Bendito seas, Señor,
que por el misterio de tu Encarnación y de tu Pascua
eres para siempre la Fuente permanente de la Vida,
el único Sacramento del encuentro
entre Dios y los hombres.
Bendito seas por ser tú quien tomó la iniciativa
de hacer de tu Iglesia el Sacramento de tu Presencia,
y de sus sacramentos los signos de tu amor desbordante.
Bendito seas, Señor, por tus sacramentos,
que realizan fielmente lo que nos prometiste al decirnos:
Yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin de los tiempos.
Bendito seas, Señor, por tus sacramentos,
palabras y gestos de¡ don de tu vida que,
como a los discípulos de Emaús
en la posada de la esperanza,
iluminan y caldean nuestros corazones;
como para María Magdalena
en el jardín de la nueva creación,
nos hacen reconocerte y musitar:
¡Rabbuni!; como para el apóstol Juan
en la ribera del lago de Tiberíades,
son signos de tu nueva y discreta presencia
que nos hacen proclamar: ¡Es el Señor!
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