La Pascua de Cristo está llamada a prolongarse en la Iglesia y en el mundo, en cada persona y en la sociedad. Es un proceso de lucha contra el mal y de superación de la muerte. Que la vida venza a la muerte, que la paz derrote a la violencia, que el perdón supere a la venganza, que la alegría se imponga sobre la tristeza, que la solidaridad prevalezca sobre el egoísmo y la injusticia, que la esperanza levante al desencanto y a la depresión
La paz y el perdón, dones de Cristo resucitado.
La alegría y la fortaleza, dones del Espíritu Santo.
La santidad, porque nos bañamos en el agua y la sangre.
La comunión, porque Cristo está en medio, comulgamos su vida, nos reúne como la vid a los sarmientos.
La esperanza, porque ya todo tiene sentido, Cristo resucitado es el anticipo del nuevo mundo que esperamos.
El compromiso, para dar testimonio de la resurrección y para anticipar el mundo nuevo.
Es esta lucha estamos. Somos personas resucitadas y seremos sembradores de resurrección. Somos personas alegres, purificadas, esperanzadas, llenas del Espíritu de Jesús. Queremos formar un solo corazón y una sola alma, como fermento de la nueva Humanidad.
Pero hay mucha muerte todavía. Hay muchas lágrimas y sufrimientos gratuitos, hay mucho odio y violencia, hay mucho vacío y desesperanza, hay mucha soledad y tristeza, hay miseria y muerte... Es la antipascua.
En esta lucha estamos. Jesús está con nosotros. Su Espíritu no deja de alenta la nueva vida. Que Él haga de nosotros cultivadores de nuevas pascuas, que ayudemos a Cristo a resucitar.
Jesús Alvarez Feito
Párroco
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