Una de las preguntas fundamentales del hombre es qué puede esperar, hasta dónde pueden llegar sus esperanzas, incluso si es posible la esperanza.
En estos momentos en que se vive el presente, la esperanza está herida.
El Adviento puede ser una clínica para tratar esta enfermedad. Hay que cuidar con mimo esta flor que parece tan débil.
El Adviento nos ofrece ideales y esperanzas. Nos hace fijarnos en los grandes ejemplos y en los detalles de cada día. El pueblo de Dios fue un pueblo de esperanza. La Iglesia vive abierta a las más grandes esperanzas. En la humanidad existen raices de esperanza, como anhelos de paz, de justicia, de solidaridad... que ningún tirano, ninguna estructura perversa pueden destruir.
Los pueblos no se resignan a la sumisión ni a la miseria. Las familias crecen en amor y en frutos, soñando lo mejor para sus hijos. Hay personas que se entregan hasta el fondo, porque aman, porque esperan. En el fondo el hombre siempre espera, hay que cuidar bien esta raiz.
Mientras seamos capaces de soñar, de rebelarnos, de sufrir, de comprometernos, de orar y de llorar, el Adviento es posible y necesario.
Pero, sobre todo, hay que ofrecer fe. Todo podemos esperar porque Dios nos ama. Porque Dios es Amor. Entonces la esperanza se vuelve loca y atevida. Espera incluso que Dios venga, que se acerque al hombre, que se haga hombre, para salvarnos. Son realidades misteriosas. A lo largo de este tiempo iremos meditando la fuerza y la grandeza de este amor de Dios.
Hagamos de este tiempo de Adviento un tiempo de esperanza.
Rafael Prieto Ramiro en Sois Dioses, Adviento y Navidad 2006-2007
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