Vialucis, alumbrar sin ser cegados

Publicado el 10/05/2018
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De luz en luz, como quien se asoma a ventanales por donde el sol se cuela sin que haya filtros censuradores que eclipsan la vida. Así, de luz en luz, estuvimos hace unos días en el arciprestazgo de Siero haciendo una celebración pascual. Tantas veces lo hemos hecho con la Santa Misa, verdadero culmen de nuestro memorial cristiano en donde recordamos de Jesús lo más grande que Él nos dejó con su presencia resucitada que se parte y se reparte como un pan tierno y un vino generoso que son su Cuerpo y su Sangre. Pero en esta ocasión no hicimos así, sino que hicimos un vialucis.

Del viacrucis ya tenemos experiencia y costumbre. Es una arraigada devoción de la que tanto saben los hijos espirituales de San Francisco de Asís. Con el viacrucis vamos de dolor en dolor, de duelo en duelo, subiendo con nuestros llantos por la calle de la amargura viendo a Jesús pasar con su pasión inacabada hasta el estertor del Calvario.

Pero el vialucis tiene otras catorce estaciones. En ellas la calle se llama hermosura, por donde Jesús pasa luminoso regalando a espuertas el don de su luz y su gracia. Son los evangelios que leemos en esa primera semana de pascua, en donde aparecen los discípulos contrariados, cabizbajos, a cal y canto encerrados por miedo, llorosos y defraudados. A pesar de que Jesús había resucitado, ellos no todavía. Justo como a nosotros nos sucede.

Igual que Magdalena también nosotros sabemos de nuestros llantos en donde con piedad triste seguimos buscando a un Cristo muerto para ofrecerle nuestros bálsamos. Y como aquellos dos de Emaús que se escapaban hundidos y enojados ante lo que juzgaban el fracaso de una preciosa ocasión perdida, mientras hablaban de camino de sus cosas para volver a lo de siempre. Son verdadera imagen de nuestras escapatorias, cuando vamos dale que dale a nuestro tema como si no hubiera salida en nuestros callejones de malicia y desesperanza. O como Tomás el incrédulo que no terminó de creer lo que los compañeros le contaron quizás poco convincentemente como quien cuenta algo prestado, algo que no te abraza, algo que no ha cambiado tu propia vida. Pero Tomás se encontró personalmente con un Jesús que siempre vuelve, que nos da una nueva oportunidad, y entonces hizo en primera persona la experiencia del encuentro que le transformó para siempre. O los discípulos que salieron a pescar sin haber pescado una sardina aquella noche, como la vez primera. En la orilla, amaneciendo, no había un vulgar cantamañanas, sino quien ve donde ellos no veían, quien llena de milagros unas redes demasiado vacías.

Quedaba María, la madre buena del Buen Pastor. A ella la contemplamos reuniendo a aquellos discípulos con llantinas, con temores, con dudas y fracasos, para orar en fraternidad a fin de esperar cuando llegase el Espíritu Santo que Jesús les prometió. Y así fue en aquella mañana de Pentecostés: las puertas se abrieron, la luz les inundó, y los miedos se convirtieron en audaz testimonio en todas las lenguas para anunciar las maravillas de Dios.

Vialucis, en el camino de quienes no hemos resucitado, para que también a nosotros nos alcance ya la gracia que les abrazó a aquellos primeros discípulos, y podamos dar cumplido testimonio desde nuestras heridas del bálsamo que nos cura, contar desde nuestros apagones la claridad que devuelve el color y la verdad a las cosas, en medio de nuestros egoísmos, miedos y rencores, decir humildemente cómo es el amor al que nos llaman. Vialucis como un regalo que anuncia sin pretensiones que Jesús ha resucitado y que de esto nosotros somos testigos.

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