La soledad del duelo incomprendido

Publicado el 10/03/2018
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La soledad del duelo incomprendido

Si a alguien le preguntan: “¿Qué es lo peor que podría pasarte?” una de las respuestas más probables sería “perder a mi hijo”. Y es que ver morir a un hijo entra dentro de los supuestos más dolorosos que unos padres se puedan plantear. El ciclo de la vida natural presupone que un padre muere anciano cuando el hijo es maduro y autosuficiente para continuar con su vida a pesar del dolor. La realidad no siempre transcurre por estos derroteros, desgraciadamente, pero es el planteamiento inicial para todos.

De la misma manera, cuando unos padres pierden a su hijo que aún no ha nacido, por accidente, aborto espontáneo o enfermedad, han de vivir un duelo, exactamente igual que si su hijo hubiera estado fuera del útero materno, y es un duelo que lleva su tiempo, no puede actuarse como si nada hubiera pasado, y mantendrá una herida que nunca se cerrará, aunque se aprenda a vivir con ella.

A ese dolor se le suma en numerosas ocasiones el sentimiento de culpa de una madre que se ha visto obligada a abortar, y lo ha hecho, en ese momento, conscientemente, ante un caleidoscopio de circunstancias que no han de entrarse a juzgar.

“Pero ¿no era lo que querías?”

Aunque no está recogido en el elenco de enfermedades como tal, son muchos los médicos y psiquiatras que hablan del conocido como “síndrome post aborto”, como un “cuadro ansioso depresivo, reactivo a una realidad” como es el aborto en sí mismo. Al igual que las madres que han sufrido un aborto espontáneo, el dolor de las que lo provocaron está ahí, y más tarde o más temprano surge, a veces camuflado entre otras problemáticas, o directamente, siendo conscientes de que hay un duelo enquistado que no se ha podido expresar. Porque al dolor del hijo que no ha nacido, se le une una tremenda soledad. La mujer que ha abortado voluntariamente y expresa su pesar por ello, recibe generalmente respuestas del tipo “tú lo decidiste”, “pero ¿no era lo que querías?”, quedándose sin apoyos y sin comprensión por parte de su entorno.

De ello pueden dar fe las personas vinculadas al Proyecto Raquel. Una iniciativa que surgió hace décadas en Estados Unidos, y que desde hace unos años, con el impulso de la Conferencia Episcopal Española, se encuentra implantándose en las diferentes diócesis, coordinados por la Asociación de Fieles, con sede en Madrid, Spei Mater. Actualmente, en la diócesis, se encuentra dentro del Centro de Orientación Familiar (COF).

“Proyecto Raquel no es una terapia psicológica: es un camino de sanación para mujeres que sufren el síndrome post aborto y que se acercan hasta nosotros buscando ayuda. En este proceso, acompañamos a la mujer, pero tan solo somos un mero instrumento en manos de Dios; es Jesús quien viene como sanador de esa herida, desde la misericordia. Como dice el Papa Francisco, la Iglesia es un hospital de campaña que “sale” a curar a los heridos”. Son palabras de Inmaculada Fernández, coordinadora en la diócesis del Proyecto Raquel, que se puso en marcha en Asturias precisamente a lo largo del Año de la Misericordia, y que lleva funcionando varios meses, tras un año de intensa formación en la que se involucraron unas treinta personas, entre sacerdotes, médicos y psicólogos.

Las mujeres que acuden al Proyecto Raquel llegan desde diversas vías. “No es algo fácil –reconoce Inmaculada–. La herida de un aborto provocado es muy profunda, y para poder sanarla hay que andar en verdad. Para empezar un proceso de sanación se tiene que reconocer que hay un problema, y a veces empiezas a abrir la herida y duele mucho y hay miedos”.

Inmaculada ha pasado años colaborando en lo que en el ámbito provida se conoce como “rescate”, dentro de la Asociación Mar (Madres Asturianas en Riesgo). Mediante un teléfono de contacto que se puede localizar en internet, cientos de mujeres embarazadas se han puesto en contacto desde hace más de diez años con aquella asociación para buscar una ayuda, ante la duda de si abortar o no. Desde la Asociación procuraban ofrecerles alternativas, ayudándolas a que pudieran tener a su hijo. De entre todas las llamadas, más de una vez escuchó el mismo argumento: “no quiero volver a hacerlo”. “Tras un aborto, muchas mujeres, aún en situaciones desfavorables, eran conscientes de lo que suponía deshacerse de otro hijo más –afirma Inmaculada–. Y es que el síndrome post aborto se reconoce ante síntomas como la ansiedad, las pesadillas, el miedo, la culpa, la depresión, y trastornos como la bulimia o la anorexia esconden a veces un aborto, como una forma de autocastigarse”.

Actualmente, Inmaculada ha tenido que dejar la asociación para hacerse cargo del Proyecto Raquel. “Me costó mucho trabajo, pues llevaba muchos años muy metida en el tema de rescates, pero lo recé y pensé: esto no lo busqué, si me lo piden, será voluntad de Dios”.

Una pastoral sin nombres

“El Proyecto Raquel es una pastoral en la que no se llevan archivos, ni nombres, ni datos, es absolutamente discreta –destaca Inmaculada–. Y junto a los acompañantes, formados mediante un curso durante un año y con una vocación muy concreta, se trabaja en colaboración con un sacerdote –porque hay un momento del proceso en el que se invita a hacer una confesión, que es bueno que se haga en el momento oportuno, ni antes ni después–, y también con psicólogos y con psiquiatras, porque a veces se puede detectar que puede hacer falta ayuda psicológica, o incluso psiquiátrica, si hay una depresión”. Ésta es una de las principales características del Proyecto Raquel, y el motivo por el que surgió, precisamente, hace décadas, en Estados Unidos, al darse cuenta un sacerdote de que muchas mujeres acudían a él buscando sanar la herida de un aborto provocado, y él caer en la cuenta de que la ayuda necesitaba ser abordada desde diferentes perspectivas. Ante ese momento del camino, en el que la mujer acude al sacramento de la confesión, el Delegado de Pastoral Familiar en la diócesis, José Luis Pascual, afirma que “he podido comprobar que se trata de un sacramento de sanación, que cura verdaderamente. Y lo he visto con tal claridad, que resulta muy edificante como sacerdote”.

La Iglesia, en este sentido, ha comprendido que debe situarse al lado de las personas que sufren, en este caso las mujeres que han abortado, sin juzgar, acompañándolas y ayudándolas en un proceso en el que puedan superar su dolor. “No se sabe acompañar a estas mujeres porque en el fondo, no nos creemos que cuando se concibe un hijo, Dios infunde el alma a ese bebé y es desde el primer momento un ser humano. Como no lo vemos, porque sucede dentro del vientre materno, nos cuesta creerlo –afirma Inmaculada- pero la mamá sí que lo siente. Te dicen “no es el momento de ser madre”; “no son más que unas células”, y todo ello cuando la mujer ha de decidir rápidamente, en un carrusel de sentimientos, de ansiedades y de miedos en el que no puedes decidir con claridad. El mundo te invita a que te quites de en medio el problema, pero luego, cuando ya estás herida, te niega tu propio dolor: “eso son paranoias tuyas”. Pero ese hijo tenía una dignidad, era único e irrepetible. La mujer se queda totalmente sola e incomprendida. Hay que acompañarla en el duelo”.

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