como unos
quijotes simpáticos pero no pasaban de ahí. Últimamente, con
la globalización, diversos técnicos y científicos recuerdan
que la cosa va en serio. Y se ha llegado a una postura más
política.
Frente a todo ello, ¿qué se puede hacer?
Ha de ser un
gran proceso de conversión, un cambio de mentalidad.
Mientras que creamos que podemos tener todo lo que queramos,
no hay solución. Precisamente porque la situación es global,
ha de llegar a todas las bases la propuesta de dar una
conciencia crítica sobre la situación real. Cada familia
tiene el derecho y el deber de poner un cierto tope: si por
un lado el padre está en una ONG de solidaridad y por otro
lado el hijo está consumiendo a mansalva, con esa conducta
estamos desmoralizando lo que estamos construyendo.
Es bueno que
salgan tantas noticias en boletines alternativos, para que
nos demos cuenta de lo que está pasando. Como dicen muchos
especialistas, no va a haber problemas: ya los hay y
llegamos tarde, había que resolver las cosas anteayer.
Otros, más esperanzados, dicen que todavía hay tiempo, que
aún se pueden resolver los problemas. Sólo que para eso se
necesitan políticas oficiales. Es un gesto que una familia
tenga un coche en vez de tener tres, pero no resuelve el
problema del petróleo.
¿Dónde queda entonces la política?
Solo se puede
resolver el problema si hay, de forma simultánea, políticas
oficiales y políticas domésticas, grupales, de partidos,
asociaciones, ONG. Como se está diciendo mucho ahora, hay
que trabajar localmente y globalmente. Hay que dar más valor
a la política. Hay que meterse en política, hay que asumir
la vocación política. Si no, nos quedamos en cantar
canciones de protesta. La política ha sido desmoralizada, ha
ido quedando en manos de gente sin conciencia social ni
responsabilidad. Tanto los partidos como los sindicatos han
supuesto muchas decepciones, pero continúan siendo válidos,
aunque ya no son tan hegemónicos porque también hay muchos
movimientos sociales y ONG que son muy valiosos.
Las mejores
ONG son las muy politizadas: cuidan de ayudar estimulando,
ayudar propiciando la acción y la formación. Se debería
pedir que las ONG hicieran un examen de conciencia política.
Porque están ayudando, sí, pero ¿y estructuralmente? La
Iglesia católica siempre ha hecho caridad, pero si no nos
metemos con las estructuras, continuaremos con unas que son
nefastas.
A un
año de las elecciones generales en Brasil, ¿cuál es tu
valoración del Gobierno de Lula?
Lula, aunque
quisiera, no podría hacer un Brasil socialista. Ahora bien,
él podría propiciar muchos gestos que fueran hacia el
socialismo: rebajar los salarios de los más ricos y subir el
de los más desfavorecidos; facilitar oportunidades a los
grupos humanos que no las tenían; poner el trabajo por
encima del capital; no entregarse en cuerpo y alma al
agronegocio, sino a la agricultura familiar. ¿Se puede
exportar? Claro que sí, pero no dando prioridad a lo que no
es prioritario. Su lema del mandato ha sido: que todos los
brasileños coman una vez por día. Eso es un paso de proto-
socialimo, qué menos que eso, ¿no? Pero, así con todo, hay
millones que no comen cada día. Y qué jefe de Estado ha
tenido la popularidad del 80 por ciento que ahora tiene
Lula.
¿Cómo
valoras el papel de los movimientos antiglobalización, los
encuentros del Foro Social Mundial y las organizaciones que
defienden que "otro mundo es posible"?
Esa
conciencia mundializada nos ayuda a comprender que debemos
transformar el mundo. No vale con cuidar solo la propia casa
y el propio país. La utopía se hace así más posible, porque
ya es una utopía con visión política, de solidaridad, con
actitudes concretas. Años atrás, ¿quién podría pedir un
gobierno mundial? Hoy, hablar de ello ya no es tan utópico.
La utopía es hija de la esperanza. Y la esperanza es el ADN
de la raza humana. Pueden quitárnoslo todo menos la fiel
esperanza, como digo en un poema. Ahora bien, ha de ser una
esperanza creíble, activa, justificable y que actúa. Por eso
la Teología de la Liberación ha insistido tanto en la
praxis: si decimos que Dios es amor hay que practicarlo; si
es vida, hay que potenciar la vida. La religión no es
praxis, nos decían, es fe. Pero la fe sin praxis es una
quimera, y también un sarcasmo. Teóricamente, la cosa está
clara; ahora, en la práctica, vamos a ver…