Cristianos esperados: el Catecumenado de Adultos

Publicado el 27/09/2018
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Sonaba todavía el run-run de la música fiestera en la plaza de la Catedral. Y, sin embargo, logramos apiñarnos ese casi centenar de personas en su mayoría jóvenes, en el atrio catedralicio. Algo más de sesenta hombres y mujeres entre los diez-y-ocho y los treinta-y-tantos años, estaban en ese espacio que tiene su significado profundamente simbólico. El atrio no es la plaza ya, pero no es todavía el templo. Es un lugar de tránsito, que del mundanal mundo te adentra en el pórtico del cielo.

Se abrieron las puertas de la iglesia que es madre de todas las que los cristianos tenemos en Asturias en valles, villas, montañas, costas, ciudades y pueblos. Son las puertas nunca cerradas a cal y canto, que de par en par hoy baten sus hojas porque un grupo de personas han llamado a su aldaba. Era realmente un espectáculo hermoso y conmovedor: personas jóvenes adultas que quieren ser cristianas y llegado el momento recibir el bautismo; pero también personas ya bautizadas que no han vivido su cristianismo y desean estrenar el tesoro que sin saberlo hasta ahora llevaban en sus adentros. Para unos y otros, daba así comienzo un proceso catecumenal de iniciación o reiniciación cristiana.

Lo primero que les dije era que ellos tienen un nombre y una edad. No son extraños para quien desde siempre… les esperaba. Dios ha querido respetar, como siempre hace, la libertad que tiene ritmo lento o precipitado, la que frecuenta el justo sendero o se aventura en los vericuetos extraviados, pero como buen Padre se asoma cada mañana para ver si regresamos de nuestras andanzas pródigas que nos llevan y nos traen por tantos derroteros en los que saboreamos conquistas fugaces o masticamos indigestas derrotas.

Pero no somos extraños para ese Dios amable. Todo lo más, y esto pasa tantas veces en nuestra vida, podremos ser malos hijos ante Él, pero nunca ante sus ojos unos pobres huérfanos. Que con obstinada frecuencia nos empeñamos en una imposible andanada: pretender amar a un Dios que no tuviera hijos, para no tener que asumir nosotros que tenemos hermanos, o lanzarnos a la defensa interesada de los hombres sin que Dios nos inspire el amor, la humildad y la perdonanza.

A veces la historia torpemente ocurrida o la historia tendenciosamente inventada, se ha esforzado en separar lo que en Dios está infinitamente unido: Él y el amor. ¡Cuántas falsas presentaciones de Dios por querer contarle sin amor! ¡Cuántas caducas comprensiones del amor al querer vivirlo sin Dios! ¡Cuántos momentos terribles en nuestra historia humana por querer omitir de nuestro cotidiano vivir a Dios y al amor, o por intentar enfrentarlos como si fueran rivales!

Se inicia un camino como opción pastoral diocesana con estas personas que han descubierto la fe o han despertado la que tenían desde su bautismo. Les acompañaremos como se realiza un delicado menester: no suplir ni sustituir, sin algo mucho más hermoso y respetuoso como es acompañar discretamente. Sus catequistas y los sacerdotes encargados en cada arciprestazgo, irán haciendo este camino con todos ellos, y llegado el momento unos serán bautizados, y los que ya lo están serán confirmados. Pero en definitiva es un momento dulce y hermoso que vivimos en nuestra Iglesia diocesana: que también para las personas adultas podemos ofrecer un itinerario de fe para quienes por mil motivos no se bautizaron al nacer, o para los que recibieron el bautismo sin que luego se cuidase y nutriese ese germen de la fe. Bendita esta iniciativa del catecumenado de adultos que nos recuerda que para Dios y su Iglesia siempre hay un tiempo adecuado y una propicia ocasión para quien buscando al Señor haya sido por Él encontrado.

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